lunes, 05 diciembre 2016
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Sociedad

«Con VIH no puedes cocinar»

  • Mónica se ha dedicado toda su vida a la hostelería. Cuando se quedó una vacante libre en la cocina del hotel en el que trabajaba, pidió la plaza. «La cocina es mi vida», dice. La respuesta fue negativa. La tasa de paro en personas con el virus alcanza el 50%.

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Mónica se ha dedicado toda su vida a la hostelería
Mónica se ha dedicado toda su vida a la hostelería
Kike Taberner

Toda la vida laboral de Mónica, de 49 años, ha girado en torno a la cocina. Bares, cafeterías, restaurantes... «La cocina es mi pasión», dice. Desde el año pasado trabaja en un hotel de Valencia de cuatro estrellas. Allí ejerce de camarera de pisos: hace las camas, arregla las habitaciones... hasta que un puesto en la cocina se quedó vacante. Vio que era su oportunidad. «Cuando dije que quería acceder a ese trabajo, me dijeron en el hotel: ‘‘¿Usted, con el VIH, trabajando en la cocina? ¡Tendrá que ponerse guantes!’’. Me dijeron que no. Tengo el VIH desde los 20 años. Es algo que tengo asumido y superado. Pero entonces me sentí humillada y marginada», relata Mónica a LA RAZÓN, con motivo de la celebración hoy del Día Mundial del sida.

La discriminación laboral en los pacientes con VIH sigue constituyendo a día de hoy un problema. ¿Cuántos españoles portadores del virus encuentran barreras a la hora de encontrar trabajo? «Utilizando encuestas anteriores, estimamos que en torno a un 50% de las personas con VIH están sin empleo», explica a este diario Julio Gómez, coordinador de Trabajando en Positivo, una organización que visibiliza las trabas laborales de este colectivo y que lucha por su inserción laboral. «Se trata de una cifra muy superior a la tasa de desempleo de la población general», añade. Concretamente, el doble. Y, dentro de los problemas que surgen a la hora de acceder a un trabajo, los que acarrean una manipulación de alimentos «son los que más dudas generan, no sólo en las empresas; también incluso en las mismas personas con VIH». De hecho, empresas y agencias de empleo que quieren cooperar con esta organización suelen decir: «Encantado de colaborar con vosotros, pero no nos enviéis a personas que tengan que manipular alimentos».

«La gente se cree que, si tocas algún alimento, te vas a contagiar. Las empresas no son conscientes de que no puedes contraer el virus por saliva o por un corte», dice Mónica. Y así lo subrayan en Trabajando en Positivo. «Los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) y el propio Ministerio de Sanidad confirman que los alimentos no son una vía de transmisión. Pero la creencia está muy extendida y provoca situaciones de discriminación», afirma Gómez. De hecho, los CDC aseguran que «no se puede contraer el VIH por consumir los alimentos que haya tocado una persona infectada. Aunque los alimentos contuvieran pequeñas cantidades de fluidos infectados con el VIH, la exposición al aire, el calor de la cocción y los ácidos estomacales destruirían el virus».

Con todo, el miedo no está sólo en los empleadores, también en los clientes: un 40% de los españoles se sentiría «algo o totalmente incómodo» si le atiende un dependiente con VIH, mientras que en torno al 50% «evitaría, directamente, ir a ese comercio», aseguran desde Trabajando en Positivo. La atención al público es otro de los sectores en los que los pacientes se han topado con problemas para poder desarrollar su trabajo.

Rechazo por parte de compañeros y compañeras, despidos injustificados, cambios de funciones, trato diferenciado en promociones laborales, vulneración de la condifencialidad de datos médicos, exigencia de la realización de la prueba sin el correspondiente consentimiento informado, limitación en el acceso a oposiciones públicas... Estas constituyen, a grandes rasgos, las principales consultas que reciben las asesorías de las ONG implicadas contra la discriminación. Desde esta organización recuerdan que «los trabajadores y trabajadoras con el VIH no tienen la obligación de comunicarlo en su puesto de trabajo». No era la intención de Mónica, pero estaba en su expediente, redactado por un centro de valoración de discapacidad. Curiosamente, el hotel que le negó la posibilidad de trabajar en la cocina contrata a empleados con minusvalías. En su caso no se debía al VIH, sino a un cáncer de mama que le diagnosticaron hace unos seis años y por el que le fue extirpado el pecho. Sin embargo, en ese informe aparecía el virus como causa de discapacidad, algo que Mónica tampoco entiende. «Ellos se acabaron enterando. Hay gente que retira esa hoja. Pero me parecía una aberración que gente que trabaja con personas con discapacidad tenga esos prejuicios», afirma.

Así, y tras contactar con la unidad de apoyo del hotel, el Comité Ciudadano Anti Sida de Valencia contactó con los responsables y les informó de lo que dictan las autoridades sanitarias. «Hubo predisposición y buena actitud por su parte. Les vino bien para aclararse. Lo que espero ahora es que, si se encuentran con un caso similar al mío, sepan atenderlo mejor», explica Mónica.

Los «mitos» en torno al sida continúan vivos. «Quizá no ha pasado el tiempo suficiente. Desde hace 35 años venimos hablando de cuáles son las principales vías de transmisión. Pero la gente se ha quedado con la imagen de los primeros años: una enfermedad mortal y cuya transmisión causa mucho miedo. Ya no es mortal; es crónica. No tiene repercusiones físicas y se ha eliminado el miedo de transmisión incluso en las prácticas más arriesgadas», dice Gómez. De ahí la importancia de campañas como #YoTrabajoPositivo, impulsada por esta organización. Cuentan con el apoyo de más de 70 empresas, administraciones públicas... Así, difunden las evidencias científicas en torno a la enfermedad para desterrar la creencia de que «el empleo es una práctica arriesgada para transmitir el VIH». Con todo, «si la sociedad sólo se acuerda de la campaña ‘‘Póntelo, pónselo’’, de finales de los ochenta, es porque las campañas posteriores no han tenido el efecto tan positivo que tuvo aquella», subraya.

Mónica no ha llegado a trabajar en la cocina, pero no porque siga discriminada. A día de hoy se encuentra de baja: el cáncer se le ha reproducido en la otra mama. «Hace poco me quitaron el bultito y desde agosto estoy con sesiones de radioterapia». Pertenece a esa generación que, en plenos años ochenta, vivió la llegada del sida como una plaga exterminadora. En su caso, se contagió por una jeringuilla: era drogodependiente. «Pensé que ya estaba muerta de todas formas, y seguía drogándome», recuerda. Su vida cambió a raíz de pasar por Proyecto Hombre. Es más, allí conoció a su marido, que también tenía el VIH. Sin embargo, falleció hace tres años. No por el sida, sino porque adquirió la hepatitis C. Tiene dos hijos, de 13 y de 17. Ambos nacieron con los anticuerpos del sida, «aunque un año después, en las analíticas salía que los habían expulsado».

«Hace 29 años la discriminación era muchísimo peor, pero se sigue dando», dice Mónica. Eso sí, en cuanto se recupere del cáncer, tiene previsto insistir. «Si continúa disponible esa vacante en la cocina, voy a ir a por ella», dice.

«Con VIH no puedes cocinar»

«Sólo contratamos a personas sanas»

Muy a su pesar, Daniel Jiménez puede decir que es el único portador español del VIH cuya causa de despido, tener el virus, ha sido reconocida por la propia empresa. Daniel, de 28 años, trabajaba en una céntrica coctelería de Madrid desde hacía unas dos semanas. En mayo de 2015, su jefa vio que empezaba a sudar demasiado. Se debía a la medicación. Daniel lo acabó confesando: «Tengo el VIH». «En ese momento reaccionó bien. Me dio un abrazo... Sin embargo, cuando llegué de madrugada a casa, me llegaron sus mensajes. Me decía: ‘‘Siento lo que te ha pasado, pero mañana tramito tu baja’’». Daniel no se lo creía. Le dijo que éso era una discriminación. «La empresa tiene derecho a contratar a personas sanas», le respondieron. Cuando tuvo que firmar el finiquito, Daniel se negó y puso «no conforme». «Decían que no había pasado el periodo de prueba, lo cual era falso, porque ya había transcurrido el plazo». Así, puso la correspondiente denuncia. «¿Qué es lo que quieres?», le preguntó su abogado. «Por ley, me correspondían 25.000 euros, pero renuncié al dinero. Sólo quería que me reconocieran que se me había despedido por una discriminación», afirma. Y así fue. El pasado enero, en un acto de conciliación, la empresa accedió. Y así consta por escrito. Daniel, que contrajo el virus en 2014, no ha vuelto a ejercer de «barman». «Lo he intentado y me entra pánico por el miedo que puedo volver a pasar». De hecho, sigue acudiendo al psiquiatra y al psicólogo. Eso sí, tras esta experiencia, trabaja con la ONG Imagina Mas, brindado apoyo a pacientes de VIH en los primeros momentos.

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