Historia
Julián Herrero

¿Es usted un Románov?

Conociendo las aventuras (y muchas desventuras) de esta gente durante los más de tres siglos que llevaron las riendas de Rusia, uno se traslada a escenarios que bien podrían ser de «Juego de tronos»

Que ser un Románov tiene su punto, sí, pero para pasar un rato. Ni una vuelta de reloj más. Y siempre que sea evitando salpicaduras de esa ambición imperial que hizo su historia, llamémosla, «especial». Conociendo las aventuras (y muchas desventuras) de esta gente durante los más de tres siglos que llevaron las riendas de Rusia, uno se traslada a escenarios que bien podrían ser de «Juego de tronos». «Eran aficionados a los eventos tan salvajes y decadentes como los de la serie», afirma Sebag Montefiore, experto en la materia. Y es que, quizá, lo mejor sea eso, como en los toros, verlos desde la barrera.

Aquí a través de la pantalla, en el caso de los Lannister y compañía, o leerlo en el libro de este profesor británico de Historia, en el de los Románov. Zambullirse en ese periodo que se encierra entre 1613 y 1918 es acercarse a la ficción de «Los Soprano» antes que al mundo que usted y yo podemos vivir en siete vidas. ¿Más adrenalina? Seguro. Pero también es respirar bajo una atmósfera en la que los excesos timonean el destino y marcan los límites, en el caso de que los tuvieran: rivalidades familiares que van de hijos que matan a sus padres, y viceversa, a suegras que envenenan a sus nueras para «proteger» a su pequeño, coleccionistas de gigantes y enanos que se usan como mero objeto de divertimento que arrojar contra la pared, «realities» para buscar zarina, sexo y sadismo depravado, besos a cabezas decapitadas, empalamientos, matanzas de niños... Todo a medio camino entre la locura y la genialidad, pues también fueron patrones de Dostoyevski, Tolstói, Pushkin, Chaikovski... Siempre envidando a grande.

Tanto como un imperio que, a un ritmo de crecimiento de 142 m2 al día, llegó a ocupar un sexto de la tierra. Hasta aquella noche, ahora centenaria, de julio, cuando un sótano de Ekaterimburgo engulló los delirios de grandeza de la saga. Fin a la sangre zarista con la que todavía fantasea algún mandatario pelón y que muchas, aprovechando la leyenda de que la gran duquesa Anastasia seguía con vida, dijeron llevar en sus venas con diversas autoproclamaciones mediado el siglo XX –Anna Anderson, la que más lejos llevó la broma–. Lo que no impidió que el plasma Románov continuara fluyendo por otros lados del árbol genealógico y del mundo. Ejemplo, la madrileña María Vladímirovna Románova (1953), tataranieta de Alejandro II de Rusia y convencida de «restaurar la institución zarista».

Aún no sabemos si esta mujer que dice ser la «emperatriz y autócrata de Todas las Rusias» tendrá cabida en el último proyecto de Matthew Weiner –encumbrado por «Mad Men»–, «The Romanoffs», pero lo que está claro es que podría ocupar una de las ocho historias que el creador va a contar en su nueva serie para Amazon Prime Video: «Aquí los personajes creen que son, independientemente de si lo son o no, descendientes de los Románov», explica Weiner. Cincuenta millones de dólares de presupuesto que han reunido a Christina Hendricks, Aaron Eckhart y Diane Lane, entre otros, para recuperar y actualizar a una de las familias más fascinantes de todos los tiempos.