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La asignatura pendiente de los niños superdotados

  • Javier cuenta con un 138 de coeficiente intelectual. En segundo de Primaria comenzó a dar síntomas de aburrimiento en el aula. Sus padres y el colegio lo tuvieron claro: tenía que saltarse un curso

La asignatura pendiente de los niños superdotados

Cuando tenía cinco años, Javier comenzaba a estudiar los fonemas en inglés. Iba a un colegio bilingüe. Aún ni siquiera sabía leer en castellano; estaba aprendiendo los trazos de las letras. Un día, sus padres iban a llevarle a él y a su hermana Marta, dos años mayor, a un minigolf. El plan se chafó: llovía a cántaros. Y Javier se enfadó. Sus padres encontraron una nota: «No me habéis llevado al minigolf, por tanto, me habéis tomado el pelo». Carlos y Pilar, no daban crédito. Pero sí sacaron algo en claro: su hijo era especial.

Javier tiene ahora 10 años y forma parte de ese 3% de niños por curso que cuenta con altas capacidades. Es decir, aquellos pequeños que solemos conocer como superdotados. Su coeficiente intelectual supera la barrera de 130; concretamente llega a los 138. «Son niños que no se conforman con una respuesta básica, siempre quieren algo más. Notas que hay algo distinto», afirma su madre, Pilar Rodríguez. Así, Javier comenzaba a dibujar sus propios cómics y, como todos los niños, empezó a interesarse por los dinosaurios, pero en su caso se los sabía todos. Y, a muy temprana edad ya se preocupaba por temas más filosóficos, como la muerte y lo que puede haber más allá.

Pero el coeficiente intelectual no va necesariamente ligado a unas notas excelentes. En segundo de Primaria, Javier comenzó a mostrar «cierto aburrimiento». «Le mandaban hacer tres o cuatro multiplicaciones. “Ya sé multiplicar, mamá”, decía. Era como si a nosotros nos dan una ahora clase para aprender a escribir. A los dos minutos desconectas», dice Pilar. «En el colegio siempre le ha ido muy bien. Pero corría el riesgo de aburrirse», comenta su padre, Carlos Massaguer. Fue entonces cuando se interesaron por una posibilidad a la que muchos colegios se resisten: Javier debía saltarse su curso.

Carlos y Pilar se consideran afortunados. No sólo porque Javier sea una bendición, sino porque ha contado con la ayuda adecuada. Javier estudia en el Colegio Internacional SEK-El Castillo, que cuenta con un programa pionero, creado hace 25 años. «Una de las causas por las que a Javier le ha ido bien fue porque detectaron su caso de forma temprana, en primero de Primaria», recalca Pilar. Y es que, desgraciadamente, muchos de estos niños no reciben la atención que merecen. «Algunos acaban teniendo fracaso escolar. Debe comprendérseles, son distintos. Tienen una forma diferente de relacionarse con el mundo», dice Carlos.

Un 8% sin diagnosticar

«Muchos de estos niños se quedan en el camino. Necesitan un plan de estudios más enriquecedor que el resto para dar rienda suelta a su capacidad cognitiva. Si no, esa capacidad se pierde. Hay que canalizar su potencial», afirma Encarnación Ricote, orientadora de Secundaria de SEK-El Castillo y coordinadora del Programa de Enriquecimiento Integral para Alumnos de Altas Capacidades. Se trata del Programa Estrella: todos los sábados, Carlos y Pilar llevan a Javier a una serie de talleres y actividades donde hay otros niños como él, con intereses afines, y a cargo de profesores especializados. Y es que se han detectado casos de alumnos que, pese a tener estas capacidades, «desarrollan una enorme frustración ya de adultos, no se adaptan e incluso pueden sufrir trastornos de personalidad», añade. En las carreras de Magisterio es un tema con poca presencia. Y muchos colegios y profesionales, «por desconocimiento», no atienden a estos pequeños y olvidan una de las reglas de oro: «Escuchar a las familias». Ricote cree que podemos hablar entre un 7% y un 8% de alumnos con altas capacidades que se quedan por diagnosticar. Y el hecho de saltarse un curso, lo que se conoce como «aceleración», constituye la «medida que menos trabajo da, la que menos cuesta a la Administración» y la que mejor contribuye a mantener la motivación de los alumnos; pero también es la más «impopular» en los colegios.

«Hay reticencia al poner a estos niños con otros más mayores. La medida tiene muy mala prensa entre los colegios y los propios padres. Tienen la madurez de niños mayores que ellos y, lo normal, es que se adapten mejor a ese curso», coinciden los padres de Javier, que recuerdan que un amigo de su hijo fue diagnosticado con hiperactividad cuando, en realidad, también contaba con altas capacidades. El pequeño hizo tercero de Primaria con materias de cuarto. Ahora cursa sexto de Primaria. «Al principio era complicado para mí adaptarme a los otros. Todos se conocían. Luego ya me adapté, al cabo de unos meses empezaba a conocer a la gente. Estoy feliz», comenta Javier, que ahora ya no se aburre en clase y realiza unas tareas acorde con su capacidad.

El límite de 130

Después de que Pilar y Carlos avisaran al colegio de que, posiblemente, Javier podía ser superdotado, el colegio puso en marcha el protocolo oficial, que es el que exige la Comunidad de Madrid. Como explica Ricote, se le realizó un primer perfil psicológico –estudiar su motivación, sus intereses...–, una valoración psicométrica y el coeficiente intelectual. Después, se contrastó con una segunda prueba para confirmarlo. Se midió su creatividad, la capacidad verbal, los razonamientos numéricos y geométricos... Sólo si supera el 130 podía considerársele superdotado. «En la Administración tienen que ser muy estrictos: si hubiera tenido 129, no se podría solicitar». A su vez, los padres confirmaron el resultado con el gabinete de la psicóloga Luz Pérez, directora del Programa Estrella. Así, pudo materializarse el salto de curso. Todo ello bajo la atenta mirada de los profesores del SEK, formados específicamente para tratar estos casos.

Marta, la hermana de Javier, tiene ahora 12 años. Es una estudiante de sobresaliente y muy madura para su edad, aunque cuentan sus padres que, en principio, no tiene pensado hacerse las pruebas de superdotación. Curiosamente, Carlos y Pilar también cuentan con un coeficiente intelectual por encima de la media. ¿Hablamos de un factor genético? «Hemos ofrecido nuestro testimonio en un congreso organizado por el SEK. Y se hablaba de si se nace con estas capacidades o se hacen. Posiblemente haya algo genético, se habla de un 30% de posibilidad de heredarlo. Pero esa herencia debe rodearse también de un ambiente», dicen los progenitores.

En todo caso, la vida sigue. Javier antes quería ser ingeniero, pero hace poco, tras dar una charla en clase de inglés, ha descubierto que «me gustaría ser profesor». Acaba de descubrir el ajedrez y le encanta. Al igual que el teatro: ha tenido el honor de dar vida a Jack Sparrow en el colegio. Pero lo más importante de todo: Javier es ahora un niño plenamente feliz.

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