Cultura
Gema Pajares

Lotto, el retratista nómada

El Museo del Prado dedica la primera exposición a los retratos del pintor, uno de los grandes del Cinquecento italiano, que reúne pinturas, dibujos, una estampa y esculturas

Afuera calientan los primeros rayos de una primavera que ya es prácticamente pasado. Hay largas colas, mucho bullicio, autobuses que escupen interminables filas de niños (de dos en dos y con bocadillo en la mano) y una Torre de Babel de idiomas. Hablamos del Museo del Prado. Dentro, una vez pasado el arco de seguridad y el control de entrada, se ingresa en un espacio semi en penumbra, una experiencia casi religiosa en la que el protagonista absoluto y total es Lorenzo Lotto (Venecia, 1480-Loreto, 1557). Para Miguel Falomir, director de la pinacoteca, estamos ante «un espíritu inquieto», un hombre que a lo largo de su vida cosechó casi a partes iguales fracasos y éxitos (más de lo primero si colocamos ambos en una balanza). Es, y lo subraya, el primer pintor preocupado por el estado de ánimo de aquellos a los que inmortalizaba, a quienes describe colocando ciertos elementos que dan pistas sobre su clase social, sus gustos o el momento que está pasando el retratado. El hecho de que sea desconocido o no lo suficientemente conocido (quien diga lo contrario faltará a la verdad) se debe, según Falomir, director de la pinacoteca y comisario junto a Enrico Maria dal Pozzolo, «a que no se ha organizado una exposición sobre él que le de a conocer». Así de sencillo, tan palmario como para que no le falte razón. Por eso, para cubrir esa laguna nace esta exposición montaba conjuntamente por el Prado y la National Gallery de Londres, y patrocinada por la Fundación BBVA sobre uno de los grandes nombres del Cinquecento italiano.

El estado de ánimo

La primera monografía sobre su arte se la dedica Bernard Berenson en 1895: «Lorenzo Lotto: An Essay in Constructive Art Criticism» y en sus páginas destaca lo antedicho, que se trata del primer pintor preocupado de verdad por reflejar el estado de ánimo del modelo y, como tal, se convierte en el primer retratista moderno. Hasta Madrid han viajado obras procedentes de su Venecia natal, Treviso, Bérgamo –una ciudad donde se encontró particularmente a gusto y donde su labor fue más fecunda–, Roma a y Las Marcas, pintadas a lo largo de cincuenta años. Ingresar en la primera sala es zambullirse en el universo de este maestro. Buscamos con la mirada el «Retrato de un joven con lámpara», de 1506, más pequeño de lo que pensamos, pero bastante más profundo de lo que intuíamos. Sencillamente sobrecogedor. Hay que degustarlo por partes: la melena de un cobrizo apagado, el grano de la frente, los labios entreabiertos, la nariz, la cortina descorrida, a modo de fondo que deja ver en un esquina, prácticamente perdida al primer golpe de vista, una lámpara. Para Falomir se trata de «una obra cumbre del retrato europeo de la época. La lámpara simbolizaba la vida y la sabiduría». En su composición se refleja el influjo de Durero. Otra bellísima obra es la que ilustra estas páginas, un caballero, en una postura acodada, algo que no era muy frecuente en la época –la misma que exhibe «Retrato de joven» (1530-1532), según se recoge en el catálogo una de las más ambiciosas y fascinantes de Lotto– , y que no mira al público. está firmado en la balaustrada de la derecha.

Para Falomir, que explica el recorrido de una manera didáctica, precisa, abundando en el detalle, estamos frente a retratos convertidos en narraciones. Pero que nadie se engañe, pues quien pretende ver una sucesión de pinturas de caballeros y damas se equivoca. Junto a ellos, a algunos de ellos, se exponen las cubiertas, que son como una tapa de las que apenas se han conservado ejemplos. Es el caso del que recoge la imagen del obispo Bernardo de’Rossi (1505), expuesto junto a su cincuenta por ciento, que recrea un paisaje con varias figuras y un árbol en primer término. Muchas de estas cubiertas se han perdido, lo que da aun más valor a las que ahora se exponen en Madrid.

Esta selección, como toda su producción, que abarca cincuenta años recoge la evolución estilística y el cambio registrado en la sociedad italiana de la época, de la primera parte del siglo XVI. Coetáneo de Lotto, aunque les separen unos años de diferencia, es Tiziano. Qué diferentes resultan sus maneras de retratar, de plasmar a sus modelos. El segundo es un pintor introducido en la corte, que fallece con prestigio, reconocimiento y dinero, un artista que se sabe moverse en los círculos del poder. Frente a él, Lotto está alejado del «mainstream» de la Historia, pues muestra en sus obras una sensibilidad especial hacia los pobres, los grupos marginales (viudas, huérfanos). Representa la otra cara del Renacimiento. En su evolución atraviesa una fase en la que sus obras recuerdan precisamente la manera tizianesca, en su paleta de colores, en los personajes a los que pinta, de clase superior. Se refleja en sus ropas, en sus tocados, en la oscuridad de sus gamas. Y en la mirada, y ahí reside una de las claves de esta muestra, es absorbente, única. Que te puede dejar literalmente KO, como la de ese joven que mira con cierto desdén y sostiene entre las manos un libro, fechado en 1525, viste un jubón gris que se adorna con unas listas negras de algodón o terciopelo. Y de nuevo la cortina de fondo. Los ojos, otra vez, de ese primer retrato matrimonial de Lotto y de toda la pintura italiana. Las obras religiosas merecen el detenimiento del espectador para observar cada detalle, para percibir la devoción de un pintor religioso a quien los criptorretratos (que cultivó a lo largo de su carrera y que terminaron siendo prohibidos por el Concilio de Trento) le jugaron una mala pasada.