Cultura
Julián Herrero

Lola Herrera: «En esta sociedad ser mayor es como no existir»

Es la sexta vez que se enfrenta al papel de su vida, la Carmen Sotillo de «Cinco horas con Mario», junto a la que ha visto cambiar España

Es Lola Herrera (1935) una mujer de palabra y es por eso que se siente responsable hasta «de dar un tropezón con una baldosa y romperme la rodilla», cuenta después de suspender en varias plazas. Pero eso ya quedó tan atrás como para levantarse de la silla y olvidar la muleta, «aunque rápido me iba a dar cuenta», sonríe tras unos pasos. Con esas espera hasta que en diciembre le quiten unos «alambres», dice, insuficientes para que su compromiso con el teatro –ese que «nunca te falla», se sincera– se detenga más de lo extremadamente necesario. Es decir, ya. Vuelve así –mañana en el Bellas Artes– con la sexta reposición de «Cinco horas con Mario», el clásico de Delibes que, desde que en 1979 se cruzara en su camino, no se entiende sin ella.

–Son muchos años junto a Carmen Sotillo, ¿cómo encaja hoy esta mujer?

–En su fondo, muy bien. En todo lo que no dice y está en la mente de muchas mujeres: frustraciones, silencios, desamor...

–¿No parece de otra época?

–Lo es, pero no así lo que hay detrás de sus palabras, porque dice lo contrario a lo que siente. Se encontraba en un mundo que iba contra la mujer.

–Parece que se le está dando la vuelta a la situación...

–Sí, nos hemos echado a la calle. Yo la primera, que el 8M me fui con mi hija a la manifestación. Lo disfruté muchísimo porque soy de una época en la que no teníamos derechos. Y lo aseguro yo, que tengo la información de todo lo que ha pasado desde que se escribió la novela [1966]. Las mismas palabras ahora expresan algo más amplio.

–Ha sido el mundo de la interpretación, iniciado en Hollywood, el que ha abanderado parte de dicho movimiento...

–Es que tienen visibilidad en el mundo entero.

–Allí se denunciaron muchos abusos, aquí en España no tantos. ¿No han existido?

–Afortunadamente, a mí no me ha acosado un hombre en el trabajo, pero sí conozco a gente que lo ha sufrido. Sé de buena mano que hubo personas que en su día contaron cosas y se supo en la profesión, pero creo que no ha sido tan sonado. Puede que haya silencios.

–De vuelta a Mario, lleva tiempo llorándole...

–El muerto más velado de la historia...

–Cuidado, que ahora hay otro que sigue generando polémica después de muchos años.

–Casi, casi... (risas). Pero es absolutamente necesario acabar con este capítulo. Dicen que es abrir heridas, y no, algunas nunca se cerraron por ello. No conocemos otro dictador que tenga un mausoleo así y como imagen de una democracia no puede ser.

–¿No tenemos memoria?

–Sí, y eso es gravísimo. Que haya líderes que todavía digan que hay que pensar en el ahora y que lo de hace 40 años se debe olvidar... Uno tiene que conocer su historia.

–Otra reivindicación suya, que está en «edad de quejarse», según usted, es el abandono de nuestros mayores...

–Vivimos en una sociedad en la que ser mayor es como no existir. Yo soy una privilegiada, pero somos muy pocos así, porque la inmensa mayoría no tiene la atención de la sociedad en general. Y luego está el tema de las pensiones... Pero es que la sociedad en sí rechaza la vejez. En mi niñez sí se respetaba a los mayores. Ahora todo se hace para la gente joven.

–Ya escribió Delibes en la obra que «los principios son sagrados»...

–Estamos perdiendo muchos a pesar de que tienen que ser la base de nuestra convivencia y educación.

–¿Y, entonces, Carmen Sotillo se despide de su público?

–He llegado a una edad en la que no sé de qué tengo tiempo. Pero sí hay otras cosas en cartera para después.

–Por genes le va a dar tiempo de bastante más...

–Pero no nos fiemos de ellos. Sí, tengo muy buena cabeza y buena salud, pero eso no se puede comprar.

–¿Y qué queda de esa Lola que llegó a Madrid en los 50?

–Esa niña sigue dentro de mí. El otro día me regalaron un cacharro de cristal lleno de canicas de colores y mi reacción fue como si tuviera ocho años. Teniendo tantos parece que no es posible, pero mantengo ese punto de ingenuidad. Igual que la sorpresa y las ganas.