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El perro de la Lotería que ayudó a curarse a un niño

Max, un podenco portugués y estrella del spot de Amenábar, fue abandonado. Entabló amistad con un pequeño que sufría un tumor.

  • Nico ya está recuperado y recibe la visita de Max siempre que su agenda se lo permite
    Nico ya está recuperado y recibe la visita de Max siempre que su agenda se lo permite
Laura Cano. 

Tiempo de lectura 4 min.

24 de noviembre de 2017. 22:00h

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Laura Cano.  24/11/2017

Se llama Max, tiene cinco años y ha pasado de perro callejero a coprotagonista del anuncio de la Lotería de este año. Gracias a su peculiar habilidad para bostezar, este cruce de podenco portugués conquistó al director del cortometraje navideño, Alejandro Amenábar. Ya nos había encandilando pegándose un baile en el «spot» de La Casera; ahora, el anuncio también le ha granjeado popularidad en redes sociales, donde cuenta, incluso, con un perfil en Instagram. Pero además, ha resultado de gran ayuda en la extraordinaria recuperación de un niño que atravesaba una complicada enfermedad.

La suya es una historia llena de emotividad y superación. Aunque ahora tiene ante él un futuro prometedor como actor, sus inicios no fueron sencillos. Cuando Max contaba con apenas unos días de vida, fue abandonado en una caja de zapatos. Tras ser recogido por una protectora de Sevilla, su primera familia de adopción lo devolvió por tratarse de un perro demasiado “juguetón”. Por ello, hoy su dueña recalca que «más que promover la adopción, debería fomentarse el no abandono».

Ainhoa Larregui dio con Max en 2012 a través la web de la protectora. «En cuestión de una hora su cara apareció en la pantalla y me cautivó con su mirada», recuerda con ternura. Pese a que fue amor a primera vista, el can resultó ser un cachorro muy travieso. «Un día me lo encontraba subido a la encimera y al otro se había zampado el banquete que había cocinado para un grupo de amigos». Este último incidente fue decisivo para que Ainhoa decidiera adiestrarlo.

Por lo rápido que aprendía órdenes básicas, su segunda dueña sí supo captar el potencial de Max. «Un día me encontré diciendo: “Este perro es una estrella”». Fue entonces cuando contactó con Rafael Casado, especialista en trabajar con perros para cine y publicidad. Todo iba sobre ruedas, pero la orden que más le costó aprender fue, curiosamente, la que le lanzó a la fama: la habilidad para bostezar. «Rafael me dijo que estaban buscando como locos un perro que bostezase», explica Ainhoa.

Cuando el equipo de casting recibió el vídeo con el bostezo de Max, asintieron encantados. Sin embargo, contaban con una pequeña objección. «Me respondieron que necesitaban que el perro tuviera un aspecto más desaliñado, más callejero». Ainhoa se mostró muy resolutiva al embadurnar a Max con tiza negra y gomina. El visto bueno fue instantáneo. Juan García-Escudero, director general creativo de Leo Burnett —la agencia tras el anuncio de la Lotería de Navidad—, lo describe como «un perro muy profesional, enérgico, afectuoso y sensible», capaz de despertar la necesidad de acariciarlo. Y fue precisamente esta característica la que lo convirtió en el compañero inseparable de Nicolás.

A los siete años de edad, a Nicolás Fidalgo le diagnosticaron un tumor en el cerebelo. «Cuando me lo comunicaron, creí morirme, no metafóricamente hablando, sino literal, me faltaba el aire y se me hundía el pecho», recuerda Macarena Hormaechea, su madre. Tuvieron que trasladarle a la UCI cuando el nódulo le provocó una hidrocefalia. Tras una operación tan delicada como exitosa, el niño despertó en estado vegetativo. Nico sufría síndrome del cautiverio y mutismo cerebeloso, por lo que ni siquiera era capaz de mover los párpados. Permanecería así durante algunos meses.

La situación empeoró todavía más cuando una trombosis le situó entre la vida y la muerte. Hoy Nico se enfrenta con valentía y entusiasmo a sus exámenes trimestrales, pero la imagen que proyectaba entonces era muy distinta, pues la debilidad lo mantenía anclado a su silla de ruedas. A pesar de todo, su madre Macarena jamás perdió la esperanza: «Dentro de mí sentía que todo se iba a solucionar, que sólo tendría que esperar».

Después de un intenso tratamiento, Macarena y su hijo recibieron la visita de una vecina con su perro. En efecto, se trataba de Ainhoa y Max. Nicolás tenía los dedos untados en Nocilla y el cachorro apareció en cuanto olfateó el dulce olor del chocolate con avellanas. Al lamerle la mano, Max logró estimularle de nuevo. Este insignificante acto provocó que el niño intentase acariciarlo, levantando ligeramente el brazo. Desde aquel suceso casi mágico, su mejoría ha resultado imparable. «Casi me desmayo cuando le escuché hablar. Su primera palabra volvió a ser mamá».

Por todo esto, no es de extrañar que Ainhoa sea una férrea defensora de la inclusión de las mascotas en el tratamiento de niños enfermos, sobre todo si se les diagnostica una estancia larga en el hospital. «Se ha demostrado que las mascotas ayudan al estado físico, pero sobre todo anímico de las personas enfermas», sostiene.

Tres años han pasado ya desde aquel lametón que llenó a Nico de ilusión y de vida. Actualmente se encuentra completamente recuperado y recibe la visita de Max cuando su agenda se lo permite. Ambos comparten una mirada oscura y penetrante, llena de vitalidad y energía.

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