domingo, 20 agosto 2017
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Sociedad

Las razones de un aborto

Si descartamos por absurda la explicación oficial sobre la retirada de la Ley de Protección de la Vida Prenatal, que era que en ella no se había logrado lo que hubiese sido el único consenso de la legislatura, y si consideramos que las famosas encuestas sobre las ventajas para la intención de voto de retirar la ley, o eran falsas o han sido un enorme fiasco, las justificaciones sobre las razones del acto gubernamental contra el que nos movilizamos hoy se reducen notablemente. Algunos piensan que las razones pueden ser internacionales, o bien el plato de lentejas del Consejo de Seguridad, o bien las presiones externas del Lobby radical, encabezado por la Presidencia de los Estados Unidos que temían que en una nación plenamente occidental se produjese la para ellos regresión de una ley protectora de la vida prenatal. Lo de Polonia o Hungría se había soportado con mayor o menor disgusto pero lo de España parecía inadmisible. Si bien la teoría de la presión internacional no es descartable, personalmente creo que no hicieron falta ni las encuestas ni las presiones externas para facilitar el amargo resultado al que nos enfrentamos y que ha producido una de las únicas crisis de Gobierno por discrepancia que hemos visto en la Segunda Restauración. A la luz de las discusiones en torno a los distintos informes que los órganos asesores del Gobierno hicieron sobre el anteproyecto gubernamental podemos deducir que el punto de fricción más o menos enmascarado fue siempre el aborto eugenésico. El coherente empeño de los autores del proyecto por eliminar esa causa de difícil justificación en el aborto, causa eugenésica, que por razones históricas se disfrazó en la legislación alemana y que a regañadientes aceptó nuestro Tribunal Constitucional, explica mucho de lo que pasó. En efecto el Tribunal Constitucional esperaba que el «progreso» en la protección social eliminase las dificultades de atención a la vida fuertemente dependiente. En el fondo, desde mi punto de vista, compraba una mercancía ideológica averiada. La que pretendía que la principal razón justificativa del aborto cuando se trata de previsibles anormalidades del feto no era perfeccionista o eugenista sino social. La angustia ante las dificultades del futuro provocada en parte por la falta de ayudas para los fuertemente dependientes. Esta máscara apenas encubre una realidad preocupante. Para un sector de la propia mayoría eliminar la causa eugenésica suponía imponer una carga excesiva. Si bien esta carga parecía coherente con todo el discurso oficial sobre la dependencia, en realidad contradecía lo que nuestra sociedad empieza a entender como esencial, esto es, el derecho al control de calidad. La práctica eugenésica se ha extendido tanto, incluso en la propia reproducción asistida, que eliminarla en la interrupción voluntaria del embarazo parecía un exceso. No dudo que muchos de los que discutieron teóricamente este aspecto, y con varios me une la amistad, eran sinceros al pensar que la carga que se imponía podía ser excesiva, pero lo cierto es que en el nivel político nunca apareció este argumento. Unos se pertrecharon en el tópico de la Salud Reproductiva y el derecho de autodeterminación, otros, los que fueron decisivos en llevarse el gato al agua, salieron con lo del consenso. Todos ocultaron que lo que se buscaba o más bien lo que se ha dado como una conquista social contemporánea, la desprotección casi completa de la vida prenatal cuando son previsibles deficiencias. Es más, lo que se presenta como una conquista individual se ha convertido en una actividad de política sanitaria enmascarada con todo el sistema sanitario y jurídico conspirando contra la vida previsible o posiblemente deficiente. En definitiva somos una sociedad eugenista que siente todavía un cierto pudor en confesarlo.

**Profesor de Filosofía del Derecho de la Universidad Complutense

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