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«Tengo jeringuillas para echar limón al pollo»

Es lo que declaró a los agentes la enfermera acusada de matar a dos personas. LA RAZÓN accede a las diligencias policiales

  • Beatriz López, la auxiliar de enfermería acusada
    Beatriz López, la auxiliar de enfermería acusada
Nacho Abad. 

Tiempo de lectura 4 min.

05 de noviembre de 2017. 01:30h

Comentada
Nacho Abad.  5/11/2017

Durante años se ha sospechado que en el pasillo B de la quinta planta del Hospital Universitario Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares ocurrían cosas extrañas: había pacientes que perdían la vida sin causa aparente. Un runrún sordo recorría los pasillos: podía ser que alguien del personal médico se estuviera dedicando a quitar la vida a pacientes sin causa aparente, quizá un «ángel de la muerte». Los recelos comenzaron en diciembre de 2013 con Servando García, de 67 años, que ingresó en urgencias por una insuficiencia respiratoria aguda. Pronto mejoró y fue trasladado al pasillo B de la quinta planta. Allí, días antes de que le dieran el alta, falleció. Su médico está convencida de que alguien le suministró fármacos no pautados, algún tipo benzodiacepina, que le causó la muerte.

Ocho meses después ingresó en el pasillo B de la quinta planta Amelia. Tenía una simple infección urinaria. El 28 de agosto «se levantó bien y estuvo desayunado», rezan las diligencias policiales a las que ha tenido acceso LA RAZÓN. «A las 10:15, y sin encontrar explicación médica, entró en coma». Su doctora sospechó, quizá porque conocía el caso de Servando, que alguien le podía haber dado un medicamento no prescrito con la intención de acabar con su vida, por eso ordenó que le inyectaran un antídoto para las benzodiacepinas. Sorpresivamente «Amelia recuperó enseguida el nivel de consciencia, y fue capaz de mantener una conversación adecuada, sin necesitar oxígeno, ni presentar déficit neurológico en la exploración. La respuesta al fármaco fue alucinante, ya que no tenía prescritas las benzodiacepinas y, tras interrogar a la enfermería, tampoco apreció un error en la administración de la medicación». Aún así, para comprobarlo, su médico pidió que le hicieran un test de orina y dio positivo: «Alguien le suministró las benzodiacepinas a sabiendas de que la mataría». Amelia se salvó de casualidad y el 11 de septiembre fue dada de alta.

Juan Carlos ingresó en una habitación del pasillo B de la quinta planta en junio de 2015 «a causa de un traumatismo cráneoencefálico y hematoma cerebral. Durante su ingreso fue evolucionando favorablemente». El día en que se le iba a dar el alta, «a las 15:45, personal de enfermería avisó a los médicos de que Juan Carlos estaba en parada cardiorrespiratoria». Trataron de recuperarlo, pero fue imposible. Cuatro días después, Elena, paciente también del pasillo B, murió sorpresivamente. Se analizó su orina y no se halló ningún tóxico, lo que «todavía siembra más dudas sobre su muerte».

Las investigaciones policiales mencionan hasta siete nombres de posibles víctimas, todas ellas ingresadas en el pasillo B de la planta quinta del hospital. No había que ser Sherlock Holmes para concluir que un miembro del personal médico estaba matando enfermos. Lo difícil era determinar quién. Por eso se pidió autorización a la magistrada del juzgado de instrucción cuatro que llevaba el caso para que permitiese que los investigadores instalaran «un sistema de vídeo vigilancia oculto que grabe todo lo que acontezca en el pasillo B de la quinta planta».

El 4 de agosto de este año, Consuelo Doblado falleció en extrañas circunstancias. Los médicos descubrieron que alguien le había introducido aire con una jeringuilla en el torrente sanguíneo. Inmediatamente los investigadores revisaron las imágenes de las cámaras de seguridad. Así descubrieron a Beatriz López Doncel, auxiliar de enfermería. Se la ve llegar al centro con ropa de trabajo y un bolso al filo de las tres de la tarde. A las 15:22 los agentes contemplan cómo una trabajadora sale de la habitación de Consuelo sin observar en su actitud que haya detectado ningún problema. A las 15:35 Beatriz López entra esa tarde por primera vez en la habitación. Veinte segundos después otra trabajadora se acerca a la puerta y sin llegar a cruzarla mantiene una breve conversación con la sospechosa. Terminan y Beatriz se queda sola con la paciente. Sale a las 15:36. Vuelve a entrar dos minutos después y a salir a las 15:40. Nadie se acerca a la habitación de Consuelo, hasta que a las 15:47 «sale del control de enfermería otra trabajadora y entra en la habitación. Beatriz se encuentra junto a un carro y se percata de que la otra enfermera ha entrado». Quince segundos después, la sospechosa deja lo que está haciendo y acude al grito de auxilio de su compañera. Las imágenes muestran cómo entra y sale apresuradamente a pedir ayuda. Consuelo muere unos minutos después. La autopsia determina que alguien le introdujo aire en las venas de forma masiva. También concluye que el efecto del aire es inmediato. La Policía decide detenerla.

Cuando la interrogan está serena, sin que aparentemente le preocupara la muerte de su última paciente ni tampoco su detención. Niega todos los hechos, aunque reconoce que las jeringuillas y las agujas que los investigadores hallan en su casa las robó del hospital: «Las utilizó para echar limón al pollo». Los agentes, sin embargo, sospechan otra cosa, aunque sólo han logrado pruebas para vincularla con la muerte de dos pacientes y a un tercero en grado de tentativa.

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