Museo Thyssen
J. Herrero

Monet, mejor que su maestro

El Museo Thyssen une por primera vez las pinturas de Eugène Boudin y de su discípulo para ahondar en una relación que convirtió a un joven de 15 años en una pieza clave en la historia de la pintura moderna.

Claude Monet (París, 1840-Giverny, 1926) negó durante mucho tiempo que su arte fuera herencia directa del de sus predecesores. Pero se ablandó y terminó «cantando». Así, hubo que esperar hasta 1900, ya con 60 años, para que relatase al crítico François Thiébault-Sisson su encuentro con Eugène Boudin (Honfleur, 1824-Deauville, 1898), aunque aún tendrían que pasar once más para que se sincerase ante el biógrafo de este último: «Si me he dedicado a la pintura, se lo debo a Eugène», al que hacía poseedor de «una bondad inagotable» y culpable de «mi educación. Con el tiempo, se me abrieron los ojos», afirmaba. Una historia que pasó de aceptar una invitación para pintar juntos a «plein air», a campo abierto, a convertirse en pieza clave de la historia de la pintura moderna.

Es el contacto entre el discípulo y el maestro en el que ahonda el Museo Thyssen-Bornemisza con «Monet / Boudin». Un recorrido cronológico y temático dividido en ocho capítulos para enfatizar los intereses que compartían los dos artistas: la atracción por la iconografía moderna, los efectos cambiantes de la luz y la naturaleza salvaje de las costas de Normandía y Bretaña. La primera muestra «en el mundo», presentan, que analiza la relación entre ambos y «una de las pocas ocasiones que hemos tenido en España de acercarnos a la figura de Boudin», explica Juan Ángel López-Manzanares, comisario y conservador del centro.

«Vista de los alrededores de Rouelles», el primer cuadro de Monet, representa una bucólica escena de cielo azul en la que destacan unos chopos a cuyos pies se encuentra un pescador de camisa azul sentado en la orilla del río. Una imagen prima-hermana del «Paisaje normando» de Boudin, «pero con una paleta más viva, se aleja considerablemente de él», en palabras de Géraldine Lefebvre, autora de «Monet au Havre. Les années décisives». «Con puntos de vista divergentes, los dos persiguen un mismo equilibrio relacionando los distintos planos de la composición por medio del juego de los reflejos en el agua –continúa la experta–. Mientras que Boudin propone una visión todavía pintoresca de la naturaleza, Monet ofrece una analítica que le permite construir rápidamente un paisaje impregnado de las más sutiles variaciones de la luz. En su caso, el predominio de los azules y los verdes, junto al empleo de sus complementarios para teñir las sombras, dan lugar a una obra que innova a través del color».

Fue la evolución natural de una amistad que nació en la primavera de 1856, cuando Monet solo tenía 15 años. En la papelería Gravier, en Havre, Boudin se acercó al joven para felicitarse por su trabajo de caricaturista, en el que ya sobresalía, y le animó a seguir pintando a su lado. Por entonces, el mayor de los dos comenzaba a madurar su obra después de años de un aprendizaje autodidacta en los que se dedicó a copiar a maestros holandeses del siglo anterior y a realizar estudios al aire libre siguiendo la costumbre del paisajismo de la Escuela de Barbizon. Fue esto, precisamente, lo que «realmente le enseñó», habla López-Manzanares: «Cómo hacer paisajes a la manera tradicional». Bocetos en la misma playa o en un campo abierto que plasmaban en unas tablas pequeñas y de forma rápida al óleo, para «después de dos o tres dibujos, realizar una composición de mayor tamaño en el taller y, luego, la definitiva», explica el comisario. Proceso que Monet aprendió, pero ante el que comenzó a rebelarse en el 65 como una de las diferencias que surgiría en la pareja. Al igual que su método de trabajo, mientras Boudin era un pintor de bocetos durante el verano y el otoño para, más tarde, encerrarse en su estudio para elaborar la composición final, Monet se acercaba a sus paisajes los primeros meses del año, cuando había menos gente, para trabajar «más a gusto», dice López-Manzanares.

El rey de los cielos

El otro gran aprendizaje del parisino fue la captación del cielo y de los efectos atmosféricos. No podía ser de otra manera estando al lado del «Rey de los cielos», como se reconoció a Boudin. «En las escenas de playa no le interesaba tanto reflejar a los personajes como el ambiente que rodea todo. Fue único en la captación de lo instantáneo», continúa. En boca de Monet: «Sus bocetos, hijos de lo que yo llamo la instantaneidad, habían llegado a fascinarme». Y es que Boudin disfrutaba solo con mirar al cielo, hablaba de «fiesta» cuando la situación le llenaba: «He salido esta tarde, había un sol resplandeciente (...) Son ya veinte las veces que he vuelto para empezar a conseguir esa delicadeza, ese encanto de la luz que actúa por doquier. Como hacía fresco, todo era suave, desvaído, un poco rosa (...) El mar estaba maravilloso, el cielo era mullido, aterciopelado...», recogía el maestro en su diario.

Fue haciéndose más y más estrecha una relación que se consolidó desde el momento en el que el joven Monet aceptó la invitación y pese a que sus padres la rechazasen por proceder Boudin de una familia de clase social más baja. Por ello siempre pintó para los demás, «dependió de coleccionistas hasta el tramo final de su vida, cuando ya pintó para sí mismo. Monet, en cambio, fue más atrevido y pidió dinero a sus amigos, pero fundamentalmente lo hacía por él», reconoce López-Manzanares. Entonces, la pregunta es obligada al final del recorrido junto al comisario: ¿superó el discípulo al maestro? «Sin duda. Monet tuvo muchos más recursos pictóricos», zanja. Boudin ya lo sabía desde el 68.