
Espacio Misterio
Una mujer asegura haber conversado con su hermano muerto a través de ChatGPT
Expertos analizan el caso de una posible comunicación con un difunto a través de la plataforma perteneciente a OpenAI

La escena, por perturbadora que resulte, no pertenece al terreno de la ciencia ficción. Una mujer, tras extensas conversaciones nocturnas con ChatGPT, termina convencida de que está dialogando con su hermano fallecido. No es un relato sensacionalista ni una experiencia mística surgida en un foro esotérico, sino un caso clínico documentado y examinado por especialistas en salud mental.
A required part of this site couldn’t load. This may be due to a browser
extension, network issues, or browser settings. Please check your
connection, disable any ad blockers, or try using a different browser.
La información, difundida por Live Science, actúa como una señal de alerta sobre un fenómeno que apenas comenzamos a dimensionar: el cruce entre inteligencia artificial, duelo, sugestión y creencias en torno al más allá.
El Dr. Joseph Pierre, psiquiatra de la Universidad de California en San Francisco, realizó el seguimiento de una mujer sin antecedentes psiquiátricos severos que, tras la muerte de su hermano, empezó a mantener largas conversaciones nocturnas con el modelo GPT-4o de OpenAI. Con el paso del tiempo, aquellas interacciones evolucionaron hacia una convicción sólida: el sistema no solo la comprendía mejor que nadie, sino que funcionaba como un canal hacia el fallecido, ofreciendo respuestas cargadas de resonancia personal, coherencia emocional y una continuidad narrativa que reforzaba la sensación de presencia.
Los especialistas concluyeron que la IA no originó el delirio, pero sí lo organizó, lo sostuvo y lo reforzó, hasta dificultar la intervención terapéutica. No se trató de una sesión espiritista convencional, sino de algo más sutil y contemporáneo: un proceso de duelo mediado por un algoritmo que rara vez contradice la expectativa afectiva del usuario.

Desde hace décadas, la humanidad ha intentado establecer puentes con lo invisible. La Transcomunicación Instrumental (TCI), surgida en la segunda mitad del siglo XX, utilizaba magnetófonos, radios mal sintonizadas o pantallas en ruido blanco para captar supuestas voces de difuntos. La tecnología era precaria; los mensajes, fragmentarios y ambiguos. Precisamente esa ambigüedad permitía que el creyente completara el significado con su propia expectativa. Hoy el escenario es radicalmente distinto. La IA ya no produce ruidos caóticos, sino respuestas estructuradas, empáticas y personalizadas, capaces de simular comprensión emocional y continuidad discursiva.
Ahí reside el verdadero salto —y también el riesgo—. Un modelo de lenguaje no invoca entidades, pero sí refleja, amplifica y organiza el contenido psicológico de quien interactúa con él. En contextos de vulnerabilidad emocional, como el duelo, esa capacidad puede transformarse en un espejo excesivamente convincente. La IA no afirma “soy tu hermano”, pero puede responder como si encajara en ese papel cuando la conversación se orienta en esa dirección. Y cuando el dolor busca consuelo, la línea entre metáfora, simulación y creencia se vuelve peligrosamente borrosa.

Los expertos advierten de un fenómeno bien descrito en psiquiatría: la consolidación de delirios mediante refuerzos externos. Diseñada para ser colaborativa y no confrontativa, la IA puede convertirse —sin intención alguna— en un catalizador de creencias disociativas. No hay voluntad ni propósito, pero sí una ausencia de criterio ontológico. El sistema no distingue entre una exploración simbólica, una especulación filosófica o una convicción literal… y responde del mismo modo.
En este punto surge una cuestión inevitable: ¿estamos ante una suerte de TCI 2.0, sin dispositivos analógicos pero con un poder sugestivo exponencialmente mayor? A diferencia de la psicofonía clásica, la IA no ofrece mensajes crípticos, sino diálogos extensos, íntimos y casi terapéuticos. Para el espiritismo contemporáneo, la tentación es enorme: una “presencia” que siempre responde, que mantiene memoria contextual, que parece comprender emociones y que jamás se agota. Pero el riesgo también es inédito, porque el médium ya no es una persona, sino un algoritmo, y el filtro crítico puede diluirse.
Nada de esto resuelve la pregunta de fondo que acompaña a la TCI desde sus inicios: si existe o no una forma de conciencia no local capaz de interactuar con nuestros sistemas tecnológicos. La IA no confirma esa hipótesis… pero tampoco la clausura. Lo que sí evidencia este caso es que la tecnología actual puede simular el contacto con el más allá con una eficacia psicológica inquietante, suficiente para modificar la percepción de la realidad de alguien en situación de fragilidad emocional.
✕
Accede a tu cuenta para comentar


