Cine
Sergi Sánchez

Cuarón, la envidia del barrio

La magnífica «Roma», crónica personal del mexicano sobre el distrito de su infancia, es un firme candidato al León de Oro de Venecia que decidirá un jurado presidido por su compatriota Guillermo del Toro.

Puede ser que en esta 75 edición de la Mostra haya una sola cineasta a competición, pero, al menos en la jornada de ayer, las mujeres se comían el mundo en las dos cabezas de cartel, las extraordinarias «La favorita», de Yorgos Lanthimos, y «Roma», de Alfonso Cuarón. No puede haber películas más antitéticas: la una, cínica y siniestra; la otra, empática y luminosa. Ambas, eso sí, son abrumadoras lecciones de cine que, entre otras cosas, hablan de la inteligencia emocional del eterno femenino y cuentan con un plantel de actrices insuperable.

Dice Yorgos Lanthimos que «La favorita» nació como un proyecto de encargo hace la friolera de nueve años. Es sorprendente que sea el primer guión que no lleva su firma ni la de su colaborador habitual, Efthimis Philippou, porque la película retoma y reinterpreta todas las obsesiones de su cine desde «Canino». Hay cambios en la forma en que los actores recitan sus diálogos. Si habitualmente lo hacen como zombis bressonianos, ahora ese mecanismo brechtiano, afirma el cineasta griego, no es necesario, porque el propio periodo en que se desarrolla la acción –la corte británica en el siglo XVIII, durante la guerra entre Inglaterra y Francia– provoca una distancia en el espectador. Lanthimos se olvida de decir que el cine histórico de prestigio está fuertemente codificado y que sus estrategias de puesta en escena –grandes angulares, lentes deformadas, bailes anacrónicos y réplicas de aliento contemporáneo– están orientadas a deconstruirlo con soltura y brillantez. Como «Barry Lyndon» visto por unos cerebrales Monty Python.

La conclusión de «La favorita» es que todos estamos condenados a ser esclavos de alguien. En el triángulo amoroso que conforman la reina Ana, su amante y mano derecha Lady Marborough y Abigail, la dama que deviene avispada y perversa doncella (Olivia Colman, Rachel Weisz y Emma Stone, respectivamente, las tres excepcionales), los juegos de poder en la intimidad se traducen en intrigas palaciegas de alcance macrohistórico, y viceversa. Los rituales de control y dominación de «Canino» se reproducen aquí en clave de teatro isabelino imaginado por el Ionesco de «Jacques o la sumisión» o el Genet de «Las criadas». Y mientras tanto, el amor comprueba sus límites: es apasionante cómo Lanthimos abandona progresivamente cualquier floritura formal para dedicarse, desde el más hilarante fatalismo, a contemplar cómo esas tres mujeres se destruyen y se reconstruyen para demostrar que, al final, quien sabe amar es el que no teme ejercer el poder sobre el otro.

Lanthimos y Alfonso Cuarón viven en planetas distintos. En «Roma», que fue centro de la polémica Netflix cuando Cannes tuvo que apartarla de la sección oficial para no entrar en conflicto con los exhibidores franceses, el director de «Gravity» vuelve a su México natal para hacer «su película más esencial», que bebe de sus recuerdos de infancia y juventud en el barrio de Roma. Es indudable que se trata de su filme más personal –figura como director, guionista, cámara y co-montador–, un «Amarcord» neorrealista, en blanco y negro, que relata, a lo largo de un año, entre 1970 y 1971, la vida de una familia numerosa y de clase media, con el padre ausente y la madre al borde de un ataque de nervios.

Los ojos de la mucama

El gran acierto de esta magnífica, monumental película es su protagonista, Cloe, la mucama de la familia. Este crítico tenía la impresión de que Cuarón había visto más de una vez aquella maravillosa escena de «Umberto D», la del despertar de la criada, que André Bazin citaba como origen de todos los realismos posibles. En la obra maestra de Vittorio de Sica, la criada, personaje accidental donde los haya, generaba las expectativas de una historia que cada espectador tenía que imaginar. Cloe (espléndida Yalitza Aparicio) es, de algún modo, la hermana indígena de esa criada, y su mirada despliega con serenidad oriental –«Roma» la podría haber dirigido Edward Yang– la vida en una casa, en una calle, en un cine y sus alrededores, con tal calidez y compasión por el mundo que resulta inevitable no emocionarse. En su aparente transparencia, transfigurada por suaves panorámicas y elegantes travellings laterales, está la bulliciosa complejidad de la vida. Si Guillermo del Toro, presidente del jurado de la Mostra, no le da el León de Oro, será para que no le acusen de tráfico de influencias.

Hablábamos de cine oriental, y el norteamericano Rick Alverson cita a Ozu como uno de sus referentes para «The Mountain». También a Bresson. La película, que se inspira en las tremebundas giras clínicas del inventor y practicante de la lobotomía ocular, Walter Freeman (aquí un tenebroso Jeff Goldblum), indaga, de forma críptica, cuáles son los límites de la locura, qué somos capaces de hacer para conectar con el otro. Si suena vago, así es «The Mountain», una película en la que se navega sin rumbo fijo, abocada a un tercio final donde Denis Lavant hace de oráculo, Tye Sheridan pasea su mirada bovina y aparece, sí, una montaña, una imagen poética de la trascendencia que, al contrario que en Ozu, aquí suena un poco impostada.