lunes, 26 junio 2017
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CONFESIONES

Antihumanistas

Sebastián Castella
Sebastián Castella
Javier Arroyo

Suele comenzar con una operación demagógica: pretender inventarse un grupo de proscritos. Les gusta tacharnos de rancios, acomplejados y enemigos de la evolución. Y, después de colgarnos el estereotipo, nos atribuyen ideologías políticas –por supuesto, siempre del mismo lado– y hasta carencias éticas. No tenemos corazón ni humanidad.

No contentos con señalarnos, fuerzan que la ley se ponga de su parte para acorralarnos y dejarnos fuera del marco legal. Y así, con la ley en la mano y el odio en la cabeza, nos presentan ante la sociedad enjaulados en un recinto, que a veces es físico y otras meramente ideológico, pero cuyas fronteras, construidas siempre con prejuicios, acaban dejando heridas.

Esto es lo que estamos viviendo, día tras día, las personas del toro. Profesionales, aficionados y hasta los que no ejercen de pro, pero tampoco se manifiestan en contra. O conmigo o contra mí. Odias, o te odio.

La historia de la humanidad ha padecido muchos procesos de aislamiento. En el nuestro, las fronteras son los prejuicios que aniquilan nuestra forma de pensar, nuestro modo de creer, nuestra manera de ser. En definitiva, la esencia misma del ser humano.

Resulta extraño hablar de esencia humana ante los que nos equiparan al resto de los animales. Como si fuéramos iguales. O, peor, como si estuviéramos por debajo de ellos. Porque el veganismo puro, como el del profesor Peter Singer, prefiere el sacrificio aséptico de un humano recién nacido con taras irreversibles antes que el de un animal recién nacido en plenitud de facultades.

No se trata de animalismo. Ni de derechos animales –si es que es filosóficamente aceptable semejante asociación de ideas–. Se trata de odio. Sin más. Cuatro letras que llevan a la intolerancia y que en su grado más extremo se convierten en delito.

La legislación española define los delitos de odio como incidentes dirigidos contra una persona motivados por un prejuicio basado, entre otras cosas, en diferencias ideológicas. ¿Y no es esto lo que lleva a miles de supuestas personas a injuriarme en las redes sociales por ser torero? ¿No es eso lo que hizo a miles de indeseables anhelar la muerte del pequeño Adrián, cuyo único pecado era soñar con vestirse de luces? ¿Y no es acaso odio lo que lleva a las huestes de la intolerancia a increpar a los aficionados que acuden a las plazas de toros? ¿Y a reventar los cristales de quienes quieren hacer un guiño taurino en sus escaparates? ¿No hablamos de denigrar los derechos humanos para supuestamente poner en valor la «libertad» de los animales?

No son animalistas. Son antihumanistas. No hay fronteras en su lucha contra la libertad del hombre. Y hoy se ceban con nosotros, pero ya han empezado a poner en el disparadero a los hipódromos y, desde hace tiempo, a los circos. Y han conseguido que haya gente que empiece a temer salir a la calle con un abrigo de piel. Y terminarán por señalar a los que venden carne y hasta a los que se alimentan de lechuga, que para eso, según el catedrático de la Universidad de Florencia Stefano Mancuso, las plantas duermen, sienten y hasta cuidan de sus hijos.

Me odian por ser diferente. Quizá a ti que lees estas líneas, también. Por tener una cultura y querer mantenerla. Por nuestra forma de vivir y de pensar. Y si no hacemos algo, de manera urgente, la noche será larga y se escribirá con el cuchillo de la intolerancia.

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