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Laura L. Álvarez

Marqueses de Urquijo, ¿caso abierto?

Han pasado 38 años del asesinato más famoso de la crónica negra española, pero el abogado del único condenado quiere reabrir el caso para limpiar el nombre de su cliente, ya fallecido, Rafi Escobedo. ¿Hay pruebas nuevas? ¿Logrará despejar las dudas que siempre rodearon el caso?

Hace ya muchos años que leyó el caso de Caryl Chessman, el llamado «asesino de la luz roja», un tipo que en los años 60 fue condenado a pena de muerte en California por asesinato y violación, pero más tarde se demostró su inocencia. Desde entonces, el famoso abogado Marcos García-Montes dice que siempre ha perseguido «conocer la verdad» aunque haya veces que, jurídicamente, ya no sirva para nada. Han pasado 38 años del asesinato de los Marqueses de Urquijo, el suceso más famoso de la crónica negra española y por el que fue condenado el ex yerno del matrimonio asesinado, Rafi Escobedo. El doble homicidio se produjo el 1 de agosto de 1980 en la mansión que tenían los marqueses en Somosaguas (Pozuelo de Alarcón, Madrid). Los cadáveres fueron lavados, el arma homicida desapareció del depósito judicial, la documentación de la caja fuerte de la vivienda fue quemada, los casquillos habían sido tirados a la basura y después se «extraviaron», apenas se investigó a sospechosos clave... Las extrañas incógnitas que siempre rodearon el caso no lograron despejarse durante el juicio ni tampoco a lo largo de los años. Las dudas sobre la autoría de Escobedo, que se acabaría suicidando (¿o fue un homicidio?) ocho años depués en la prisión de El Dueso (Cantabria), tampoco se han resuelto y, aunque parezca increíble, se sigue hablando del tema porque la ex mujer de Rafi e hija de los marqueses, Myriam de la Sierra, reconoció en el libro «¿Por qué me pasó a mi?» (Espasa, 2013) sus dudas respecto al autor material. Dice, literalmente, en la página 110: «No se si fue él quien disparó pero no había ninguna duda de que había estado allí». En eso coincide con García-Montes, que sostiene que sí pudo estar presente pero que fueron cinco personas (una de ellas mujer, por un lazo del pelo encontrado en el lugar de los hechos) y que, desde luego, Rafi no fue el autor material dado que no tenía, según un informe psiquiátrico, «capacidad, intelecto ni voluntad para matar». En cualquier caso, él ya no puede disfrutar de una posible revisión del caso y el autor material (si es que fuera otra persona aún libre) tampoco podría ser condenado porque los delitos habrían prescrito, pero «no se trata de eso». «Esto va de defender la verdad y de limpiar la imagen de Rafi», dice el letrado, porque además de cliente, Rafi fue su amigo. Así, García-Montes ultima ya el recurso de revisión que va a plantear ante el Tribunal Supremo aportando estas declaraciones y algún «as» que quizás guarda bajo la manga el abogado. Este recurso «procede sólo contra actos administrativos firmes cuando quepa dudar de su validez en función de documentos o sentencias firmes de los tribunales». Y así lo entiende el abogado, que pone en duda la versión «oficialista» del caso. Comenzó a llevar la defensa de Rafi en septiembre de 1983, cuando ya había sido condenado por la Audiencia Provincial a 26 años, 8 meses y un día por el asesinato de Manuel de la Sierra (54 años) y de Mª Lourdes de Urquijo (45 años). En total, 53 años de prisión. Pero, ¿cómo llegaron los investigadores hasta Rafi?

Los casquillos de bala hallados en la escena del crimen eran del mismo calibre que los encontrados durante el registro de la finca familiar de los Escobedo en Moncalvillo de Huete (Cuenca). Aunque el inspector del caso dijera después que no se podía certificar que hubiera sido disparado por el mismo arma, el ex yerno de las víctimas fue arrestado y trasladado a los calabozos de Sol. Fue el 14 de abril de 1981. Allí le mostraron a su padre, también arrestado. Rafi denunció haber sufrido «tortura siciliana» (le desnudaron y se mofaron de él) y que, ante las amenazas vertidas sobre su padre (si arrestaban a éste, su madre Ofelia, «lo que más quería», se «moriría») firmó una confesión «en un papel cuadriculado» que la misma autopsia desmentía. Y es que, en aquel documento, Rafi aseguró haber disparado «a metro y medio» de los pies de la cama. Sin embargo, los forenses determinaron que la marquesa había muerto de dos disparos a quemarropa (en la carótida y a 20 centímetros del incisivo) y uno sobre el marqués. Éste fue a bocajarro y en la nuca. Todas estas contradicciones por las que probablemente hoy no habría podido ser condenado, no sirvieron entonces para librar de la cárcel al ex yerno, que nunca fue del agrado de la familia. Pero ¿qué pasó realmente aquella noche? Según García-Montes, la sentencia, con su mítica frase «solo o en compañía de otros», deja muchas dudas. La mañana del homicio se concatenaron una serie de extrañas circunstancias. Uno de los principales sospechosos siempre fue Diego Martínez Herrera, administrador de los marqueses. Apareció de luto sin saber aún, supuestamente, que sus jefes habían fallecido por causas violentas. Ordenó lavar los cadáveres a altas temperaturas y pidió a los vigilantes jurado que ese día no fueran a trabajar, por lo que nadie escuchó nada. También se dice que destruyó pasaportes y papeles, entre los que podría estar un testamento en el que desheredaban a los hijos. Porque otro de los sospechosos siempre fue el primogénito de las víctimas, Juan Manuel de la Sierra (se llegó a hablar de «parricidio»), que tiró a la basura los casquillos de las balas que mataron a sus padres. Tampoco su hermana Myriam se libró de estar en el punto de mira. Fue criticada su actitud de presentarse en el domicilio familiar dos horas más tarde de ser avisada «porque tenía que llevar al colegio» al hijo de su entonces pareja, Dick, «El americano».

A pesar de todo, Rafi fue condenado. En prisión no logró recuperarse de su adicción a la cocaína y apareció colgado en su celda número 4 de la segunda planta el 28 de julio de 1988. Tenía 33 años. García-Montes sostiene que fue un homicidio porque la autopsia reveló que había 14 miligramos de ciaunuro puro en sus pulmones. «Le dieron cianuro y él, creyendo que era droga, lo esnifó», dice. «No había óxido de los barrotes en sus manos ni ninguno de los signos de ahorcamiento». Cree que le colgaron después de morir. El letrado asegura que hay unas memorias de Rafi escondidas en algún lugar de Mexico que sólo saben él y su amigo René Reinoso. En ellas, cuenta quién es el asesino de los marqueses. ¿Sandrán a la luz algún día? ¿Serán sólo un capítulo más de este guión de película?

¿DOS BALAS COMO LAS DEL CRIMEN?

Estos dos proyectiles proceden de la pistola con la que pudieron efectuarse los tres disparos que acabaron con la vida de los marqueses. Eran del calibre 22, el mismo que los encontrados en la finca de Rafi Escobedo en Moncalvillo de Huete (Cuenca) pero no se pudo probar que fueran disparadas por la misma pistola. El arma homicida fue arrojada supuestamente al pantano de San Juan por Javier Ansatasio, amigo de Rafi y que, tras ser detenido y pasar tres años en preventivo en Carabanchel, se fugó a Brasil, donde vivió huido de la Justicia 30 años sin mayor problema. Ya de vuelta en España, reconoció haber acercado a Escobedo a Somosaguas la noche del crimen y haberse deshecho del arma después.