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La Razón

Aquella palabra primera

El principal enemigo de la palabra, observó José-Miguel Ullán, son las palabras; ese tropel de palabras prostituidas por el habla, a las que Octavio Paz les espetaba: «¡Chillen, putas!». Algo de esa reivindicación de la pureza primigenia, con contenida rabia, rezuman estos conmovedores versos de Beatriz Hernanz, quien reconoce: «Busco, / inexorable / la palabra primera». Frente a lo endeble del presente, «olor sin crepúsculo en el mundo de las apariencias», se invoca a la memoria como panacea: «Para mí existir es no olvidar». Pero, ante la certeza de que «Camino hacia un pasado extinto», esa invocación se vuelve infranqueable: «La vidriera de la memoria»; «transformar la memoria en compañía»; «la frágil aurora de una memoria sin tiempo»..., toda vez que «la memoria no puede vivir sin la luz», y, por contra, «la luz celebra el instante presente».

En el prólogo, Jorge Edwards relaciona el diapasón de estos poemas con «la fantasía garcíalorquiana de ‘‘Poeta en Nueva York’’». A través de una irracionalidad intimista, en este caso, el deseo se da de bruces contra sus goznes en un carrusel sin salida. El duelo por la madre muerta es el móvil del poemario: el «in memoriam» que incita a la memoria (de la palabra) originaria. La argucia, como es sabido, es perpetuarla de cuerpo presente: «Tu voz me llega en jirones de ayeres», y, más aún, hacerlo con ironía salvífica: «Cierra la puerta, madre».

Describir los quiebros de la memoria en general nos disculpa, en parte, de los de la memoria en particular. La profusión de citas dinamiza el carrusel de hibridismos; hay huellas de la turbulencia intimista de Alejandra Pizarnik o de la fijación por lavar lo mancillado, a lo Paul Celan. Pero, ante esa imposibilidad de consumar la memoria primigenia, Hernanz elude, sobre todo, virar hacia lo blanco con la ayuda de Unamuno: «A veces, el silencio es la peor mentira». Ante el triunfo de lo inane en el presente continuo se hace indispensable una cierta dosis de autoironía preventiva: «Empiezo a ser la arqueóloga de mí misma».

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