martes, 27 junio 2017
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Ciencia

La danza nupcial más antigua

  • Una gota petrificada en ámbar inmortaliza el acercamiento sexual entre dos insectos.

Dos ejemplares de Yijenplatycemis hungai practicando un acercamiento sexual de cortejo
Dos ejemplares de Yijenplatycemis hungai practicando un acercamiento sexual de cortejo

No había selfies, no había Instagram, nadie se había interesado entonces en sus amoríos. Pero la danza nupcial que bailaron, poco antes de morir, quedó atrapada en el tiempo, como una postrera fotografía del amor que profesaron, y allí permaneció durante 100 millones de años a la espera de que unos científicos de la Academia china de las Ciencias la sacara a la luz.

Se trata de una de las representaciones más antiguas jamás descubiertas de una danza de cortejo. Disculpen que haya usado la palabra amor al comienzo de este texto. No era amor, evidentemente, lo que se sentían los ejemplares de Yijenplatycemis hungai, protagonistas de esta historia; insectos del orden de los odonatos (el mismo que el de las actuales libélulas) que iniciaron su acercamiento sexual hace 100 millones de años, justo antes de quedar atrapados en una gota de resina que, petrificada en ámbar, inmortalizó el lance.

Los odonatos son insectos muy conocidos hoy en día. Conocemos bien sus costumbres sexuales. El macho debe danzar alrededor de la hembra para ganarse sus favores. Si lo logra, ella extenderá su aparato genital para engarzarlo en el de él. Muchos odonatos macho, como las libélulas, hacen vibrar sus alas y generan impulsos rítmicos que seducen a la pareja como estrategia de atracción.

Pero nunca antes se había encontrado un ejemplo fosilizado de esta actividad. Fosilizan los huesos, los cartílagos, las alas, pero no fosilizan las acciones, los movimientos, las danzas... Hasta ahora.

El equipo de entomólogos y paleontólogos del Instituto Nanjing de Geología, en China, ha desenterrado tres fósiles de libélula en una postura que no da lugar al equívoco. Se trata de tres machos cuyas tibias (uno de los segmentos de las patas articuladas de los artrópodos) están exageradamente extendidas.

En los insectos actuales, esta postura sólo se produce cuando, tratando de atraer a una hembra, el macho despliega todo el arsenal de movimientos, a un tiempo seductor pero amenazante frente a otros machos competidores.

El registro, fosilizado ahora, demuestra que esta práctica es tan antigua que se remonta a la era de los dinosaurios. Los insectos herederos de aquellos hoy en día han desarrollado similares estructuras corporales, aunque más pequeñas. Las libélulas de la especie Platycypha caligata, por ejemplo, extienden sus seis tibias extremadamente desarrolladas y de color blanco hacia la hembra y utilizan un movimiento similar para defender el territorio de otros machos.

En el caso de las libélulas Platycnemis de Asia, los machos tienen unas patas gigantescas y recubiertas de pelillos similares a plumas que únicamente exitienden cuando tienen la inteción de aparearse. Llegado el momento del cortejo, el macho vuela una y otra vez frente a la hembra y periódicamente airea sus patas blancas.

Los insectos perpetuados en ámbar guardan la misma postura y proporción. Ellos también tienen sus tibias extendidas en un escorzo inusitado. Además, las estructuras en forma de vaina que protegen sus patas debieron de tener también una función atrayente. Debían haber dificultado el movimiento, pero a cambio generarían un zumbido muy identificador.

Los cuerpos de los machos fosilizados no parecen presentar ningún daño, lo que sugiere que la escena no corresponde a un episodio de ataque entre individuos. Parece más que evidente que se trataba de una competición entre galanes que quisieron «enamorar» a su dama alada. Evidentemente, ninguno de ellos lo logró, pues la repentina muerte les sorprendió en el empeño.

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