Cine
Julio Valdeón

Dorita ya puede volver a casa

Tras haber sido robados hace 13 años, la Policía recupera los zapatos que calzó Judy Garland en «El Mago de Oz» , una de las prendas más icónicas del cine americano y de las que no se tenía ni rastro

Una historia rocambolesca. Un crimen más o menos perfecto. Como le explicó al «New York Times» uno de los fiscales del caso, Christopher Meyers, de Dakota del Norte, «hay un cierto romanticismo en esta clase golpes. Pero finalmente se trata de un robo». No de uno cualquiera, sino el de los zapatitos rojos de Dorothy (Dorita, en la traducción española) en «El mago de Oz». O sea, una de las prendas más icónicas de la historia del cine. El robo tuvo lugar en 2005. No había cámaras de seguridad. El ladrón o ladrones no forzó la entrada. Tampoco se encontraron huellas dactilares. Ni objetos de ningún tipo. El crimen perfecto. Sin testigos, errores ni pistas. Más el misterio suplementario de cómo era posible mantener ocultos durante tantos años unos zapatos tan conocidos, la capa de Superman o la silueta de la Estatua de Libertad. Claro que el ladrón bien pudo mantenerlos a buen recaudo, lejos de miradas indiscretas, y eso a pesar de su previsiblemente exuberante precio en el mercado negro. También ayudaría el hecho de que se cuenten por miles las réplicas del famos par.

Llamada anónima

Casi nadie aparentaba creer en la posibilidad de que algún día fuesen recuperados. Desaparecieron del museo de Judy Garland, sito en Grand Rapids, en el estado de Minnesota. Tras escuchar las declaraciones de los portavoces del FBI y la policía local, seguimos sin conocer los detalles de la investigación. Sí sabemos, lo revelaron los detectives, que el pasado verano alguien llamó a la aseguradora de los zapatos para ofrecer una pista respecto a su paradero. Dicha persona se convirtió en el principal sospechoso. La recompensa para quien ayudara a desvelar el lugar donde estaban los zapatos alcanzaba el millón de dólares. De momento, no hay detenidos. El jefe de la policía local, Scott Johnson, contó en rueda de Prensa que siguieron todos y cada una de los indicios surgidos a lo largo de los años. No rechazaron ninguno. Y eso que la cuantía de la recompensa invitaba a toda clase de pedigüeños, paranoides y jetas a probar suerte. Pero estaba en juego el prestigio de sus departamento y, qué caramba, una porción difícilmente cuantificable de la memoria de América. «No hemos terminado. Tenemos mucho trabajo por delante», comentó el fiscal Myers, «hay información que podría ayudar a que esta investigación avance».

El dueño de los zapatos, Michael Shaw, los había donado al museo en calidad de préstamo. Shaw, un antiguo actor infantil a las órdenes de MGM, exactamente igual que Garland, es un octogenario coleccionista de objetos cinematográficos. Uno de los más conocidos y respetados del mundillo. Entrevistado en 2008 por el escritor Monte Burke, colaborador de Forbes, confesaba su desesperación. «Estoy furioso porque robaron los zapatos». «Es muy frustrante que no hayan atrapado al bastardo obsesivo, fanático y egoísta que los robó». En aquella pieza, Burke comentaba cómo el autor del libro canónico sobre la película, Rhys Thomas, explicaba que el par de zapatos de Shaw eran de más calidad que la pareja que reposa en una vitrina del museo Smithsonian, en Washington D.C. Thomas también explicó que MGM decidió cambiar el cromatismo de los zapatos, del plateado de la novela al rojo de la película, a fin de lucir mejor las por entonces novedosas virtudes del color. «Esto es difícil de creer», le comentó Sue Plagemann, portavoz del museo, a la agencia de noticias AFP. «Nunca creímos que serían recuperados. Pensábamos que se habían perdido para siempre». El agente especial Jim Sanborn, implicado en las pesquisas desde que los hombres de Scott contactaron con el FBI, explicó en la rueda de Prensa que su esperanza es que la gente que les estuviera escuchando, si sabía algo, por ejemplo de dónde han estado los últimos 13 años, «se presentase y lo compartiera con nosotros».

El primer paso tras recuperarlos fue enviarlos al Smithsonian. Había que compararlos con los que allí se exhiben y dejar que los expertos certificaran su autenticidad. Dawn Wallace, una de las dos especialistas del museo asignadas a la tarea, le ha explicado a la revista del Smithsonian que el momento decisivo llegó cuando descubrió una cuenta de vidrio pintada de rojo: «Se trata de una información que no se ha publicado en ninguna parte y, hasta donde sé, no es muy conocida. Es un elemento único de estos zapatos, y detectarlo fue clave».

Más que unos zapatos

Una vez que no hubo dudas fue posible anunciar al mundo del cine la noticia. Lo que ya no está claro es que regresen algún día al modesto y entrañable museo donde fueron robados. Un local que presume de albergar la mayor colección del mundo dedicada a la actriz de Oz. La misma que actuó en compañía de Gene Kelly, James Manson, Spencer Tracy, Burt Lancaster y tantas luminarias, que fue estrella infantil y juvenil, ídolo maldito, esposa de Vincent Minnelli, madre de Liza, adicta a los venenos, del alcohol a las pastillas, manipulada y torturada por unos jefes de estudio con infatigable vocación sudista. Murió a los 47 años. Después de que su organismo explotara tras una sobredosis accidental de barbitúricos. Así lo dictaminó el forense. Dejaba atrás una carrera fastuosa, íntimamente ligada a la era dorada del cine. En ella refulgen con luz incandescente los zapatos de la niña que llega volando a Oz y escapa de la bruja. Por decirlo con palabras del jefe Johnson, «no son solo un paz de zapatos. Son un símbolo del poder de la fe». La que lleva a la niña secuestrada por el tornado a recorrer el camino de baldosas amarillas. La misma que, 80 años más tarde, permitió quitarles el cartel de «missing».