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Ginés Marín, por encima de la maldición

El torero sale a hombros y Cayetano corta un trofeo por una faena entregada en Fallas

  • Ginés Marín, que cortó una oreja a cada uno de sus toros, sale por la puerta grande en la Feria de las Fallas de Valencia
    Ginés Marín, que cortó una oreja a cada uno de sus toros, sale por la puerta grande en la Feria de las Fallas de Valencia

Tiempo de lectura 4 min.

18 de marzo de 2017. 20:53h

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Ficha del festejo

Valencia. Novena de la Feria de Fallas. Se lidiaron toros de la ganadería de Juan Pedro Domecq. El 1º, sobrereo del hierro de Parladé, flojo y de escasa duración; 2º, sobrero de la ganadería de Vegahermosa, bruto y complicado; 3º, noble y con cierta repetición; 4º, descastado y sin fuerza; 5º, noble y de buen juego; 6º, descastado y deslucido. Lleno en los tendidos.

Enrique Ponce, de azul marino y oro, media estocada, descabello (saludos); estocada de efecto fulminante (silencio).

Cayetano, de azul y azabache, estocada, dos descabellos (silencio); estocada caída (oreja)

Ginés Marín, de canela y oro, estocada (oreja); buena estocada (oreja).

Como si fuera una plaga, un virus contagioso, la falta de fuerza hizo rodar a propios y extraños. De ahí que en la primera hora de festejo lleváramos tres toros y en verdad sólo uno de lidia. Hierros de Juan Pedro Domecq, otro de El Parladé y ya un tercero, nada que ver, de Vegahermosa, que fue cuando empezamos a pensar en el mal fario. Un pensamiento oscuro le debió atravesar el cerebro a Cayetano cuando vio el pañuelo verde con el segundo. El mismo con el que se había ido a portagayola, el mismo con el que había aguantando ahí, en la boca de los miedos, el lugar donde la saliva se petrifica más de sesenta segundos, interminables hasta como espectador. Ni pensar cuando la perspectiva es el túnel negro, el desafío a solas. Con el de Vegahermosa cumplió el trámite de su verdadero primer toro de lidia y muerte en Valencia. Complicado el toro, brutote y reponiendo. Le desbordó a Cayetano y resumió el toreo y los tiempos. Se agradeció. La movilidad del quinto nos pareció la bomba después de que Ponce se las viera con un imposible cuarto. Reponía el toro por el derecho quedándose punto por dentro y pasaba con más limpieza al natural. Cayetano lo que impuso al trasteo desde el principio fueron las ganas. Del prólogo de muleta hasta el final. Y eso fue por lo que logró mantener el interés toda la faena, y por el temple y el empaque de su toreo, que cuando se ralentiza imprime una cadencia buena. La espada, a la primera, eso sí, se le fue abajo y paseó un trofeo.

Fue Ginés Marín el que puso a cavilar a todos. Y lo hizo en el tercero. En el saludo de capa, y en la improvisada tijerilla con la que cerró el ramillete de verónicas. Perfecto en los tiempos después. Hay días que parecen que los toreros están por encima de todo. Así estuvo Ginés Marín. Contra toda maldición, furia o contagio. Aprovechó cada una de las embestidas del Juampedro, las estrujó, apelmazó y construyó una faena sólida, contundente, aliñada con el factor sorpresa de los remates y con el toreo clásico como soporte fundamental. Una buena espada y la seguridad de que no se le podía escapar. Y así fue. Con la casta en el debe llegó el sexto al último tercio. Difícil resolver la ecuación con lucimiento. Ginés Marín planteó cada muletazo con pulcritud, sin volver la cara y manteniendo siempre el buen concepto. Estaba la faena al filo, al filo de lo imposible, había puesto toda la carne en el asador, pero no era suficiente y anduvo listo. Se ajustó en las bernardinas cambiando el viaje del toro a última hora, juego de emociones también y a pesar de lo gélido que estaba el ambiente a esas alturas y de lo que llevábamos en lo alto, despertó Valencia al unísono. Eso y la estocada le abrió la Puerta Grande. Una tarde más Valencia abierta de par en par.

A cal y canto se le cerró al torero de la tierra. Con Enrique Ponce había comenzado el declive de la fuerza. Vio cómo devolvieron el primero a los corrales, grácil el capote, y salió un sobrero con dimensiones XXL. Medido y suave el valenciano. Y el cuarto acabó con cualquier resquicio de ilusiones. Brindó Enrique y segundos duró después el toro en el último tercio. Imposible. Descastado y sin fuerza. La estocada fue fulminante. Como habían sido las ilusiones.

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