Arte, Cultura y Espectáculos
Maica Rivera

Medina Azahara: la Ciudad Brillante

Al pie de Sierra Morena, a ocho kilómetros de la ciudad de Córdoba, se encuentra el yacimiento arqueológico de Madinat al–Zahra. El emplazamiento posee ciento doce hectáreas, de las que solo un tercio han sido excavadas. Aunque en esencia se trata de una concentración de restos y vestigios de una antigua arquitectura, desde un punto de vista artístico es uno de los complejos monumentales más hermosos del arte islámico. El terreno en pendiente propició que la ciudad se construyera sobre tres terrazas superpuestas. Levantada para brillar por sí sola, así como para residencia real y sede del gobierno, convirtió a Córdoba en referente de la civilización y la cultura.

La historia narra que Abderramán III, octavo soberano omeya de la España musulmana y primero en tomar el título de califa, edificó la ciudad palacio para consolidar y mostrar el poder de su reino... La leyenda relata que fue como obsequio a su amada... La piedra transmite que ambos motivos fueron argamasa que consiguió cimentar fantasía soñada.

Madinat al-Zahra, "La Ciudad Brillante", envuelta en enigma e interrogante debido a una concubina y al momento en el que sus ojos capturaron a aquel que se creía incapturable: el primer califa de Córdoba. Erigida por Abderramán III en el año 936, la que sería capital del Califato tardó más de cuarenta años en construirse, veinticinco de ellos bajo el mandato de aquel que la alzó y quince bajo el reinado de Al–Hakam II. Ni la riqueza ni solidez de los materiales empleados pudo evitar su destrucción.

En 1010, como consecuencia de la guerra civil que puso fin al Califato de Córdoba, Madinat al- Zahra desapareció entre saqueos, incendios y otras barbaridades que no quieren ser nombradas... Palabras no pronunciadas, pero no olvidadas.

Ciudad palatina, ¿cómo pudo ser por tantos años sepultada? No sería hasta el año 1911 cuando comenzaron las primeras excavaciones desvelando su importancia.

A mi lado por siempre, hermosa Al-Zahrá

Paseando por el patio de naranjos de la gran Aljama llegaba una comitiva –ofrenda del emir de Granada– para agasajar al poderoso califa. Entre extrañas obras de arte, libros de incalculable valor, piedras preciosas y hermosas esclavas, una de ellas temblaba. Sus bellos ojos negros reflejaban un alma turbada ante el bullicio de la gran ciudad. Ella procedía de la tranquila Sierra Elvira y la grandeza de Córdoba le intimidaba. Abd al Rahman, apartando a la muchedumbre que el cortejo admiraba, se acercó con ardor a la dueña –que no esclava–, que había conquistado, con tan solo una mirada, su voluntad nunca antes dominada.

Al-Zahrá dices que te llamas. A mi lado por siempre, hermosa mujer... Que sean tus ojos espejo de mis acciones diarias. Que sean tus manos las que con caricias despidan cada noche el cansancio de mis batallas. Que sean tus labios, con canciones, los que velen mis sueños y me despierten al alba... Que sea tu cuerpo donde repose mi innata inquietud y mi atormentada alma.

Y aquel que en su harén disponía de más de seis mil trescientas esposas, concubinas y otras esclavas de variada raza, ya tan solo a una amaba: su bella flor, Al-Zahrá. Por una sola sonrisa de ella, él a sus pies se arrodillaba. Hermosa esclava que a Córdoba llegó temblorosa y asustada, se convirtió en poderosa dueña y mujer adorada... Su porte esbelto y majestuoso inspiró Madinat al-Zahrá.

Cuentan que Al-Zahrá enfermó de una dolencia incurable y que, en las noches, Abderramán III eternamente la abrazaba... No quería que ella marchara. Le prometió que la ciudad que su nombre ya llevaba atravesaría las barreras del tiempo y la distancia, que el mundo entero conocería su belleza surgida de la nada... A cambio, solo una petición: que ella la habitara y a él nunca no lo abandonara.

Ya sin fuerzas, ella se comprometió, y en su última noche, aferrada al firme abrazo de cada madrugada, le hizo una súplica:“ No llores mi marcha, haz frente a la melancolía que invadirá tu alma... Lucha como si de batalla se tratara... Prometo esperarte entre los muros de nuestra adorada Madinat al-Zahra”. Era el año 940.

Abd al Rahman jamás se pudo recuperar del dolor... La única guerra en la que se rindió.