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El gurú del optimismo

Mark Stevenson asegura que un futuro mejor es posible. Y así lo creen sus seguidores: inspirándose en sus libros, miles de personas en todo el mundo, también en España, crearon Ligas de Optimistas Pragmáticos con el objetivo de mejorar la sociedad. Ahora bien, ¿tenemos motivos en nuestro país para estar ilusionados?

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Tiempo de lectura 8 min.

09 de octubre de 2017. 01:22h

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J.V. Echagüe 9/10/2017

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En Boston, Jamie Heywood, un ingeniero mecánico sin experiencia en el sector sanitario, creó PatientsLikeMe, una red llevada por los propios pacientes, con el objetivo de salvar la vida de su hermano, enfermo de ELA. En India, las investigaciones de Samir Brahmachari en su lucha contra la tuberculosis han permitido avanzar en cuatro meses más que en los últimos 300 años. En Inglaterra, la Academia Hartsholme pasó de ser la peor del Reino Unido a una de las más exitosas gracias al trabajo de un profesor, Carl Jarvis, antiguo dueño de un club nocturno... La decena de historias, situadas en cuatro continentes, que conforman «Hacemos las cosas de otra manera. Cómo reiniciar el mundo» (Ed. Galaxia Gutenberg), lanzan un mensaje contundente: hay espacio para el optimismo, un mundo mejor no tiene por qué ser una utopía. Eso sí, no podemos engañarnos: los extraordinarios personajes que reseñamos al principio de este artículo son, a día de hoy, minoría. «La idea del libro es precisamente hacer que sus ideas se conozcan y que crezcan. Sí, parten de algo pequeño, pero en mi trabajo resalto aquello que nos puede ayudar cambiar nuestro sistema», explica a LA RAZÓN Mark Stevenson.

Stevenson, de 46 años, podría ser otro de los personajes del libro, pero se ha reservado el papel de narrador. Este emprendedor británico pasó de trabajar en un «think tank» de tecnologías de la información a engrosar una banda de rock, protagonizar monólogos... y convertirse en futurólogo y en el gurú internacional del optimismo. Concretamente, en lo que denomina optimismo pragmático. Su anterior libro, «Un viaje optimista por el futuro», traducido a más de veinte idiomas, fue un «best seller» y todo un fenómeno social. Buscó a los mejores expertos en cada campo y sacó algunas conclusiones ilusionantes: el primer hombre que vivirá 1.000 años podría tener hoy sesenta; no es descabellado que, de necesitar un órgano, podamos obtenerlo próximamente cultivándolo en nuestro propio cuerpo; en una década, sería posible alojarnos en un hotel en pleno espacio... Su visión del futuro «enganchó» a millones de lectores. En todo el mundo, incluida España (Madrid, Valencia, Zaragoza...), proliferaron las Ligas de Optimistas Pragmáticas (LOPO, en sus siglas en inglés). Miles de personas formaron grupos de trabajo que se reunían, intercambiaban ideas y diseñaban proyectos para mejorar el mundo. «Todo el mundo quería participar. Recibí mails en castellano, en catalán, vasco...», recuerda Stevenson. Sin embargo, puede decirse que la idea murió de éxito: «No había fondos para crear las infraestructuras necesarias», apunta. Eso sí, su intención es «relanzarlo» próximamente en tres puntos, Londres, Chile y Zaragoza, donde tuvo una muy buena acogida. «Pregúntame otra vez dentro de cinco o seis años», dice.

«Tenemos toda la tecnología y el talento que necesitamos para hacer de este mundo un lugar fantástico, sostenible, igualitario, pero sin la capacidad de organizarnos para hacerlo posible. Los sistemas que nos gobiernan, nos educan y nos cuidan fallan de forma obvia», afirma Stevenson. Por eso buscó a los protagonistas de su libro, «gente que se enfrenta a estos desafíos y que triunfaban, constituyendo una hoja de ruta hacia ese futuro mejor». Nuestro mayor enemigo a batir está en nosotros mismos: el cinismo. «Decimos que un futuro mejor no es posible, que ni siquiera tenemos que intentarlo. Te haces el sabio..., pero en realidad estás disfrazando tu propia pereza. El cinismo no es sabiduría, es vagancia».

¿Qué más nos impide ser optimistas? Stevenson no titubea: los medios de comunicación. El hecho luctuoso siempre prima sobre la noticia esperanzadora. «El cerebro está programado evolutivamente para fijarse primero en lo que le da miedo, y después, en encontrar la oportunidad. Lo cual tiene sentido: si te sientes seguro, luego puedes hacer lo que quieras», argumenta. El periodismo tira por lo «fácil». «Así es muy sencillo captar la atención del público. Imaginemos que hay un suceso brutal en Málaga. La gente lo lee y exclama «¡Dios mío, es terrible!». La realidad es que todo el mundo, salvo una persona en Málaga, se levantó por la mañana, no sufrió ningún daño y se fue a la cama. Ignoramos lo que de verdad ocurre la mayor parte del tiempo», explica.

La información política, y los políticos, tampoco ayudan. «Tenemos un problema sistemático al hablar del futuro. Fíjate en la ciencia ficción: siempre representa a la humanidad salvada de un desastre. En televisión podemos ver a dos políticos de diferentes partidos hablando de desempleo, de cambio climático... pero, al final, te tienes que decantar: o te quedas con uno o con el otro. ¿Hablan de su futuro o del mío? Ignoran lo que la sociedad les dice en cuanto alcanzan el poder. Malgastan su tiempo en discutir. Y los medios muestran su discusión, pero sin sumar todas esas opiniones y conocimientos». ¿El motivo? «Que hablar de solucionar los problemas exige un nivel superior de periodismo que el hablar de división».

No cree que haya culturas más optimistas que otras. Pero sí generaciones. «Los millennials son una generación más ambiciosa y optimista que la mía o la de mis padres. Hay una teoría sobre el futuro: una generación inventa algo increíblemente nuevo; la siguiente dice: ‘‘¡Esto es fantástico, podemos construir algo sobre esta base!’’; la posterior afirma: ‘‘Vamos a beneficiarnos de todo el trabajo duro que han hecho nuestros antecesores”; y ya, la cuarta, dice: “Esto se está resquebrajando, vamos a crear algo nuevo”». Los millennials serían esta última. Les tengo mucho respeto por su optimismo y sus innovaciones».

España. ¿Podemos ser optimistas teniendo en cuenta el desafío independentista en Cataluña? Stevenson lo compara con lo ocurrido en Reino Unido con el «Brexit». «Las democracias ya no funcionan. No es tanto los problemas que acarrean, sino que la gente se dice: «Me voy a involucrar en cualquier cosa que rompa el sistema actual». Si les ofreces más de lo mismo, muchos se irán. Y quizá saben que no es buena idea, pero creen que seguir recibiendo más de lo mismo es todavía peor». Ahora bien, «si quieres separarte de España, o de Europa, ¿es porque quieres ser valiente y progresar? ¿O porque quieres recrear un mundo antiguo, en el que todo era fantástico? Si es por la primera razón, simpatizo con ello; si es por la segunda, destruirás tu economía». A lo que habría que añadir «falta de coherencia: gente a la izquierda y a la derecha que no comparte principios, sólo que quiere separarse». Eso sí: el mensaje es muy claro: «Tenemos que arreglar la política y reinventar la democracia en el siglo XXI». Y, como futurólogo, ¿cuándo cree que podría arreglarse la situación en nuestro país? «Estamos en la transición de un mundo viejo a otro nuevo. Y mi trabajo trata de hacer ese tiempo lo más corto posible, porque será una época difícil. ¿Hay salida para Cataluña y España? Sí, pero podría llevar 15 o 20 años».

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