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Año nuevo: Con un chapuzón en el Atlántico

Realizar el último brindis de 2017 en Salvador de Bahía, lanzando flores al mar, es garantía de optimismo y alegría al más puro estilo brasileño. Y sin ir tan lejos, en Tenerife también es posible dar la bienvenida a 2018 en bañador, incluso dos veces

  • Las buenas temperaturas de las Islas Canarias garantizan al viajero la oportunidad de empezar el año en el mar
    Las buenas temperaturas de las Islas Canarias garantizan al viajero la oportunidad de empezar el año en el mar / Fotos: Pepa García y Turismo de Tenerife
Pepa García.  Salvador de Bahía.

Tiempo de lectura 5 min.

29 de diciembre de 2017. 08:01h

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Pepa García.  Salvador de Bahía. 29/12/2017

Vestir de blanco, comer lentejas, lanzar flores al mar para invocar a la diosa Jemanjá y saltar siete olas son algunos de los ritos habituales en Brasil para despedir el año y, de paso, asegurarse la fortuna en el nuevo que comienza. Realizar el último brindis de 2017 en un destino como Salvador de Bahía, donde el optimismo y la alegría inundan las calles de forma permanente, es una propuesta más que tentadora.

La intensidad y la algarabía de la capital del estado de Bahía la compensaremos en este viaje con la calma que aporta Praia do Forte, donde sus playas paradisíacas actuarán como un bálsamo tras el desenfreno de la fiesta.

Salvador, fusión perfecta

El ambiente festivo, las sonrisas, el color y el sonido de la música invaden el Pelourinho, el recoleto centro histórico de Salvador. Reconocido como Patrimonio de la Humanidad por la Unesco es un buen lugar para comenzar a conocer esta ciudad. Llama la atención, sobre todo, la arquitectura colonial barroca presente en los templos y palacetes repartidos por el casco antiguo. Dicen que antaño se podía escuchar misa en una iglesia diferente cada día del año. Quizás es un dato un poco exagerado, pero es imposible pasar de largo ante maravillas como el convento de San Francisco, cuya sobria fachada oculta en su interior más de una tonelada de oro repartida por altares, arcos y techos, y más de 55.000 azulejos pintados por el célebre maestro Bartolomeu Antunes de Jesús. Tampoco pasan desapercibidas la iglesia da Ordem Terceira do Carmo, la catedral basílica de Salvador, la de Nossa Senhora do Rosàrio dos Pretos y, lejos del centro, el santuario do Senhor do Bonfim, que refleja la unión de la religión católica y la africana (representada en Oxala, el padre de los orixas). La mejor forma de comprender la fusión religiosa es visitar el Museo Afro-Brasileiro donde se exhibe, entre otras obras, una colección de tablas que representa a los orixas, los dioses africanos.

En el Pelourinho comparten escena las bellas «baianas» que suelen ofrecer especiados acarajés (un tipo de buñuelos relleno de camarones), y los jóvenes que realizan exhibiciones de capoeira. Para integrarse mejor en este microcosmos, hay que entrar en el Bar Cravinho y probar sus orujos, como el O Cravinho, a base de cachaça, clavo, miel y limón.

Antes de marcharse a curiosear por la Ciudad Baja, merece la pena dedicar unos minutos a admirar la bahía de Todos los Santos, bautizada así por Américo Vespucio, su descubridor, quien al ver su gran tamaño pensó que no podía dedicarla a un solo santo. El Elevador Lacerda, un centenario ascensor de estilo art decó, supera la gran falla que separa la parte alta de la baja, donde se sitúa el histórico Mercado Modelo. En sus más de 260 puestos el viajero es tentado con productos como jalea de cacao, ají y artesanía variada.

Y para terminar el día nada mejor que dirigirse al Farol da Barra, el faro más antiguo de América, y a la playa Porto da Barra desde donde se disfruta de la apoteósica despedida del astro rey. El espectáculo y la fiesta el último día del año, aquí llamada «Réveillon», también se disfrutan junto al mar, en la gran avenida de la playa, donde se colocan todo tipo de puestos de comida y bebida. Los fuegos artificiales, lanzados desde barcas, ponen el broche final inundando el cielo de magia a medianoche.

La Polinesia brasileña

Solo es necesario recorrer 70 kilómetros para que la algarabía de la ciudad se transforme en el murmullo del océano que baña Praia do Forte. Hay quien denomina esta privilegiada franja como la «Polinesia brasileña» por sus palmeras y playas infinitas. Algunos resorts de lujo, como el de sello español Iberostar Praia do Forte (www.iberostar.com), y pequeñas poblaciones completan este escenario perfecto para desconectar.

En la villa de Praia do Forte se concentran los principales servicios al turista: tiendas, terrazas, restaurantes (como el Bar de Souza, donde preparan unos riquísimos bolinhos de peixe), heladerías y hostales. No hay que dejar de visitar el proyecto Tamar (www.tamar.org.br), que se encarga de proteger las tortugas marinas, ni de realizar alguna actividad como submarinismo, caminatas en la Reserva Ecológica de Sapiranga o incluso avistamiento de cetáceos (una buena idea es Grou Turismo, www.grou.com.br).

No sabemos qué deseos pedirán para 2018, pero volver a este rincón del planeta probablemente sea uno de ellos. Más información en www.visitbrasil.com.

Pero si no hay opción de viajar tan lejos y «cruzar el charco», en nuestro país también es posible despedir el año al sol y en manga corta en lugares como Tenerife, que nos regala experiencias que permanecen grabadas en la memoria el resto del año. Esta isla, afortunada entre las Islas Afortunadas, cobija en su territorio una diversidad paisajística, gastronómica, deportiva y cultural tan amplia que cualquier viajero puede saciar en ella todos sus deseos.

La isla afortunada

Los más activos pueden elegir entre tocar el cielo en el Teide, la cumbre más alta de España, descender a las profundidades del Atlántico para nadar entre miles de peces, saludar a los delfines junto al acantilado de los Gigantes, caminar por paisajes propios de otros planetas en el Parque Nacional del Teide o entrar en la enigmática atmósfera de los bosques de laurisilva del Parque Rural de Anaga. Quienes prefieran experiencias culturales más sosegadas encontrarán ciudades históricas como San Cristóbal de la Laguna, cuyos palacetes y museos transportan al pasado, y Puerto de la Cruz, donde sus balconadas, por sí solas, ya merecen una visita. En Santa Cruz de Tenerife, la capital, no se debe dejar de visitar el auditorio Adán Martín, diseñado por el reconocido arquitecto Santiago Calatrava.

Tanto los aficionados a los deportes, a la cultura o, incluso, si se viaja en familia y pasan el día en Loro Parque o Siam Park, no hay que renunciar a realizar un circuito gastronómico por la isla. Además de seis estrellas Michelín –la última otorgada recientemente al restaurante Nub de La Laguna–, en Tenerife, el viajero encuentra una rica cocina incluso en las tabernas más sencillas. Ricos manjares como pescados y mariscos, gofio, cabrito o papas «arrugás» con mojo deben ser regados con los vinos de alguna de sus cinco denominaciones de origen. Incluso William Shakespeare y Walter Scott hablan de la uva autóctona malvasía en algunas de sus obras. El mejor lugar para aprender de enología es la Casa del Vino, en El Sauzal.

Entrar con buen pie en 2018 es sumamente fácil estando en Tenerife por el clima templado y su generosa oferta turística. Este año brindaremos en bañador, con o sin lentejuelas, y lo haremos dos veces, en las dos franjas horarias españolas. Más información en la página web www.webtenerife.com.

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