José Saramago, el refugio que le salvó la vida

Llegó a Lanzarote casi sin querer, después de que en Portugal se le volviesen feas las cosas cuando publicó «el evangelio según Jesucristo»

Saramago es de los extranjeros que más ha disfrutado Canarias
Saramago es de los extranjeros que más ha disfrutado Canarias

Para José Saramago «Lanzarote no es mi tierra, es tierra mía». Y es que el escritor portugués se impregnó tanto de esta isla que hasta su literatura quedó salpicada por su impronta. Aquí llegó casi sin querer, después de que las cosas se volvieran turbias en su país tras la publicación de su «El Evangelio según Jesuscristo». Desde que plantó un pie buscó los rincones menos explotados y haciendo de su tierra un lugar donde echar raíces. Y así lo hizo. Durante los 18 años que pasó en en este destino canario, absorbió buena parte de su historia, de su tradición, de su cultura. Así puede percibirse en su propio hogar: «Una casa hecha de libros». Así definió a la vivienda en la que pasó la mayor parte de sus últimos años y que se convirtió en un museo tras su muerte en 2011.

Con la intención de ahondar en en el tramo final de su vida, los lectores del Nobel llegan a Tías, un pueblo muy cercano al Parque Nacional de Timanfaya, para revivir el ambiente en el que respiró el autor. Actualmente, se ha realizado una reconversión de la casa a museo, aunque aún se conservan todos los objetos, decoración, muebles y libros de la misma manera que cuando la habitaba. Uno de los lugares más significativos es la biblioteca. Allí pasaba buen parte de sus tardes, aunque también disfrutaba mucho de otros tantos rincones interesantes, como las galerías, que cuentan con cuadros de Joan Miquel Ramírez, así como un grabado de César Manrique. En el mismo recorrido se puede visitar el estudio, en el cual escribió las primeras líneas de «Ensayo sobre la ceguera», una de sus obras más reconocidas.

Fuera de sus paredes, la isla acoge parajes que le inspiraron para sus posteriores cuadernos. A pesar de que no supera los 800 kilómetros cuadrados de superficie, llama la atención la diversidad de sus paisajes. Las erupciones volcánicas de los siglos XVIII y XIX, le han conferido un espectacular aspecto de singular forma y belleza. Al lado de lugares insólitos formados por grutas volcánicas, lagos de lava y cráteres, reposan playas de arena dorada y aguas transparentes. Además, este espectacular patrimonio natural, ha sido celosamente conservado por los lanzaroteños. No en vano, la isla fue declarada Reserva de la Biosfera por la Unesco en 1993. Así mismo, en 2015, fue el primer destino a nivel mundial certificado por Biosphere Responsible Tourism.

En ella, se puede encontrar desde el bullicio de las poblaciones más turísticas (Puerto del Carmen) con sus inmejorables instalaciones hoteleras y zonas recreativas, hasta construcciones inéditos (Mirador del río), rincones sin señales de huella humana (El Golfo) e islotes solitarios en los que disfrutar del silencio (La Graciosa). El Parque Nacional de Timanfaya, una bella sucesión de paisajes volcánicos, se alza como uno de los grandes reclamos turísticos, así como los centros de arte, cultura y turismo creados por el artista César Manrique (Los jaleos del Agua). Los originales sistemas de cultivo de los campesinos locales (La Geria), que han sabido vencer la esterilidad de la isla y hacen exuberantes las lavas, son otro foco de atracción para los visitantes a la región canaria.

Las excelentes condiciones climáticas de Lanzarote durante todo el año, junto a sus características naturales, permiten a todo aquel que busque algo más que sol y playa disfrutar de una serie de actividades en la naturaleza, tanto en libertad, como de la mano de profesionales cualificados. Se puede practicar buceo, surf, windsurf, kitesurf, ciclismo, golf... Saramago, por ejemplo, era un gran amante del senderismo. Desde que llegó a la isla, le dijo a su mujer que quería subir a todas las montañas que tenían detrás de casa. Así, el 8 de mayo de 1993, se atrevió con la más alta, la Montaña Blanca, a 600 metros sobre el nivel del mar. Tardó en ir y volver tres horas, aunque la experiencia mereció la pena. Pues la mejor forma de conocer la entrañas de esta tierra es caminándola.