Mundial 2018
La Razón

Ganaremos el mundial

José Francisco Sigüenza García

Y salieron a la plaza de la ciudad gritando llenos de euforia por la victoria. Llevaban banderas tricolores, hablaban tres idiomas diferentes y hasta hacía unos meses nadie hubiera dado un franco por que se diese aquella imagen. Hablo de Bélgica, de cuando hace apenas unos días la selección de Tintín pasó a las semifinales del mundial y de cómo se enfrentó ayer por la tarde, en un solo grito, a Francia. Y no fue ayer pero tampoco ocurrió hace tanto, de aquella otra hazaña que tiñó todos los rincones de España de rojo y gualda causando un profundo estupor en aquellos nacionalistas que, convencidos de su predicamento, no eran capaces de entender qué estaba sucediendo con sus paisanos.

Supongo que un sociólogo podría explicar mucho mejor que yo lo que ocurre cuando en unas olimpiadas o un mundial de fútbol se nos olvidan las rencillas fronterizas internas y nos ponemos codo con codo con el vecino, ese que no nos cae tan bien, a animar a “los nuestros”. Algo sucede que hace que el sentimiento de pertenencia generado en estas ocasiones sea mucho más fuerte que las consignas y proclamas que nos invitan a ver en el otro a nuestro enemigo, al que nos roba o al que no nos deja vivir en paz.

Puede que la cosa tenga que ver con el espíritu deportivo que habla de unir y hermanar antes que destruir y separar. Puede que ese viejo y clásico “la unión hace la fuerza” sea mucho más poderoso que las consignas populistas de los nacionalistas. También puede ocurrir que esos populismos y nacionalismos sean sólo el método que tienen los vacíos de espíritu y cortos de imaginación para hacer política. Decía un amigo mío que “hacer política” era elegir entre varias propuestas que estaban bien ya que nadie propone el mal para los suyos. Se le olvidó nombrar a estos demagogos territoriales que buscan en el recurso fácil de la exacerbación de la diferencia, el modo para hacerse notar y ganar votos.

Este mundial de Rusia es un buen ejemplo para admirar al diferente y sentir que, a pesar de todo, hay algo muy fuerte que nos une a él... Por ejemplo, a Japón por su comportamiento exquisito o a los belgas por olvidarse de sus rencillas internas y salir a la calle a disfrutar con todos y en todos los idiomas, las victorias de su equipo. Este mundial es ideal para recordar que las semifinales llevaron el color de la Unión Europea y que juntos somos capaces de hacer cosas que nunca imaginaríamos por separado.

En este mundial se vuelve a escenificar la potencia de una Unión Europea que no debe caer en los recursos fáciles de aquellos que sin otras propuestas, se dedican a alimentar los egos populares y a atacar al diferente. No podemos caer en la tentación de justificar nuestros errores diciendo que es cosa de Europa, pues es en Europa, en la generosidad de sus gentes y en la unión de esfuerzos, donde está el futuro de bienestar que anhelamos.

Ganaremos el mundial y ganaremos el futuro.