Sociedad

Los hijos ilegítimos de los «señoritos» levantan la voz

Sólo el bufete de Fernando Osuna lleva unos 150 casos de demanda de paternidad; más de la mitad son de descendientes de asistentas domésticas. «El taquillita», así le apodaban a José en el barrio, ya que el hombre que mantuvo una relación con su madre poseía salas de cine, así como otras empresas. En la mayoría de los casos, los hijos no denuncian hasta que su madre muere por su negativa a que saquen a la luz «los trapos sucios»

Los hijos ilegítimos de los «señoritos» levantan la voz
Los hijos ilegítimos de los «señoritos» levantan la vozlarazon

Sólo el bufete de Fernando Osuna lleva unos 150 casos de demanda de paternidad; más de la mitad son de descendientes de asistentas domésticas. «El taquillita», así le apodaban a José en el barrio, ya que el hombre que mantuvo una relación con su madre poseía salas de cine, así como otras empresas

José, Carmen, Juan, Rosario... La lista continúa. Sólo el bufete de Fernando Osuna lleva en este momento más de 150 casos de hijos ilegítimos, y más de la mitad son de descendientes de mujeres que limpiaban en los hogares de los «señoritos». La mayoría de los hijos superan ya la barrera de los 50 años. Han esperado a que fallezcan sus madres y en gran medida sus padres no reconocidos por los temores que en sus madres despertaba que se supieran sus «trapos sucios», explica Osuna. José es el «penúltimo» caso. Su madre Dolores comenzó a trabajar como personal de servicio en la casa que don Antonio tenía en Madrid. Era 1954. El empresario tenía diversas compañías, una de ellas dedicada a salas de cine, así como tiendas de alimentación. Cuando Dolores entró a trabajar en esta casa, don Antonio era viudo y padre de dos hijos. Pronto el amor llamó a su puerta. La relación de su madre con el «señorito» no fue únicamente de tres o cuatro noches de pasión, sino que perduró hasta la misma muerte de don Antonio en 1970.

Aunque en este caso el empresario era viudo (no es lo más habitual en estos casos), la relación sentimental no era bien vista por Rafael, uno de sus dos hijos de su primer matrimonio, y cuando éste se enteró, todo se torció. El hijo Rafael no aceptaba que su padre, un empresario de «caché», pudiera estar con alguien que, a su modo de ver, no estaba a la altura. De hecho, «la madre de mi cliente y el padre biológico del demandante no se casaron porque su hijo se oponía», asegura Osuna. Tanto es así que Dolores se vio obligada a dejar su trabajo, aunque la relación de ambos fuera de esas cuatro paredes continuó. Al año de abandonar dicha casa, en 1957, nacía María, y tres años después, en 1960, José, que hoy, con 55 años, reclama a sus hermanastros más de un millón de euros.

A pesar de no vivir bajo el mismo techo, Antonio intentaba no descuidar ni a Dolores ni a sus hijos. El dinero, la comida y la ropa llegaban todos los meses. El empresario pagaba los colegios, el médico y tenía gestos de favor hacia sus hijos extramatrimoniales como la entrada gratuita a las sesiones de proyección de sus cines a las que José asistía asiduamente durante su niñez.

Pero los encuentros del empresario con esta mujer eran cada vez menos frecuentes. El hijo de don Antonio, que se negaba a esta relación, amenazaba a su padre con dejar de trabajar en los cines si dicha relación continuaba, hasta el punto de que el padre duda si hacer o no caso a su hijo, que en 1967 decide casarse. Al dejar el hogar familiar, don Antonio, que había vivido hasta entonces con su hijo, decide comprarse un piso. Su excusa suena bien a los oídos de sus hijos, ya que está cerca de su trabajo. Pero lo cierto es que la vivienda recién adquirida estaba muy cerca de la casa de Dolores y así era más sencillo ir a visitarla al terminar sus labores en los cines de su propiedad. Los días fueron pasando, una etapa en la que los encuentros fueron más que frecuentes hasta que don Antonio contrajo una enfermedad pulmonar. Como por aquel entonces las visitas eran a diario, Dolores, extrañada porque «su Antonio» no había ido a verla ese día, preguntó a uno de los empleados de los cines y éste le explicó que el empresario estaba enfermo. Don Antonio tuvo que quedarse en cama durante varios meses. Lo hizo en la casa familiar, donde previamente Dolores había trabajado como asistenta. Quería verlo y esta vez sí le dejaron entrar en repetidas ocasiones. Le abría la puerta Rocío, la otra hija de Antonio, que según relata el abogado no se opuso, o al menos, no tanto como su hermano, a esta relación, hasta el punto de que Dolores celebró las fiestas de Navidad ese año junto con el que fue el amor de su vida. Pero algo se torció, porque en los meses finales de la enfermedad, ambos hijos se oponen a que la antigua doncella volviera a ver a don Antonio, una férrea negativa que duró hasta que éste falleció en 1970. Hundida por la muerte de Antonio, Dolores y sus hijos fueron desahuciados del piso en el que vivían, que había sido propiedad del empresario.

Pasaron los años y José y su hermana hicieron su vida con la espina clavada por no haber sido reconocidos legalmente, sobre todo después de que falleciera su «madre, hace ahora unos seis o siete años», recuerda el abogado. «Hemos pedido que se haga la prueba de ADN entre mi cliente y sus ‘‘hermanastros’’, y por si se negasen, hemos solicitado también la exhumación de los restos del padre. Tardan tantos años en reclamar porque hace 20 años el ADN no se conocía, y porque la madre vivía y habitualmente las madres sienten ‘‘vergüenza’’ y no quieren que sus hijos saquen los trapos sucios. Pero también es por falta de conocimiento de sus derechos, tanto de herencia como de sus apellidos. Todo esto explica que en este momento se esté produciendo un ‘‘boom’’ de hijos ilegítimos que quieren que sean reconocidos sus derechos». El letrado recuerda que su cliente le dijo: «Es una grandísima injusticia lo que me han hecho. En el colegio se metían conmigo y me preguntaban una y otra vez por qué no venía mi padre a buscarme. Recuerdo que el día de la Comunión los niños al ver sólo a mi madre me volvían a hacer la misma pregunta».

El abogado Osuna está más que convencido en este caso, ya que el gran parecido existente entre el supuesto padre del demandante y éste es «evidente», sobre todo en la boca, frente y ojos. Además, es un hecho conocido por muchos de los vecinos de donde residían, hasta el apodo que tenía José en su niñez, «el taquillero» o «el taquillita», hace referencia a su filiación paterna, máxime cuando el empresario no ocultaba su relación sentimental con Dolores o, mejor dicho, con doña Dolores.

Hijos de duques o empresarios

Carmen (en la imagen), hija de una asistenta y un rico empresario sevillano ya puede usar su apellido; Juan José Cortabarría ya puede decir alto y claro que es nieto biológico del fallecido empresario vasco José Arana. Pero ambos aún están negociando su herencia. Ella, ex costurera, con la familia de su padre, ya que es heredera legítima de tres milllones de euros y él, una cifra aún mayor que han de negociar con el Ayuntamiento de Eskoriatza, al que su abuelo dio la herencia. En una situación similar se encuentra Esteban, un camarero hijo de una «sirvienta» y de un empresario que está negociando cobrar la herencia después de que una sentencia haya reconocido que es su hijo. Eso es lo que espera Rosario Bermudo. Asegura ser hija de Leoncio González, marido de la duquesa de Madina Sidonia, más conocida como la «duquesa roja». Rosario ha conseguido que un juez acepte que se desentierre a Leoncio. «Esperamos que se practique la exhumación entre febrero y marzo», dice Osuna.