Blogs
La Razón

Las «islas de sentido» de Fabien Mérelle

Lugar: Galería Michel Soskine Inc, Madrid. Fecha: Hasta el 5 de febrero.

Pocos artistas han sabido “dibujar” tan bien el blanco como Fabien Mérelle (Fontenay-aux-Roses, 1981). Esta apreciación, a priori sorprendente, deja de serlo cuando se aprecia la colección de dibujos que presenta en la Galería Michel Soskine: obras de pequeño formato, en las que la destreza dibujística del autor define milimétricamente las figuras de personajes aislados en un vacío desconcertante. Aunque la primera intención fuera sumergirse en la pequeña arquitectura de esos cuerpos representados con una pulsión hiperrealista, la lectura correcta de cada pieza ha de comenzar por interrogar ese blanco cegador que, lejos de responder a un “dejar de hacer”, constituye un acto de voluntad al menos semejante al del ejercicio figurativo. Cada vacío, de hecho, se revela como una estrategia dibujística de pleno derecho, como la dimensión invisible en la que la tinta y la acuarela se expresan con una precisión mimética pasmosa.

En realidad, y continuando con este planteamiento paradójico, pudiera parecer que el procedimiento seguido por Mérelle en estas obras es descontextualizar a cada figura de su supuesto entorno narrativo, y suspenderlas en una fracción de tiempo no referenciada, desgajada de cualquier continuo lógico. Pero la trayectoria que traza cada uno de estos personajes es más compleja y sugerente: aquello que representa el autor es una re-contextualización del individuo en su única y fundamental realidad -la de su corporeidad subjetiva. Cuando Mérelle dibuja –casi caligráficamente- los contornos de cada cuerpo, lo que deja ver es el límite exacto de nuestro sentido y de nuestra capacidad de desenvolvernos de manera lógica. No en vano, el carácter absurdo de las acciones acometidas por sus “héroes” no deja de ser sino el resultado final de dejar al individuo solo consigo mismo. Arrebatados los pretextos exteriores, nadie es capaz de perfilar una lógica autónoma. La reducción del sujeto a su estricto sentido lo convierte en una isla de absurdo en medio de la realidad. Solo la labor de “sujeción” ejercida por las causas externas logra mantenerlo en pie y otorgarle una apariencia de normalidad.

Interesante, en este sentido, es recordar la doble naturaleza del sujeto de la que se percató Foucault: de un lado, la que libera y performa; y de otro, la que sujeta a la estructura de poder sistémica. La operación que, a este respecto, realiza Mérelle en cada una de sus obras es representar qué es lo que sucedería si el sujeto dejara de ser regulado por la exterioridad sujetadora del sistema. Sencillamente, caería en el absurdo, en una concatenación de situaciones ridículas en las que ninguno nos reconoceríamos. El grado y la naturaleza del sentido que cada individuo alberga por sí mismo, en medio del blanco cegador, le hace parecer un bufón. Su verdad no da para más. Y ello debido a que ningún sentido individual logra convertirse en un “bien común”, en una verdad por todos participada. Solo compartimos aquello que nos iguala, no lo que nos diferencia. Los límites de nuestro propio cuerpo son –para los demás- el umbral de la locura.