Compromiso con el futuro de España

"España ha padecido aletargada sin descomponerse, rebuscando en su interior esa capacidad de resistencia que conservamos como un rasgo distintivo de identidad conjunta»

La pandemia del coronavirus ha condenado al mundo a una tormenta perfecta de cuyos efectos no ha escapado prácticamente ningún país ni sector. Los estragos son ya perceptibles en todos los ámbitos, tanto individuales como colectivos, públicos y privados, en una devastadora espiral de contagio que ha traspasado todas las fronteras terrestres y marítimas. En esta primera mitad de 2020, el Covid-19 ha empobrecido a la comunidad internacional hasta escenarios desconocidos desde las guerras mundiales y los años posteriores. Ha cristalizado una involución de la actividad con efectos catárticos en las magnitudes macroeconómicas y los baremos sociales que estiman el estado del mundo, que hoy transita con muchas más penas que esperanzas. En España la infección ha sido especialmente virulenta y martirizante en cuanto a pérdidas humanas con cifras de fallecidos y contagiados sinceramente impropias de una potencia como la nuestra e inasumibles en el orden moral. Tantísimas vidas rotas nos han conmocionado como sociedad y han agitado la desconfianza y la vulnerabilidad como individuos y como grupo. El decaimiento ha respondido a la respuesta defensiva de un colectivo que se ha sentido frágil.

El virus de Wuhan nos empujado a una regresión tras unos últimos años de consistente progreso y bienestar, con liderazgos de fortaleza económica en el contexto europeo. Todo eso se ha venido abajo por un fenómeno entre corrosivo y destructivo que ha desplazado los engranajes y la robustez del sistema productivo. Pero también es verdad que España ha padecido aletargada sin descomponerse, rebuscando en su interior esa capacidad de resistencia que conservamos como un rasgo distintivo de identidad conjunta. Entre tanto dolor, el país ha sido capaz de brindar conductas y compromisos extraordinarios. Citar y recordar a tantísimos profesionales en funciones críticas es un deber y una deuda de todos hacia aquellos que no dieron un paso atrás. Detrás de esa vanguardia, un núcleo empresarial que exprimió su condición de líderes mundiales en sus sectores para poner todas sus capacidades y resortes al servicio del bien común en la emergencia. Ellos han dado la cara cuando la sensación de hundimiento era asfi xiante y es justo reconocerlo. Y a su lado todas esos pequeños y medianos negocios ávidos de levantar los cierres y ponerse a trabajar. Con la crisis de salud en vías de contención, España debe prepararse para mirar ya el futuro. El reto es de igual o superior exigencia. Hay que poner en marcha el país para revertir cuanto antes las consecuencias de la recesión que carcome el bienestar.

Los frentes abiertos son múltiples y demandarán por tanto esfuerzos extraordinarios en línea con los que ya se activaron en la fase crítica de la pandemia. La economía se encuentra al ralentí, el tejido productivo aparece mermado y los mercados internacionales se agostan a la espera de un nuevo amanecer. Sí, todo esa es la verdad. También que resultaría una torpeza infravalorar o relativizar el potencial y la voluntad del país en recomponerse y recuperar el rumbo de la prosperidad. No hablamos de cuentos de la lechera ni de castillos en el aire, sino de las certidumbres que aporta el listado de compañías que son referentes mundiales y el extraordinario cuerpo de pymes que demandan de todos confi anza y crédito. Contamos con el capital humano para ello, más el talento y la voluntad de los empleadores y los empleados para desatascar la rueda de la productividad y que vuelva a girar. Los poderes públicos, las administraciones, están obligados a desempeñar una función crucial en la fase de la recuperación del país que aguarda y con ella poner a disposición de la gente lo que se ha ganado.

Hay que articular un marco con todas las ventajas que sean precisas para que la capacidad de los gigantes nacionales y la fortaleza colectiva consiguiente se multipliquen, un escenario en el que la libertad empresarial rinda sus mejores réditos en benefi cio del interés general. La excepcionalidad a la que nos ha condenado el coronavirus es una exigencia común que pondrá a prueba a todos los españoles, pero ante la que estamos preparados. España ya lo demostró en la gran recesión de 2008, que dejó atrás con sacrifi cios, decisión y empeño, para encabezar el crecimiento en la UE. Afrontamos una misión extraordinaria que sabremos solventar con el compromiso de todos.