jueves, 25 mayo 2017
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Y al palco se le fue la mano

  • Un voluntarioso David Mora pasea una sorprendente oreja en la octava de la Feria de San Isidro

David Mora, en su primer toro
David Mora, en su primer toro
R. Mondelo

Ficha del festejo

Las Ventas. Octava de San Isidro. Se lidiaron toros de Parladé y El Montecillo (4º y 5º), desiguales de presentación y hechuras. El 1º parado y deslucido; el 2º, bis, noble pero justo de poder; el 3º, noble y de profunda e irregular embestida; el 4º, deslucido y sin entrega; el 5º, malísimo; y el 6º, de buen juego. Más de tres cuartos de entrada: 19656 espectadores. Asistió el Rey emérito Juan Carlos I.

Curro Díaz, de rosa palo y oro, estocada (silencio); pinchazo, media (silencio).

Iván Fandiño, de malva y oro, estocada corta (silencio); estocada que hace guardia, seis descabellos (silencio).

David Mora, de verde manzana y oro, estocada (saludos); estocada (oreja).

No era un día cualquiera, porque en el toreo viven y conviven historias que son patrimonio de todos aunque no nos pertenezcan. Se sabe. Como sabíamos que David Mora volvía a la plaza de Madrid, donde murió y resucitó con un par de años de diferencia, para redimir la angustia de haber visto cómo le devolvían un toro al corral hace unos días. Por eso hizo un quite por gaoneras valentón y por eso se fue al centro del ruedo a pesar del viento, a pesar de todo, porque nada pesa, cuando las ideas están tan claras, y ahí prologó con un pase cambiado por la espalda de los que te deja la emoción tambaleándose. Sopló el viento antes, durante y después. Fue toro de interés, porque no lo daba alegremente pero tenía nobleza y muchas cosas buenas. Tomaba el engaño por abajo y quería viajar hasta el final. La faena de Mora quedó más en la búsqueda que en el encuentro una vez pasado el primer tramo de la faena. Pero remató de una buena estocada con encontronazo incluido y se llevó, de nuevo, el reconocimiento del público, que le sacó a saludar. Tuvo suerte, con mala tarde que tuvimos, al llevarse al sexto, que fue bravo aunque duró poco, pero transmitió mucho en los comienzos. Muy bien a la verónica, en vilo estuvimos, pendiente de lo que pasaba allí o no pasaba allí, durante la faena de muleta. Le mató de una buena estocada. Pero nos dejó vacíos antes. Muy a menos fue a la faena, sin acabar de cuajarla, pleno de ambición, de querer, pero otra historia eran los logros. Hubo petición, justita, y de pronto al palco, en Madrid, por San Isidro, se le fue la mano...

Imposible lo puso un parado y deslucido primero que hizo extraños en el capote de Curro Díaz y se paró después en la muleta sin dejar lugar al lucimiento. De El Montecillo fue el cuarto, remiendo de la divisa titular, que estaba más interesado en lo que pasaba en el tendido que en el ruedo. Salía desentendido del engaño de Curro Díaz, que brindó al público, quizá como despedida de su San Isidro, pero era más fácil que le tocara la lotería que triunfar con el animalito (irónico).

Fandiño vio cómo le devolvieron al segundo y corrió turno. El bis tampoco le salvó del abismo. Resultó noble y manejable pero sin el poder necesario para construir faena en positivo. Le salió al torero vasco una faena intermitente y sin hilo conductor, que había brindado esta vez sí al Rey emérito que una tarde más ocupaba una localidad.

Un trago espantoso fue el que hizo pasar a todo el mundo el quinto de la tarde. El sobrero de El Montecillo, en qué momento. Debía tener algo en la vista o ahí queremos encontrar la justificación, pero lo cierto es que acudió más que al caballo al picador, de tú a tú se saludaron y de ahí para arriba todo lo que vino después. Una tortura fue pasar por el tercio de banderillas. Se presentía la cogida, se sumaban palos para sumar las puñeteras cuatro del reglamento con verdadera angustia, con ahogo, en cada pasada los muslos, el pecho del torero al descubierto y el público en vilo. Y en la última, cuando se cumplía la de la ley a Víctor Manuel Martínez le prendió. Por suerte sin consecuencias aparentes. Un figura era el toro. Fandiño le lidió y se fue a por la espada. No había otra. Le metió el acero de aquella manera, pero hizo guardia y tuvo que tirar del descabello. Justo a la vez que cayó el toro, descansamos.

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