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«Empecé a acosar porque si era agresivo nadie me molestaba»

Isaac sufrió «bullying» escolar durante varios años: insultos, agresiones... De un año a otro pasó a ser acosador.

Ahora trabaja en una asociación rastreando en Internet casos como el suyo con el fin de prevenirlos

  • Isaac también ha rastreado en la red casos de pederastia, motivo por el cual prefiere mantener su anonimato
    Isaac también ha rastreado en la red casos de pederastia, motivo por el cual prefiere mantener su anonimato
J. V. Echagüe/B. V. Conquero.  Madrid.

Tiempo de lectura 4 min.

24 de enero de 2016. 17:23h

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Es la ley del más fuerte. Y siempre funciona igual: hay un líder, el «malote» en el que todo se focaliza, y en torno a él, un grupo de acólitos que le sigue fielmente –y lo peor de todo, que le imita– que toma como víctima a aquél que es diferente. Éste es el esquema del «bullying» o acoso escolar. Isaac lo conoce muy bien. Lo ha vivido en su doble cara: como acosado y como acosador. Y todas esas vivencias le han servido para convertirse ahora en un «ciberrastreador» que, gracias a su dominio de las redes, localiza en internet casos como el que él vivió en primera persona. «Desde mi experiencia, y gracias a todo lo que he aprendido, quería colaborar para que los menores no acosen y para que el que lo sufra sepa que va a encontrar gente que les apoya siempre», explica Isaac, que trabaja para la Asociación No al Acoso Escolar. Este joven de poco más de 20 años relata a LA RAZÓN su experiencia desde el anonimato. Y es que también ha colaborado en la investigación de casos de pederastia en la red. «El mundo de internet es demasiado grande. Y la gente te puede rastrear desde los pies a la cabeza».

Comenzó a sufrir acoso ya en la etapa de Infantil. Isaac es de origen suramericano, lo que se reflejaba en el color de su piel. Tendría entre 5 o 6 años cuando sus compañeros de clase le «hacían el vacío». «Mis amigos eran aquellos que estaban en educación especial, con problemas de adaptación, del habla y el aprendizaje... Recibía insultos de tipo racial. A la vez tenía un déficit de aprendizaje. Hubo un momento en que me tuvieron que cambiar de clase», recuerda. Como muchos de los niños que sufren este problema, guardó silencio en casa. «No conté nada. Pensaba que si mis padres montaban un “guirigay” en el colegio, iba a estar marcado de por vida». Pasados los años, la situación no mejoró. Con 11 años, «mi madre no podía más y decidió que ingresara en un internado, pero fue más duro. Salí mejor parado en lo que respecta a los estudios, pero no en el “bullying”». «Panchito», «sudaca» o «mono» eran algunos de los epítetos que recibía. La situación tocó fondo cuando sufrió una agresión. «Entraron en mi cuarto y me empezaron a pegar. Acabé con moratones».

De tercero a cuarto de la ESO, cambiaron las tornas. «Quería integrarme en la sociedad de mi internado. Aquello era como la ‘‘mili’’, con distintos estamentos. Empecé a hacer acoso. En las colas me colaba delante de niños más pequeños, les pegaba... Aprendí que, si eres agresivo, si no te dejas pisotear, nadie te molesta», explica. Su conducta duró un año. «Yo mismo lo frené. Un día me di cuenta de que me había pasado. A un niño pequeño le di un puñetazo en el ojo. Le vi asustado. Decidí que, sólo si me molestaban, me defendería». Fuera ya del internado, en el instituto, volvió a sufrir las iras de los acosadores, aunque no llegó a los niveles de antaño. Al final, Isaac ha pasado por casi todas las clases de centros de enseñanzas: públicos, privados, católicos... Y el patrón siempre se ha repetido.

Más familias que colegios

Hace un año y medio se puso como objetivo hacer labores de voluntariado. Y contactó con la Asociación No al Acoso Escolar. Durante un tiempo se dedicó a la «caza de pederastas» en internet, a través del uso de determinadas aplicaciones y buscadores. A pesar de detectar casos, descubrió que, posteriormente, era muy difícil presentar una acusación firme contra los presuntos pederastas. Ahora está centrado en detectar los casos de «ciberacoso» en la red que llegan a la asociación, con vistas sobre todo a prevenirlos. «Los chicos se creen que están protegidos tras una pantalla porque tienen un perfil falso, pero siempre dejan una huella digital», explica el joven. «Suelen acudir más las familias que los centros, a éstos les cuesta más aceptar que hay acoso», añade. Puntualmente, la asociación informa de todas sus novedades en la página facebook.com/nomassuicidios.

Sin embargo, no siempre los padres ven la realidad. «El hecho de tener un hijo acosado crea un estigma social: ‘‘no has sabido educar a tu hijo’’, ‘‘tu hijo no se ha sabido defender’’, ‘‘has fracasado en tu labor como padre’’...», argumenta. Mientras, los profesores, «aunque tienen cursillos» para tratar estos problemas, «no son obligatorios. No tienen la formación adecuada».

Es difícil prevenirlos y, en ocasiones, cuando Isaac da con un posible caso de «bullying», éste ya se ha consumado. Como a él mismo le ocurrió, los propios menores prefieren guardar silencio, pues el «vacío» y los problemas podrían ir a más de «destaparse» la situación. Y la sociedad no parece estar concienciada al cien por cien de la magnitud del problema. «Ha habido casos de suicidios que no han salido en prensa. La sociedad, sus estamentos... les cuesta mucho que se hayan producido muertes a raíz de unos insultos que no se han parado a tiempo», explica. Por ejemplo, en uno de los casos, «ni el colegio ni el inspector de educación lo aceptaban». Al final, lo que impera en este drama «es una mentalidad anticuada: la ley del más fuerte, ser un león para sobrevivir. Y hay gente que no lo es, que le cuesta más entrar en una sociedad tan competitiva». Mientras, aunque estemos ante un problema de difícil erradicación, gente como Isaac seguirá tratando de impedirlo.

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