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Iván Fandiño, vuelta al ruedo de la muerte

  • Nueva tragedia en el ruedo. El diestro vasco, de 36 años, falleció después de una gravísima cornada en la ciudad francesa de Aire Sur L,Adour. Nada pudo hacerse por la vida de un torero que vivió días de gloria

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Iván Fandiño recibe la mortal cornada
Iván Fandiño recibe la mortal cornada

Costaba creerlo, como costó aquella maldita tarde del 9 de julio en Teruel cuando un toro mató con las cámaras de televisión en directo a Víctor Barrio. Endebles todavía los ánimos y justo en el cierre del grueso de la temporada de Madrid, con San Isidro, Beneficencia y la Cultura, la noticia derrotaba sin opción a la vez que se antojaba inverosímil. Había ocurrido de nuevo. Esta vez fue, ha sido, hay derrotas, de serlas, que solo ayudan el tiempo a digerirlas, en una plaza francesa en Aire Sur L’Adour. Toreaba Iván Fandiño, cumplía una tarde más, después de su doblete en la Monumental venteña, y se disponía hacer un quite, cuentan las crónicas, al toro de su compañero salmantino Juan del Álamo. Al parecer se trastabilló con el capote, cayó al suelo y el toro de la ganadería de Baltasar Iban le infirió por el costado una tremenda cornada en los pulmones. No perdonó. No hubo perdón para el torero que otras tantas tardes puso los muslos al servicio de la verdad de la tauromaquia. Le trasladaron a la enfermería y de ahí al hospital de la localidad francesa Mont de Marsan, pero nada había que hacer. Iván Fandiño, natural de Orduña, perdía la vida a los 36 años de edad y tan sólo quedó firmar el terrible parte de defunción. Una revolución comenzó en ese mismo momento por el planeta taurino. Costaba creerlo. Era Iván, el diestro vasco, un torero curtido en mil batallas. En el ruedo y los despachos.

Hubo épocas, aquellas en las que la dificultad apretaba y no había toros, que el diestro vasco se buscaba la vida en la capeas, de aquí para allá, jugándose los muslos y las ingles con la fe en que mañana llegaría la oportunidad. Aquellos lugares donde es más fácil que te atrape de lleno la tragedia que pegar dos pases. Pero le llegó su momento. Sacrificado y mentalizado de ello, argumentó un discurso distinto y mantuvo de principio a fin el camino de la independencia al lado de su amigo Nestor García. Fiel el uno al otro. En los momentos buenos y boyantes, cuando las ferias abrían esas puertas tan difíciles de derribar y unidos también cuando la suerte no venía de cara. Es esa historia de apoderamiento, de amistad, de lealtad con la misión común de no doblegarse al sistema, una historia única en el toreo. Se buscó en la verdad y hubo caminos más fáciles.

Tomó la alternativa en su plaza, la de Bilbao, o la que debió ser por la cercanía a su lugar de nacimiento una tarde de agosto de 2005 con El Juli de padrino y Salvador Vega de testigo de ceremonia. Natural de Orduña (Vizcaya). En cambio, en la Monumental de Las Ventas fue recuperando el terreno perdido cuando era casi un milagro y en la temporada de 2011 se anunció en cuatro ocasiones durante la temporada. En 2012 ya se hizo con el cartel necesario para hacerse hueco en las ferias y abrió la Puerta Grande en Fallas, pisó Sevilla, Madrid y dos tardes su plaza bilbaína. De sangre tiñó su paso por Madrid en la campaña de 2013. Bien supo Fandiño el precio de la tauromaquia. Hasta las últimas consecuencias le tenía reservado un endiablado destino.

Tan sólo un año más aguardó el torero para conseguir el sueño de todo aquel que se viste de luces y abrir la Puerta Grande de Las Ventas camino de la calle de Alcalá, tras una intensa faena a un toro de la ganadería de Parladé. Se cerraba el círculo con la plaza madrileña. Fue la tarde del 14 de mayo de 2014, en plena celebración de la tradicional Feria de San Isidro.

Con la misma ganadería, pero no tanta suerte, se encerró este año en el primero de sus compromisos. Doblete había firmado Fandiño en Madrid.

Sin antecedentes taurinos se aficionó a los toros a los 14 años tras destacar como pelotari en su juventud y fue en Llodio (Álava) un 16 de agosto de 1999 cuando se enfundó por primera vez en su vida. En Salamanca debutó con caballos y en Bilbao se convertiría en matador. Lo que nadie pudo imaginar es que este torero, cosido a cornadas y algunas de mucha gravedad, perdería la vida en las astas de un toro en una plaza francesa. Héroe caído. Amó y sufrió la profesión con verdad. Dos toreros, elevadísimo precio a la integridad y pureza de la tauromaquia, en menos de un año. Hemos perdido a otro de los nuestros. La dureza del toreo es infinita. Que sea la gloria también.

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