miércoles, 16 agosto 2017
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Ciencia

¿Cómo será el código de circulación de los coches autónomos?

  • Algún día un coche autónomo podrá comportarse bajo el criterio que le dicte su propia moral. La cuestión es si tendrá la capacidad suficiente para tomar una decisión similar a la que tomaría un ser humano ante situaciones en las que no tiene tiempo para reaccionar.

Con la llegada de los coches autónomos nos enfrentaremos a máquinas codificadas que podrían tener su propia moral
Con la llegada de los coches autónomos nos enfrentaremos a máquinas codificadas que podrían tener su propia moral

Puede que esta pregunta resulte hoy inverosímil, que parezca mera especulación cuasi literaria: ¿máquinas codificadas para tener su propia moral? Pero no pocos científicos están ya planteándose el modo de responderla.

Esta misma semana, el experto en neurociencia cognitiva Leon René Sütfeld, ha publicado el primer estudio científico serio sobre la materia en Frontiers in Behavioral Neuroscience. «Los coches autónomos necesitarán tomar decisiones autónomas», asegura. El trabajo de Sütfeld ha consistido en la simulación de varios posibles escenarios en los que una máquina tendrá que decidir por sí sola qué solución tomar ante un dilema moral.

Uno de los escenarios planteados resulta realmente peliagudo. Imaginemos que un coche que se conduce solo llega a un semáforo por el que están cruzando indebidamente un niño y un adulto. El coche no tiene tiempo de frenar ni de escapar de la situación. A lo sumo, puede cambiar bruscamente de dirección para lograr golpear sólo a uno de los individuos. ¿Por quién se decide? ¿Girará para atropellar al adulto o al niño?

Si el conductor fuese humano, la pregunta no tendría sentido. Ante estas situaciones nuestra mente no tiene tiempo de reflexionar y solemos actuar por instinto dando un volantazo reflejo e irreflexivo sin reparar en quién va a ser la víctima. Pero la multitud de algoritmos que rigen el comportamiento de un coche autónomo sí puede calibrar cada uno de los escenarios en cuestión de milisegundos y, en principio, podría programarse para elegir quien será la víctima en cada caso.

¿Quién programará entonces la máquina, y bajo qué criterios? ¿Deberá programarse para que siempre trate de salvar al individuo más joven? ¿Sería eso justo? ¿Aparecerán otros valores a tener en cuenta como la proyección social de la víctima, su utilidad para la comunidad, si tiene familia... o aún peor, su raza o fama?

Aún hay más, ¿el usuario que compra un coche autónomo podrá solicitar que se programe para salvar su vida en caso de accidente a toda costa? ¿O para incluir en la programación sus propios rasgos morales, como si es racista, machista o solidario?

El reciente experimento de Sütfeld ha puesto el dedo en la llaga de la moral en tiempos de la robótica. Ha pedido a 76 voluntarios entre 18 y 60 años que usaran gafas de realidad virtual para participar en una simulación de conducción. Durante sesiones de 20 segundos, simulaban conducir por una calle urbana en la que iban cruzándose inesperadamente objetos, animales y personas. Evidentemente, los voluntarios tendían a esquivar a las personas y a los animales con mayor afán que a los objetos.

Todas las experiencias fueron digitalizadas y traspasadas al ordenador central de un coche autónomo. De ese modo, fue posible hacer que el automóvil terminase tomando las mismas decisiones que habían tomado antes los humanos. Es decir, se había transplantado la moral humana al aparato.

¿Será ése el modo ideal de actuar en un futuro plagado de coches robotizados? ¿Es la moral humana el estándar ideal para que nuestras máquinas actúen? ¿Deberíamos tratar de hacer que los aparatos tuvieran su propia «moral» aún más perfecta que la nuestra?

La llegada del coche autónomo nos enfrenta a nuevos retos. De hecho, no está aún definido el marco legal de su uso en todos los países ya que no hay un código universal de circulación robotizada.

La Convención de Viena, tratado internacional que regula el transporte por carretera, prohíbe los coches sin conductor. Pero muchos países, como España, no la han ratificado a la espera de crear sus propias regulaciones que den cobijo a esta nueva realidad tecnológica. La Dirección General de Tráfico quiere incorporar cuanto antes en nuestro país la conducción autónoma en los reglamentos de seguridad vial. Pero, ¿bajo qué parámetros?

Algunos reglamentos avanzados como el alemán, se basan en la concesión de diferentes niveles de automatismo desde la mera asistencia al conductor con sistemas inteligentes de seguridad activa que no permiten que el humano deje de tener el control, hasta la autonomía total, donde el humano no interviene en ningún proceso del viaje.

Los nuevos códigos no se limitarán a establecer normas de conducción y sanciones. Tendrán que regular los derechos y deberes del dueño de coche, que ya no se llamará conductor, los ocupantes, el fabricante y el creador del software. Se tendrá que ponderar la posibilidad de que los automóviles porten un registro de la actividad similar a la caja negra de los aviones. Habrá que determinar diferentes grados de responsabilidad en caso de accidente: dueño, programador, fabricante... y un listado de obligaciones técnicas, como revisiones, mantenimiento del sistema o actualizaciones informáticas, que requieren nuevos conocimientos. De hecho, el carné de conducir dejará de servir como tal y quizás deba sustituirse por una titulación que dé derecho a poseer un coche autónomo.

El abanico de posibilidades que se abre es inmenso, y no parece que se pueda cerrar fácilmente. Pero parece obvio que el viejo código de circulación tiene sus días contados.

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