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Los inescrutables registros de El Juli

El madrileño abre la Puerta Grande en la quinta de Santander merced a su capacidad con un lote sesudo; oreja de Perera y regreso sin suerte de Roca Rey.

  • El Juli sale a hombros por la Puerta Grande de la plaza de Cuatro Caminos, ayer, en Santander
    El Juli sale a hombros por la Puerta Grande de la plaza de Cuatro Caminos, ayer, en Santander / Ismael Del Prado

Tiempo de lectura 4 min.

27 de julio de 2017. 23:51h

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Ismael Del Prado 28/7/2017

Santander. Quinta de la Feria de Santiago. Se lidiaron toros de Garcigrande y Domingo Hernández (4º y 6º), de correcta presentación. El 1º, de dulce embestida y buen fondo, pero poca fuerza; el 2º, buen toro, con fijeza, buen tranco, transmisión y duración; el 3º, correoso, soltó mucho la cara, el 4º, bruto, de embestida descompuesta y rebrincada, soltaba la cara como un látigo, se rajó al sentirse podido; el 5º, con fijeza, prontitud y ritmo, tuvo mucho recorrido; y el 6º, punteó los engaños con un molesto gañafón, violento al tocar las telas. Lleno de «no hay billetes».

El Juli, de canela y oro, pinchazo, estocada desprendida (oreja); pinchazo, estocada desprendida, descabello (oreja).

Miguel Ángel Perera, de azul pavo y oro, estocada, descabello (ovación); estocada, descabello (oreja).

Roca Rey, de verde hoja y oro, pinchazo, bajonazo (silencio); estocada desprendida (silencio).

Quien busca, halla. Acción, reacción. Intentarlo fue conseguirlo para Julián López «El Juli». Su capacidad no tiene límites. Pudo con su lote. Cada uno por distinto registro, pero con idéntico final. Oreja de cada uno de ellos para salir en hombros. Al noble «Pocapena» que rompió plaza, lo saludó con desmayo por delantales de mano baja, para luego hacer el quite por chicuelinas y julinas. Tuvo bondad y buen tranco el de Garcigrande -que sorteó una corrida desigual con tres toros con opciones y otros tres para abreviar e ir a por la espada cuanto antes-, pero tenía poco motor. Estuvo muy inteligente Julián con él. Lo supo administrar y dar pausas redentoras entre tanda y tanda. Así el burel tuvo resuello para sacar ese buen fondo de casta que tenía y el de Velilla hizo el resto. Le dio distancia para lucir ese tranco del toro. Tandas cortas en las que templó la dulce embestida del astado, que llegaron mucho al tendido. Ciencia pura. Lástima de pinchazo inicial, porque la oreja de ley pudo convertirse en premio mayor. El otro trofeo costó como pocos. Tuvo que sudarlo de lo lindo con un cuarto al que, si El Juli no le podía, nadie del escalafón era capaz de hacerlo. De un derrote seco, tronchó la vara en dos como un mondadientes. Era como un látigo el de Domingo Hernández. Soltaba la cara una barbaridad y además su embestida era descompuesta y rebrincada. Una alhaja, vaya. El madrileño porfió, no había dudas de ello, hasta la saciedad. Tragó y, cuando el ímpetu del basto y feo toro bajó, le robó tres, quizás, cuatro tandas bien ligadas. Enseguida, el toro, al verse podido, se aburrió y buscó las tablas rajado. Pinchazo, estocada entera y descabello para «despenarlo», pero la gente estaba enchufada a la tensión de su esfuerzo y pidió el trofeo con creces. Puerta Grande.

Le pudo acompañar Miguel Ángel Perera. El pacense está en un momento dulce. Casi tanto como la embestida de su primero, porque, encima, se llevó el lote de la tarde. Tuvo fijeza, prontitud y una enorme clase en la embestida este segundo de hechuras perfectas. Se lo cantó en el saludo a la verónica, con cadencia, ganando pasos en cada lance hasta los medios. Bueno y con exposición el quite por saltilleras y gaoneras posterior. Comenzó con tres cambiados por la espalda y toreó después encajado, con reunión, en redondo. Otro tanda en el mismo aire al natural. De cómodo, se relajó entonces en demasía, porque dos desarmes casi consecutivos condicionaron el devenir final de su labor. Ovación. El quinto también tuvo esa calidad en las telas. Pronto y alegre, añadió además profundidad y recorrido. Lo toreó con gusto y temple Perera, dejándole la pañosa siempre puesta. Quietud mayestática en los invertidos finales. Sin menear una zapatilla. Estocada y descabello suficientes para lograr una oreja, bien medida por el presidente que no atendió la petición de la segunda, que sabe a poco con esa materia prima.

Regresaba Roca Rey a los ruedos después del percance de Pamplona. La verdad que hiere del que lo arriesga todo cada tarde. Paseíllo a paseíllo sin mirar el destino. Ese que fue caprichosamente ingrato con el peruano ayer en Santander, porque no tuvo opciones. Ni con el correoso tercero, toro pegajoso que no paró quieto y soltaba la cara a final del viaje con el que se le vio muy incómodo, ni con el violento sexto, que punteó en cada muletazo las telas con un molestísimo «tornillazo». Ni para el arrimón «made in Roca Rey» dieron. Una pena, pero está de vuelta, listo para la batalla, esa es la mejor noticia. Y queda tanta guerra por delante esta temporada...

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