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Del Valle, asesino de Mari Luz: cerca de 10 años en la cárcel y ya ha pedido salir

Estudia Derecho y comparte patio con el «violador del ascensor» y el pederasta de Ciudad Lineal

  • Del Valle, tras su detención hace ahora diez años
    Del Valle, tras su detención hace ahora diez años / EFE
J.V. Echagüe / E. Genillo. 

Tiempo de lectura 4 min.

14 de enero de 2018. 19:15h

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J.V. Echagüe / E. Genillo.  14/1/2018

La Audiencia Provincial de Huelva condenó en 2011 a Santiago del Valle a 22 años de prisión por el asesinato de Mari Luz. Desde entonces permanece encerrado en el centro penitenciario de Herrera de la Mancha (Ciudad Real) junto con otros presos que han contribuido a dibujar la crónica negra española más reciente: Tony King –el asesino de Sonia Carabantes y Rocío Wanninkhof– Antonio Ortiz –el pederasta de Ciudad Lineal– y Pedro Luis Gallego –el «violador del ascensor», condenado por asesinar a dos jóvenes y por una veintena de violaciones–. Según ha podido saber LA RAZÓN, Del Valle comparte módulo con estos dos últimos desde hace año y medio. Concretamente es el de aislamiento, donde cuentan además con especial vigilancia. Tiene trato diario tanto con Ortiz como con Gallego, con los que habla, se lleva bien y comparte horas y paseos en el patio.

Del Valle se matriculó recientemente en Derecho para cursar la carrera a través de la UNED. Con todo, finalmente no hizo el examen. Está obsesionado con las leyes. Incluso entre rejas, asegura a todo aquél que quiera oírle, que es inocente. Según fuentes conocedoras del caso, ya ha solicitado el tercer grado con el objetivo de salir de prisión y pernoctar en un Centro de Inserción Social (CIS). Se trata de un beneficio que el reo puede solicitar pasado un cuarto de la condena –Del Valle cumplirá este año una década en prisión–, aunque suele concederse cuando han transcurrido tres cuartos. Por supuesto, se le ha denegado. Y según fuentes penitenciarias, lo más probable es que así siga siendo hasta que cumpla la condena íntegra. Consideran imposible que alguien como él supere las condiciones de la junta de la prisión: los exámenes psicológicos, encontrar un trabajo, etc.

En todo caso, no ceja en su empeño. Escribe cientos, dicen que incluso miles de cartas dirigidas a políticos y personalidades, pidiendo justicia. Una de las destinatarias ha sido la canciller alemana Angela Merkel. «Se cree sus propias mentiras», dicen los que le han tratado. Su hermana Rosa, condenada a nueve años por cómplice del asesinato, salió en libertad el verano pasado. No ha regresado a su antiguo domicilio.

Su carrera de abusos sexuales comenzó pronto, en su casa familiar de Huelva, donde vivía con sus padres y sus ocho hermanos. Él era el cuarto y la séptima, Catalina, fue su víctima. Ella reconoció que empezó a meterse en su cama cuando tan sólo era una niña. Cinco años tenía entonces, los mismos que la hija de Santiago cuando su padre le obligó a masturbarle por primera vez. Pero hay más. Otras dos niñas , una en Gijón, de 13 años, y otra en Sevilla, de seis, sufrieron también el acoso de este hombre, al que se le interpuso sendas órdenes de alejamiento.

No pisó la cárcel hasta que fue juzgado por el asesinato de Mari Luz. Una cadena de errores judiciales permitió que siguiera en libertad. Sobre él pesaban, además de las dos órdenes de alejamiento, una condena en firme por los abusos continuados a su hija menor –la mayor falleció atropellada por un camión con tan sólo dos años–. En 2002, el Juzgado de lo Penal número 1 de Sevilla le condenó a dos años y nueve meses de prisión, una sentencia que fue ratificada en 2005 por la Audiencia Provincial. Su ejecución estuvo paralizada dos años y dos meses.

En el juicio de Mari Luz reconoció que le gustan las púberes. Una pedofilia recurrente que él defiende por las secuelas que le causó la muerte de su hija mayor y la retirada de la custodia de sus otros dos hijos por parte de la Junta de Andalucia, tras considerar probado que abusaba de una de ellas.

Apadrinar niñas en prisión

En prisión no ha conseguido refrenar sus impulsos pedófilos. Al cumplir dos años en Herrera, buscó nuevas fórmulas para acosar a menores. Valiéndose de su mujer –quien le sirvió de coartada en todos los casos en los que fue condenado, incluido el de su hija– se registró en una ONG para apadrinar a una niña colombiana de ocho años utilizando el nombre de su esposa, Isabel. Al enviar una carta a la menor, la ONG se dio cuenta de que quien firmaba la misiva era Santiago del Valle y dio la voz de alarma. Él no se resignó y envió un nuevo escrito, esta vez sin su mujer como intermediaria, para solicitar otro apadrinamiento. Pidió niñas rusas, chinas y ucranianas de entre 10 y 12 años.

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