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«Duele más que te llamen gorda que los cortes»

Se denomina «cutting» y los expertos en acoso escolar afirman que han aumentado los casos. Son menores que se autolesionan para «controlar» su estrés emocional

  • «He llegado a hacerme entre 40 o 50 cortes y hasta dos veces cada día», reconoce Lidia
    «He llegado a hacerme entre 40 o 50 cortes y hasta dos veces cada día», reconoce Lidia
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Tiempo de lectura 8 min.

23 de mayo de 2016. 21:59h

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Belén V. Conquero Madrid. 23/5/2016

Ella a duras penas lo reconoce. «No sé si se le puede llamar acoso. Yo no lo he visto como tal, siempre he considerado el ‘‘bullying’’ como una agresión física y no verbal. A mí lo que me hacen es insultarme, ya sea en la calle o en el instituto». Hemos preferido mantener su nombre en el anonimato. Lo que importa es su testimonio. Lidia es una de las muchas adolescentes españolas que sufre, cada día, los insultos, las llamadas y el acoso de sus compañeros de clase. «Cuando te atacan no entiendes por qué te lo hacen a ti», cuenta esta joven a LA RAZÓN.

Lleva desde los seis años aguantando los desprecios de sus compañeros de aula y desde hace un año busca controlar su dolor a través de cortes. Es lo que los expertos conocen como «cutting», una forma de controlar el sufrimiento que le producen los insultos a través de pequeñas incisiones en uno de sus brazos, en los muslos y en la tripa. «Lo hago porque me siento abrumada. Tengo ansiedad, pero no quiero llorar. Por eso, cuando lo hago todo desaparece. Por un momento creo que todo se va a arreglar y que va a solucionar algo». Pero la realidad siempre vuelve. Lo malo es que «sientes la necesidad de volver a hacerlo una y otra vez. Es como una adicción», reconoce la joven. Rehúye hablar por teléfono. No se siente cómoda, pierde su confianza. Por eso prefiere hacer la entrevista a través de WhatsApp –una consecuencia de la nueva generación de adolescentes que están conectados a su smartphone las 24 horas del día. Las redes sociales son su área de confort–.

Lidia recuerda perfectamente la fecha en que cogió la cuchilla por primera vez: «Me hago cortes desde el 15 de junio de 2015. Pensaba que lo controlaría, a pesar de haber leído que era imposible. Creía que yo sí que podría porque al principio no era nada serio, pero me fui dando cuenta de que me estaba creando una adicción. Cada vez que estaba mal lo hacía. Sin pensar en nada ni en nadie y me di cuenta de que lo que hacía era grave».

Francisco Jódar es psicólogo de atención a víctimas menores en un servicio público y conoce bien el «cutting»: «En Justicia juvenil me lo encuentro bastante, pero existen dos perfiles: chavales de origen marroquí que se encuentran en situación de riesgo social y tienen una conducta delictiva que se cortan para liberar tensión emocional. Para ellos las cicatrices son, incluso, cicatrices de guerra. Pero también me llegan casos relacionados con el «bullying». Como explica Jódar, «son menores que sufren un estrés psicológico enorme y que esconden durante años el acoso que sufren en clase. Pasan dos o tres años haciéndolo en silencio». Él trabaja con ellos, en su autoestima y es que «muchos llegan con un cuadro depresivo».

«Me llaman gorda, fea, vaca, foca, ballena... y al final se te van quedando grabados en tu mente. Pienso en ellos a todas horas. Acabas pensando que no vales nada y que eres lo que los demás dicen, aunque no sea así. Duele más que te llamen gorda que los cortes». Lidia había conseguido mantenerse dos semanas sin cortarse, pero «he llegado a hacerme entre 40 o 50 cortes y hasta dos veces al día». Lo hace siempre en el baño, pero evitando que sus padres se den cuenta porque no comprenden lo que hace, «creen que lo hago para llamar la atención». Por eso tuvo que recurrir a la Asociación No al Acoso. Ellos la ayudan, aunque sea al otro lado del teléfono. «¿Cómo conseguiste parar?». «No lo sé ni yo. Siento ese dolor y me entran ganas de hacerlo, pero en ese momento no les ves razón a los cortes. No tiene ningún sentido dejar marcas en tu cuerpo. No soluciona nada», reflexiona la joven. Tampoco ha encontrado un apoyo dentro del colegio que le ayude ante esta situación. «Con mis amigas no se puede hablar porque no comprenden el porqué». En el centro donde estudia se dieron cuenta de que algo ocurría cuando «empezaron a señalarme por los pasillos para seguir con los insultos». La psicóloga del instituto habló con ella. «Me iban a ayudar, pero mi madre dijo que era para llamar la atención y me dejaron de atender». Y es que el «bullying» muchas veces no se percibe ni en las propias familias. «En primero y segundo de la ESO me llamaban por teléfono para insultarme. Colgaba». Pero el problema fue a peor. Entró en el instituto y «los de Bachiller empezaron a meterse conmigo, les siguieron los de mi curso. Lo fueron contando y hasta hoy».

No cuenta con apoyos ni dentro ni fuera de clase. Su hermana murió cuando ella era muy pequeña. Por eso las redes sociales se convirtieron en su único refugio. Creía que en ellas encontraría a otros adolescentes en su misma situación en los que apoyarse. pero todo lo contrario. «He encontrado a otras personas que se cortan porque no aguantan más, pero no ayudan. Todo lo contrario. Al final te incitan a hacerlo tú». Ella no tardó en encontrarlas. Empezó a través de Instagram. «Hacen grupos y a partir de ahí vas conociendo a más y más gente. Algunos lo hacen por asuntos muy graves».

La joven escribe con una madurez que pocos tienen en la adolescencia y es que la lectura se ha convertido en su refugio de fin de semana. «Me encanta», reconoce. Escoge libros que la puedan ayudar a superar sus miedos. «La chica miedosa que fingía ser valiente» es lo que ha elegido ahora. «Me ayuda», dice.

Lidia envía fotos de sus cortes, pero evita las más duras. «Tengo una que es demasiado fuerte». Las cicatrices que se aprecian demuestran que tienen tiempo, meses... Su antebrazo izquierdo está lleno de líneas rojas, de diferente tamaño. «También tengo en las piernas», insiste. Pero ella quiere parar, aunque aún no ha encontrado las fuerzas para hacerlo. «Cuando lo hago no pienso, eso va después». Habla con LA RAZÓN con un solo propósito: «Espero que mi testimonio ayude a otras chicas. Quiero que se sepa que esto ocurre». Y es que son muchos los menores que, bajo el estrés que produce el acoso, buscan controlar su dolor. «Muchos menores se sienten como en un campo de concentración. Les acorralan por WhatsApp, por redes sociales. Consiguen aislarles dentro del colegio», sostiene Jódar.

Además del «cutting», otro de los problemas que preocupan a este psicólogo experto son las ideas suicidas que muestran muchos de los jóvenes que atiende: «El 70% de los que vienen por acoso escola reconocen que en algún momento han pensado en suicidio y es que ahora es muy fácil encontrar blogs donde te explican cómo hacerlo».

Luchar contra el ciberbullyng

Los menores llegan a estas situaciones tan extremas porque no son capaces de enfrentarse al acoso en redes sociales. En eso trabajan desde la Asociación No al Acoso con su campaña «Ten narices» para «romper la cadena del miedo que se crea» y también buscan que los jóvenes huyan del «cutting» con «Eres importante» (en la imagen). Otro agente clave a la hora de evitar estos casos es la Policía y su Plan Director en el que están implicados cientos de policías en toda España. Imparten charlas en centros escolares para que los alumnos sepan que pueden dirigirse a ellos para pedir ayuda.

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