Donald Trump

Trump vs. Kim: Póker de guerra y paz en Corea del Norte

La escalada dialéctica entre EEUU y Corea del Norte contrasta con la entrada de China para pedir contención y rebajar la tensión. El temor de la comunidad internacional es que las palabras puedan accidentalmente desatar un conflicto «catastrófico»

Donald Trump y Kim Jong-un, líderes de EEUU y Corea del Norte
Donald Trump y Kim Jong-un, líderes de EEUU y Corea del Nortelarazon

La escalada dialéctica entre EEUU y Corea del Norte contrasta con la entrada de China para pedir contención y rebajar la tensión. El temor de la comunidad internacional es que las palabras puedan accidentalmente desatar un conflicto «catastrófico».

«No hay mensajes contradictorios», reitera Donald Trump, que necesita suturar la aparente incompatibilidad entre los mensajes que él mismo ha dirigido a Corea del Norte y los de sus subordinados. Poco después de que los servicios secretos de EE UU confirmasen que el régimen de Pyongyang habría sido capaz de miniaturizar una cabeza atómica, paso imprescindible para dotarse de misiles nucleares de alcance intercontinental, el presidente norteamericano comentaba desde su refugio vacacional en Bedminster (Nueva Jersey) que sería «mejor que Corea del Norte no profiera más amenazas contra Estados Unidos»; de lo contrario, «se encontrará con un fuego y una furia nunca antes vistos por el mundo». Unas palabras brutales, de una agresividad inédita desde el final de la Guerra Fría, a tono con la infame chulería de los norcoreanos, y que contrastan crudamente con la flema enarbolada por algunos de sus más estrechos colaboradores. Por ejemplo, Rex Tillerson, secretario de Estado, que durante un viaje a Guam, el estratégico archipiélago en el Pacífico que Corea del Norte ha amenazado con atacar, explicó a los periodistas que lo acompañaban que «los estadounidenses no deberían tener problemas para dormir bien esta noche». «No me preocupa la retórica de los últimos días», añadió un Tillerson urgido de sacudirse las acusaciones de ser irrelevante. «Creo que el presidente, en calidad de comandante al mando, creyó necesario enviar un mensaje contundente a Corea del Norte. También creo que el presidente ha reafirmado la capacidad de Estados Unidos de defenderse plenamente de cualquier ataque, así como de proteger a nuestros aliados, cosa que haremos». Mientras la Casa Blanca apuesta al mismo tiempo por azuzar palos y zanahorias, aunque con especial esmero en reforzar los primeros, no le va a la zaga la satrapía de Kim Jong Un. Enfurecido por la batería de sanciones aprobadas unánimemente por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, el Gobierno norcoreano contraatacó asegurando que había desarrollado un plan para atacar con misiles la isla de Guam. Con 160.000 habitantes y situada en el Pacífico Occidental, Guam fue parte del imperio español y en la actualidad está bajo administración de EE UU como territorio «no incorporado». Punta de lanza junto a Okinawa para desplegar a los aviones que atacaron Japón durante la Segunda Guerra Mundial, y escenario de una cruenta batalla, Guam sigue siendo en la actualidad un territorio de alto valor estratégico. EE UU mantiene estacionada una potente flota de aeronaves militares, entre ellos los bombarderos B-1B, capaces de efectuar ataques con bombas nucleares.

De forma inevitable, los coreanos respondieron al presidente Trump con una bravata. Por boca de un portavoz militar aseguraron que su Ejército «estaba examinando un plan operativo para envolver con fuego la isla de Guam mediante misiles de alcance medio-largo Hwasong-12». ¿El objetivo? Las «principales bases estratégicas de Estados Unidos en la isla, incluida la Base Aérea de Anderson». De fondo,la catastrófica evolución de un conflicto potencialmente devastador. Todos los expertos militares coinciden en que las baterías de misiles norcoreanas apenas si aguantarían cuatro días al ataque de EE UU, pero con miles de lanzaderas estacionados en la frontera con Corea del Sur sería casi imposible evitar una altísima cifra de muertos –15.000 se ha calculado– en ciudades como Seúl. Si Trump fuera más allá, si el ataque o contraataque estadounidense, lejos de limitarse a liquidar el arsenal nuclear norcoreano, consistiera en ordenar una invasión, hablaríamos, casi con total seguridad, de cientos de miles de muertos tanto en las dos Coreas como en el vecino Japón. Lo único seguro, descontadas las innumerables víctimas mortales, sería la caída de la dictadura, con lo que está por ver si los norcoreanos apuestan su suerte a una jugada que los liquidaría. De ahí que muchos sospechen que estamos ante la enésima demostración de fuerza de Kim Jong Un que ha hecho de la fanfarronería y el matonismo su mejor aliado propagandístico.

Los primeros que dudan de sus verdaderas intenciones son los propios estadounidenses, que mantendrían abiertos los canales negociadores mientras estudian todas las contingencias del avispero geoestratégico. Eso sí, a día de hoy nadie ha ordenado la evacuación ni del personal militar ni de los civiles que viven en Corea del Sur (136. 663 según el censo de 2015, entre los que figuran más de 29.000 soldados). Síntoma inequívoco de que tanto la Casa Blanca como el Pentágono, descontado el cruce de insultos y amenazas, todavía no barajan la opción bélica. En palabras de Michael D. Shear y Michael R. Gordon, que analizaron los posibles escenarios militares en las páginas del «New York Times», la evacuación supondría una «enorme operación logística, que quizá dejaría tiempo para ver si las sanciones económicas tienen algún impacto en el comportamiento del Norte y para que funcione la diplomacia». De no ser así, si Kim Jong Un persistiera en su huida hacia el abismo y la Administración Trump le mantuviera el pulso, estaríamos ante la operación militar terrestre más importante desde la invasión de Irak de 1990. Por no hablar, claro, de la posibilidad de que Kim ordene un ataque nuclear contra los aliados de EE UU en la región. Entonces sí, el mundo se encontraría ante un abismo no contemplado desde Hiroshima. Se acabaría el tiempo de las palabras, la posibilidad de mantener conversaciones secretas, de experimentar con los ciberataques y de apretar con las sanciones económicas.