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Cara a cara frente el cáncer de mama

  • Mónica Muelas y Ernesto Herrero
    Mónica Muelas y Ernesto Herrero / Connie G. Santos/Gonzalo Pérez
R. Ruiz/ Belén V .Conquero. 

Tiempo de lectura 5 min.

19 de octubre de 2015. 14:00h

Comentada
R. Ruiz/ Belén V .Conquero.  19/10/2015

Es el tumor más frecuente entre las mujeres: supone el 29% de todos los cánceres. En nuestro país se detectan unos 25.000 casos anualmente y cuesta la vida a más de 6.000. Y su incidencia está por encima de los 50 por encima de los 50 años, aunque en un 10% afecta a mujeres menores de 40. Todas aquéllas –y aquéllos: los varones representan menos del 1% de los casos– que han recibido un diagnóstico de cáncer de mama sufren un golpe del que se recuperan a base de esfuerzo y lucha. Motivos hay para ser optimista: la mejora de los tratamientos ha posibilitado que la mortalidad haya descendido en los últimos años: actualmente, la supervivencia alcanza el 89,2% de forma global, pero, dependiendo del estadio en el que se diagnostique, puede llegar incluso a más del 98% .

Mónica Muelas, 38 años: «Hoy entro en el quirófano para operarme el pecho»

A estas horas puede que Mónica Muelas esté operándose o haya concluido ya la intervención que tenía programada. Estaba citada para reconstruirse el pezón. Una operación de poca envergadura comparado con el proceso que ha atravesado en tan sólo un año desde que la detectaron un tumor maligno en el pecho. La culpa la tiene la mutación de un gen. Con 37 años Mónica acudió al especialista después de detectarse un bulto en el pecho. «El médico me dijo que aparentemente no era nada y me citó para dentro de seis meses. Cuando volví , en la misma consulta ya me hizo una punción. Quince días después me confirmaban que tenía cáncer».

Un análisis de sangre determinó que lo suyo era genético. Su abuela había padecido cáncer de mama y los médicos determinaron que tenía predisposición también a padecer cáncer de ovarios. Su madre no tenía esa herencia genética pero su hermana, con 26 años, también es portadora del gen «maldito».

Desde el 15 de julio de 2014 hasta ahora Mónica se ha sometido a seis ciclos de quimioterapia, a una mastectomía bilateral de los dos pechos y a la extirpación de los ovarios y las trompas porque la mutación genética tarde o temprano también acaba afectando a estos órganos.

Su última operación fue en enero pasado, cuando empezaron a reconstruirle el pecho. «Me pusieron unos expansores, una especie de prótesis a las que se les inyecta suero fisiológico. Es un poco molesto, porque notas cierta presión, pero cuando alcanzan el tamaño adecuado te colocan las prótesis de tu tamaño. Cuando me reconstruyan el pezón ya sólo me quedaría la areola, que va tatuada», explica sin reparos.

Después de todas las operaciones a las que se ha sometido en el plazo de un año Mónica se siente libre del cáncer. «Se supone que ahora tengo un riesgo de desarrollarlo del 5%, el mismo porcentaje que cualquier mujer sin mi herencia genética».

Lo bueno de Mónica es que «en ningún caso me he sentido enferma. En un principio me lo tomé un poco mal. Pensé que por qué me había tocado esto a mí, pero después decidí que esto no iba a poder conmigo porque tengo dos niños pequeños. Tenía claro que me iba a curar».

Mónica piensa en su hermana, que no ha desarrollado la enfermedad. «Su decisión sí que es dura. Es más fácil decir que te quiten los ovarios y los pechos cuando sufres la enfermedad, pero cuando no lo padeces... Ella es muy joven y está hecha un lío, quiere esperar a ver cómo quedo yo. El caso es que yo ahora me veo hasta mejor el pecho...» (dice risueña). Mónica está contenta porque «vivo tranquila, y eso es importante. En breve volveré a mi trabajo de esteticista y quiromasajista».

Ernesto Herrero, 71 años: «Los hombres también tenemos cáncer de mama»

Ernesto duda. «Seguro que no va a parecer frívolo... A ver si me tachan de exhibicionista». Se autoconvence. «Cuando voy a la playa hay gente que me mira, pero no me importa». Y se decide. «Si esto ayuda a concienciar de que el cáncer de mama le puede aparecer a cualquiera, también a los hombres, lo hago». Al desabrocharse la camisa, le dice al fotógrafo: «Llevo camiseta interior de tirantes, de esas que ya no usáis». «Si lo prefiere, no se la quite del todo», le responde. «A mí lo que me digáis», añade. El resultado: un hombre de 73 años con fuerza en la mirada y sin complejos. «¿Se ve bien la cicatriz?», insiste. Hace más de 11 años que Ernesto Herrero, consultor autónomo de psicología social para empresas, se notó algo en el pezón izquierdo. «Lo tenía metido para dentro». La internista se sorprendió como él. Le hicieron una mamografía a duras penas; era la primera vez que se la hacían a un hombre. Y detectaron un tumor. Tenía un carcinoma. «No se lo reconozco a mucha gente: me puse a llorar». Para su mujer también fue un shock.

Su caso forma parte del 1% de todos los cánceres de mama. En hombres se detectan 10 años más tarde. Ernesto tenía 62 cuando le encontraron un carcinoma ductal inflitrante, el más común en varones. «Me derivaron al MD Anderson Cancer Center, donde el doctor Pérez Carrión determinó que tenían que extraerme los ganglios», explica. La operación fue bien; la recuperación costó más. Tuvo que darse ocho sesiones de quimio. «Fue muy desagradable». Era trabajador autónomo y cada tres semanas tenía tratamiento. «Cuando llegaba el lunes y el martes no podía salir de la cama. Menos mal que tenía clientes comprensivos». Se empezó a quedar calvo. Su esposa le acompañó a hacerse una peluca de pelo natural. «Había gente que se daba cuenta», dice. Recuerda cómo en una reunión, un compañero le preguntó: «Ernesto, ¿llevas peluca?». Dieron su cáncer por superado, pero se hacía revisiones cada seis meses. Hace cuatro años y medio «me noté un bultito en la cicatriz». Era el mismo carcinoma. Esta vez la operación fue mucho más rápida, pero desde entonces toma una medicación que debilita los huesos y los músculos. Por eso hace deporte cada día. Nada, anda y juega al tenis. «Creo que gracias a eso tengo los huesos muy bien».

Sigue acudiendo cada año a hacerse un TAC completo y cada seis meses le hacen una ecografía de la cicatriz y una mamografía. Recuerda una anécdota de estas pruebas: «Antes ibas a clínicas privadas donde, como es normal, sólo acudían mujeres. La enfermera me pidió que esperara fuera y oí como decía a las pacientes: ‘’cúbranse, que entra un hombre’’. Fue una situación algo cómica», afirma. Aún hoy cuando va a pedir cita «me preguntan si es para mi mujer». Eso sí, «tengo cinco amigas que también lo han pasado y con las que hablo del tema». Él es «una» más.

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