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La trampa del padre

Jorge Alcalde . 

Tiempo de lectura 4 min.

29 de diciembre de 2013. 03:17h

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Uno de los artículos más polémicos de la reciente historia de «The New York Times», uno de los que más encarnizadas críticas levantó en su momento y que aún llena de ira internet, vio la luz en 2005 bajo el título de «El derecho del hombre a decidir». Basado en su propia experiencia de juventud, cuando su novia embarazada decidió abortar, el sociólogo Dalton Conley, director del Centro para el Estudio Avanzado de las Ciencias Sociales en la Universidad de Nueva York, escribió 1.500 palabras en las que desarrollaba su posición personal: «Si queremos que los padres sean relevantes en el futuro de la sociedad, también tenemos que dotarles a ellos de ciertos derechos». Una de las últimas frases del artículo cayó como una bomba en la redacción del periódico y entre sus lectores y lectoras: «Si un padre manifiesta su deseo de comprometerse legalmente a criar a un niño sin ayuda de la madre, debería tener capacidad de oponerse al aborto del feto que ha ayudado a crear».

El día de la publicación del artículo (según relataba recientemente en una entrevista a la revista «Elle» en Estados Unidos, dentro de un artículo titulado «La trampa paterna, derechos del padre ante al aborto») Conley se levantó a las 7 de la mañana como todos los días para llevar a sus hijos al colegio. Cuando regresó a casa, la bandeja de entrada de su correo electrónico ardía con miles de mensajes. «No tenía ni idea de que iba a recibir una respuesta de tal tamaño. Fui ciegamente ingenuo al creer que los lectores y lectoras agradecerían una simple reflexión para el debate». Muchas mujeres compañeras de redacción dejaron de hablarle. Se creó una comisión sobre género ante la que tuvo que declarar el autor y en la que recibió las más agrias críticas de su vida. Entre las personas airadas se encontraba su propia esposa que «durante un mes apenas me dirigió la palabra», según declaraba Conley a «Elle». Sociólogo de larga experiencia en la filas del progresismo liberal de Estados Unidos, fue inmediatamente etiquetado como profundamente conservador, antiabortista radical y antifeminista. Nadie se atrevió a defenderle en público.

25 años antes, Arthur Shostak había escrito el primer libro conocido sobre la posición del varón ante el aborto y hablaba del «ominoso silencio que la historia ha impuesto en los derechos reproductivos del hombre». Siguiendo la estela de estas ideas, Claire Keyes, una doctora muy conocida como directora de una clínica abortista (nada sospechosa de animadversión) trató de crear una agenda de trabajo para incluir a los varones en la decisión sobre la interrupción del embarazo. Creó un grupo de expertos en sus clínica para asesorar al hombre y una revista interna donde las parejas masculinas de las mujeres que abortaban podían manifestar sus opiniones, sentimientos y consejos. Tuvo que cerrarla. «La gente me gritaba por la calle que esto no es una cuestión de hombres, que las mujeres hemos luchado durante mucho tiempo para que los hombres no metan la mano en este tema».

El caso de Mel Feit, fundador del Centro Nacional para el Hombre en Estados Unidos, es el más extremo de todos. Lleva años proponiendo un nuevo pacto sexual entre hombres y mujeres en clave de «igualdad real» a la hora de pensar en la reproducción. Su causa, tildada de «la más solitaria del mundo» por la revista «The Atlantic» y que le ha convertido en enemigo público de los movimientos feministas, se basa en lo que él considera una injusticia biológica: «El derecho de reproducción sólo rige para la parte de la pareja que cuenta con órganos reproductivos internos».

¿Tienen algo en común todos estos casos? Sí. Todos se han producido en Estados Unidos, donde sí existe un debate, aunque sea muy pequeño y poco aireado, sobre la posición del varón ante el aborto recogido por publicaciones femeninas como «Elle» y propuesto por mujeres que dirigen clínicas abortistas. En Europa, es muy difícil que la discusión llegue siquiera a plantearse. El Viejo Continente ha llevado más lejos aún lo que la socióloga Margaret Mead llamó «muerte civil del padre»: el marginación progresiva del hombre de la toma de decisiones sobre la crianza, no sólo en el caso de la interrupción del embarazo, sino en la concepción, en el desarrollo y en la custodia en casos de separación. Hay que recordar que en la Conferencia de El Cairo de 1994, la Organización Mundial de la Salud alertó sobre la necesidad de inmiscuir al varón en las políticas de planificación y desarrollo familiar. Desde entonces, no ha habido una sola propuesta política para avanzar en cómo se ha de compartir la procreación y cómo se puede discutir en común el problema del cuerpo reproductivo.

La ciencia ha avanzado sustancialmente en el conocimiento del hombre como padre, en sus reacciones biológicas y hormonales ante el embarazo de la pareja, en el desarrollo de su instinto paternal –único en el reino animal–, en la importancia evolutiva del contacto de los hijos con la figura paterna y en cómo esta afecta positivamente a la salud psíquica y mental de los hijos. «Pero la sociedad no ha respondido por igual a esta evidencia agregando al momento de la interrupción del embarazo el significado que tiene la paternidad para el hombre involucrado». Lo ha escrito la terapeuta familiar Bárbara Zapata, en los comentarios al estudio «El lugar de las masculinidades en la decisión del aborto» elaborado por las doctoras Mara Vivero y Ángela Facundo de la Universidad Nacional de Colombia... Otra vez fuera de Europa.

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