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Nantes, metamorfosis continua

La antigua capital de Bretaña, y ciudad natal de Julio Verne, se ha transformado en los últimos años en la abanderada de la creatividad y de la cultura francesa

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Carlos R. Zapata.  Nantes.

Tiempo de lectura 4 min.

01 de septiembre de 2017. 01:05h

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Carlos R. Zapata.  Nantes. 1/9/2017

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Desde hace unos años, una planificación tanto urbanística como cultural está remodelando Nantes. En la llamada «Isla de Nantes», donde se ubicaban los talleres de fundición y los decadentes y medio abandonados astilleros navales, se ha aplicado uno de los principios fundamentales del desarrollo sostenible, como es, por ejemplo, que, antes de demoler y construir de nuevo, es mejor reciclar y transformar. Es por ello, que la «Isla de Nantes» se ha concebido como un ecobarrio, donde se ha dado una nueva vida al obsoleto patrimonio industrial que todavía quedaba.

Nuestra primera visita es por tanto a esa isla. Recorremos nuevos paseos junto al río, con jardines temáticos amenizados con esculturas contemporáneas, como la de los «Anillos de Buren»; el «Metro á Ruban», una cinta métrica de sastre gigantesca; o el «Ping Pong Park» con unas mesas de este juego un poco ortodoxas. También nos salen al paso edificios excepcionales como el «Manny», bajo una piel metálica, o el Palacio de Justicia de Nouvel.

Cuando llegamos a los antiguos astilleros, ahora reconvertidos en la galería de las Máquinas, una bocanada de aire fresco recorre nuestros cuerpo. Aquí se encuentra la casa del Gran Elefante, convertido, curiosamente, en el icono más reconocido de la ciudad y eso que sólo cuenta con 10 años. Este animal-máquina que anda y echa agua por la trompa para el regocijo de los más pequeños, tiene 12 metros de altura y puede llevar hasta cincuenta pasajeros en un sorprendente viaje de media hora. Es como si los autores de estas máquinas hubieran querido hacer un homenaje a Julio Verne, el hijo más famoso de Nantes. Pero el espectáculo no termina ahí. Muy cerca se encuentra «El Carrusel de los Mundos Marinos», un carrusel gigante dedicado a las criaturas marinas y al mar en general, donde los nanteses, y sobre todos los niños, disfrutan de lo lindo.

Que Nantes sea una ciudad nacida al borde del agua tiene sentido por estar en la confluencia del Loira, del Erdre y de la Sévre. Pero más aún lo es porque esta ciudad fue el puerto más importante de Francia durante los siglos XVII y XVIII, donde se desarrolló el ignominioso comercio de la venta de los esclavos capturados en las costas de África a cambio del azúcar, que era refinada en Nantes. Recientemente se ha inaugurado un memorial de la abolición de la esclavitud con más de 400 metros de longitud, rindiendo firme homenaje a todos los que lucharon y siguen haciéndolo contra cualquier forma de esclavitud.

Otra de las iniciativas que ha tenido Nantes ha sido crear un itinerario permanente señalizado por una línea verde trazada en el suelo, que recorre la ciudad, para mostrar al visitante sus monumentos destacados, callejuelas históricas que aún conservan casas con su entramado de madera, y cualquier obra contemporánea o punto panorámico en el que hay que pararse sí o sí. Resumiendo, una invitación a pasear, para no perderse nada. Nosotros también lo hacemos, y nuestra primera parada es la catedral gótica de San Pedro y San Pablo, donde destaca el sepulcro renacentista de Francisco II y Margarita de Foix, y a menos de 100 metros, el castillo de los Duques de Bretaña. Aunque en este momento Nantes pertenece a la Región «Pays de la Loire», antaño llegó a ser parte de Bretaña, y además el castillo fue la residencia de Ana de Bretaña, dos veces reina de Francia.

No nos queremos despedir de Nantes sin visitar la Torre Bretaña, desde donde se obtiene una impresionante vista de la ciudad, o el «Pasaje Pommeraye», una galería comercial cubierta, construida en 1843 y considerada como una de las más bonitas de toda Europa. También es de visita obligada recorrer los 60 Km. del curso del río Loira hacia su desembocadura en St. Nazaire, donde encontraremos varias colecciones de obras contemporáneas, tanto esculturas como obras arquitectónicas de gran tamaño, que se han convertido en todo un referente de la oferta cultural de la región.

Nuestra última visita por los alrededores de Nantes es la villa de Clisson. Un pequeño pueblo con encanto ubicado en la Ruta de los viñedos de la ciudad. Nada mejor que tomar una copita del vino típico de la localidad, el «Muscadet», en algún bar al otro lado del puente medieval, mientras disfrutamos de una vista fantástica, con la iglesia de Notre-Dame, de estilo neorrománico italiano, y el castillo. Ya sólo nos queda volver a casa con Iberia Express, que tiene vuelos directos desde Madrid a esta encantadora ciudad. Una excelente forma de terminar este periplo por las tierras de Nantes. Más información en www.paysdelaloire.es.

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