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Las 36 horas apagando las llamas del Quinto Batallón

  • Efectivos de la UME, en labores de extinción de incendios en Cebreros (Ávila)
    Efectivos de la UME, en labores de extinción de incendios en Cebreros (Ávila) / EFE

Tiempo de lectura 4 min.

22 de octubre de 2017. 01:32h

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Belén V. Conquero 22/10/2017

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Martes, 10 de octubre. Mediodía. Medio centenar de miembros del Quinto Batallón de Emergencia de la Unidad Militar de Emergencia (UME) de León es activado para acudir a Lobios (Orense) donde se inició un incendio que, una semana más tarde, no sería el único. “Somos la unidad más cercana a Galicia. Por eso, somos los primeros en entrar y los últimos en irnos”, explica a LA RAZÓN el capitán David Barona, que no ha olvidado un sólo detalle de lo que ha sido una de las semanas más duras de este cuerpo militar que nació hace ahora 11 años. “Este incendio siempre se recordará, no dejamos de hablar de él porque es la primera ocasión en la que nos hemos sentido verdaderamente desbordados. No sabíamos si lo estábamos haciendo bien o mal”, reconoce. Tanto es así, que, incluso, se plantean hacerse una camiseta que ponga “Yo estuve en Galicia 2017”.

Miércoles, 11 de octubre. Los focos empezaban a multiplicarse por toda la comunidad autónoma e incrementaron el número de militares que intentaban sofocarlos en Galicia, siempre guiados por lo que bomberos, agentes forestales y brigadistas disponían. “Ïbamos pululando por todas las provincias. Relevandonos. En ese momento, el incendio no era grande, estaba controlado. Había muchos puntos, pero no cuajaban”, sostiene el capitán. Por eso, hasta el sábado, las labores de extición estaban controladas.

Sábado, 14 de octubre. Las autoridades responsables veían tan bien la situación que “nos enviaron al polideportivo de Lobios para que desacansaramos bien, sin prisa, sin estar pendientes del teléfono”. Pero a las dos de la madrugada, el capitán Barona recibió una llamada que hizo cambiar todo de golpe: un incendio en Ponteareas (Pontevedra). Ya nadie durmió. “El equipo táctico llegó sobre las cuatro de la mañana, mientras que el restto alrededor de las seis. Yo fui el primero en llegar a la zona, en concreto a Amoedo. Los focos eran muy grandes, dejaban un gran resplandor, el viento tenía fuerza y hacía calor”. Se daban todas las condiciones para que la lumbre se magnificara. “Hasta que conseguimos organizarlo parecíamos títeres sin cabeza”. ¿Su misión? Evitar que el incendio saltara la línea marcada y no se acercara más a las casas. Pero las llamas empezaron a coger fuerza.

Domingo, 15 de octubre. El día D. 36 horas que arrasaron con todo. Hacía las tres de la tarde el termómetro marcaba más de 30 grados de temperatura en uno de los vehículos que la UME tenía en Pazos de Borbén. el viento circulaba con fuerza en dirección sur-norte y la humedad relativa era muy baja. “No parecía que estuviéramos en Galicia, sino en mi pueblo de Guadalajara”, reconoce Barona. La situación se complicaba por minutos. Les decía a sus suboficiales: “Esto es una caldera. A este ritmo va a achicharrar el pueblo, lo va ha hacer desaparecer”. Las llamas iban siempre por delante de ellos. “Nos sobrepasaba. Ocupamos un frente por encima de nuestras posibilidades, pero no había más”, afirma. Y esa línea marcada que debían proteger cedió. Saltó por encima de ellos. “Los árboles ardían como papel”, recuerda.

El día dio paso a una noche aún más complicada. Como no eran capaces de extinguir bien cada uno de los focos porque debían acudir raudos a salvar alguna otra casa, las llamas resurgían. “Era como si lleváramos un mechero detrás de nosotros, como si esparciéramos gasolina”, sostiene el miembro de la UME. Eso sí, en todo momento contaron con el apoyo de los vecinos de cada uno de los municipios a los que llegaban. “El gallego no entra en pánico, no teme a las llamas”. Fueron los ciudadanos los que, en muchos casos les ayudaron a controlar las lumbres, a evitar que destruyeran sus casas. Les ayudan a colocar las mangueras, utilizan palas para evitar que el incendio se siga extendiendo.

En la mandrugada del domingo llegó el relevo. Sus compañeros vivieron lo peor. “Se quemó lo impensable. No había forma de detenerlo”. Este gran incendio se había convertido “en la caja de bombones de Forrest Gump, porque nunca sabías lo que te iba a tocar”, subraya el capitán.

Lunes, 16 de octubre. Las condiciones meteorológicas empezaron a cambiar. A dar un respiro. La temperatura bajó hasta los 15-18 grados, el viento amainó y la humedad relativa también ayudaba a la extinción. “Empezamos a enfriar todas las zonas limítrofes a las casas para que la gente se sintiera segura”. Y, por fin, durante toda la noche, la lluvia fue apagando el fuego.

Martes, 17 de octubre. Situación controlada. Se empiezan a reducir los niveles de alerta y la Xunta valora la inactivación del operativo de la UME. Es más, algunas unidades ya van abandonando la zona, regresando con sus familias que hace días que no ven.

Miércoles, 18 de octubre. El Quinto Batallón de Emergencias regresa a su base de León. Son los últimos en dejar la zona. “Hemos sacado muchas conclusiones sobre la extinción. Ya sabemos lo que es estar fuera de nuestras capacidades”, concluye el capitán. El mes de octubre de 2017 está marcado en su agenda profesional. “No lo olvidaremos”.

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