«The Deuce», algo huele a podrido en Nueva York

HBO estrena el lunes esta producción de David Simon («The Wire»), que firma una de las series más redondas del año sobre la legalización de la industria pornográfica en 1971 en una ciudad caótica.

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16 de septiembre de 2017. 22:42h

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Una recomendación: en unos tiempos en los que más que ver series se consumen vorazmente sin que en ocasiones seamos capaces de procesar toda la información que están ofreciendo, lo más provechoso para sacarle todo el juego a «The Deuce» –cuyo primer episodio ya está disponible en HBO y el segundo se estrena el lunes– es tener paciencia. Porque su principal virtud es su riqueza de personajes, diálogos, situaciones y una ambientación que exige algo ya poco común: concentración. Y es que esta serie es una sucesión de puñetazos en el estómago. Su creador, David Simon, es implacable con la audiencia: pide tiempo porque no tiene prisa por contar la historia como ya ocurrió con «The Wire». Sí, «The Deuce» es una ficción que aborda de forma descarnada cómo se consolidó la industria del porno en Times Square (Nueva York) desde su fase embrionaria en los años 70 hasta su consolidación en la década de los 80. Pero para ello habrá que esperar. Lo más sencillo hubiera sido ir directamente al grano. Sin embargo, Simon prefiere ir contando cómo se genera el pus que procuró la posterior infección que está en el embrión de este próspero negocio. Y lo hace con maestría. Primero, porque entra en un terreno inhóspito aún no transitado por la televisión; y, después, por el tratamiento que le da: áspero como una lija e hiperrealista.

Un próspero negocio

La industria audiovisual ha tocado este tema de rondón, como si no quisiese contar las interioridades de, qué se le va a hacer, uno de los productos más solicitados. Así lo certifican las cifras, con unos ingresos anuales de 88.000 millones de euros. Hay una excepción cinematográfica formidable, «Boogie Nights» (1997), la película dirigida por Paul Thomas Anderson que también abordó el tema sin tapujos. Sin embargo, visto el primer capítulo, «The Deuce» recuerda más a «Taxi Driver» (1976), de Martin Scorsese, por su visión sórdida y desoladora de ese Nueva York que nunca sale en las postales. En cualquier momento se espera que el Travis de turno entre como un elefante en una cacharrería para impartir una justicia casi mesiánica.

Con toda la intención del mundo, nada de lo que hace Simon y el coautor George Pelecanos es gratuito, la canción que acompaña a los títulos de crédito es un clásico del funk de Curtis Mayfield, «Don’t Worry». La letra del tema es un anticipo de lo que se verá después: «Hermanos, hermanas y los blancos, los negros y los ‘‘crackers’’, la policía y sus partidarios, todos son actores políticos». Esa es una de las obsesiones del creador que ya demostró en «The Wire» con la droga: cómo muchas de las actividades, lícitas o no, pueden determinar una economía y una sociedad.

La mejor carta de presentación de «The Deuce» es la ambientación. Sin preámbulos, somete al espectador a una inmersión geográfica. Nueva York es un basurero lleno de papeles, cartones, comida por el suelo... Si el espectador es sugestionable, incluso sentirá la sensación de que huele mal. Pero, ya se sabe, la ciudad, con sus rascacielos, siempre mira al cielo. Los luminosos de Times Square eclipsan como pueden esa porquería. La obsesión perfeccionista de Simon llega hasta los detalles más nimios. En una de las salas de cine se anuncia el filme de Bernardo Bertolucci «El conformista» (1970), además de recrear los cartelones de los musicales de Broadway como «Hair».

Por ahí pululan los personajes que han hecho de las calles su lugar de trabajo. Para empezar, la mayoría de los personajes son unos desgraciados en el sentido más puro de la palabra. Viven en una situación miserable aunque aparentemente algunos no lo sepan. James Franco, que también es productor ejecutivo, interpreta dos papeles: Vinnie, el dueño de un bar agobiado perpetuamente cuyo trabajo es lo más parecido a una situación de semi esclavitud y Frankie, su hermano gemelo que un balarrasa. El actor se ha impuesto un «tour de force» que puede que resulte excesivo ya que es un intérprete sobrevalorado. Desde ya se puede afirmar que es un chupa planos. Más convincente, incluso para los más escépticos, está Maggie Gyllenhaal como una prostituta que se niega a depender de un chulo. Son solo dos de los personajes de una serie coral con múltiples tramas que es de esperar que en los próximos capítulo encajen en el puzzle al que estamos asistiendo.

Dos negros horteras vestidos como príncipes –luego sabremos que forman parte de la aristocracia de los que pululan en las cloacas del lugar– protagonizan una escena que resume la madurez argumental de la serie, al tiempo que nos sitúa en la crónica social y política de la época. Están conversando sobre la estrategia de Richard Nixon en aquellos años en la comunidad internacional, con el conflicto de Vietnam sin resolver y la evolución de las relaciones entre Estados Unidos y China. Realizan un análisis geopolítico contundente para concluir diciendo: «Nixon es como un chulo con las prostitutas». Aunque su valoración sea excesiva, saben bien de lo que están hablando. Ambos personajes están en la terminal de autobuses de Nueva York oteando a toda joven inocente para que forme parte de su «cuadra de hembras». Las escenas que siguen son más o menos previsibles. Proxenetas que reúnen a sus chicas, les ofrecen droga y las aleccionan antes de ir a la caza de sujetos, clientes a los que se les va la mano, encuentros sexuales en cabinas telefónicas... La premisa de Simon está clara: el sexo es un negocio, da igual la forma que tome y, como tal, necesita una infraestructura, mano de obra, una logística, valorar si el volumen de gastos es inferior al de ganancias y todo lo que se pueda imaginar, incluidos las negociaciones para que se mire para otro lado.

Supremacía masculina

No hay escenas explícitas, pero algunas son atractivamente repulsivas al ponernos en el contexto de por qué floreció la industria de cine pornográfico tal y como la conocemos. Frente a las actitudes machistas de los chulos, trabajar en una película les permitía a las prostitutas ser independientes, sustituir la calle por un plató, ganar más dinero e, incluso, tener fama en un sector floreciente. No es una justificación. Es la causa-efecto. Lo que entonces ellas ignoraban es que, en los inicios, la supremacía del hombre seguía presente porque los directores eran varones y tenían que hacer prácticas y posturas igual de humillantes y, lo más importante, estaban dirigidas a un público masculino. Esto se irá subrayando a medida que evolucione la serie porque algunos capítulos han sido dirigidos por mujeres que buscan ofrecer una óptica femenina. Lo que ya se puede afirmar es que estamos ante una de las producciones más estimulantes del año por atrevida, arriesgada y por la vocación de tratar al espectador como un adulto. Sin paños calientes.

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