La columna de Carla de la Lá
Carla de La Lá

Hay que aceptarlo ¡No somos Brigitte Bardot!

Carla de la Lá huye en verano al norte ya que no puede soportar el calor ni todo lo que ello conlleva

En verano procuro poner a salvo a mi familia y mi persona del verano mismo huyendo al norte. Y no es que me guste especialmente pasar frío, bañarme en aguas gélidas o contemplar la lluvia tras los cristales jugando con los filtros de instagram... No huyo del sol sino de la fealdad que provoca el calor, mucha más de la que mis sensibles retinas pueden tolerar.

Yo me refugio en el norte, queridos míos para recibir la menor cantidad posible de veranidad, de Caribe mix, de verbena y de abanicos golpeando el pecho de las señoras que lo agitan tanto que sudan más, de individuos desahogados, con el móvil como única actividad conocida, venga a hacerse selfies de piernas y pies...

Me cuentan que el hombre más rico del mundo, Carlos Slim, veranea en una aldea enana de Galicia, entre vacas y moñigas, ¿será verdad? ¡Qué gente tan bonita hay en Galicia!, qué amables, qué dulces y tan sencillos que te da pudor hablar con ellos casi... aunque claro, de esas modestias siempre acaban saliendo las grandes fortunas como Inditex... ¿Sabían que el magnate Francois Pinault, propietario del segundo mayor grupo en el mercado del lujo internacional (Gucci, Boucheron, YSL, Balenciaga, Bottega Venetta, Christies...entre otras marcas) era un campesino paupérrimo que dejó el colegio porque le llamaban paleto sus compañeros? El verdadero lujo solo puede ser ideado por un pobre. Para una persona que ha sufrido necesidades, el lujo es Dios.

Pero vayamos a lo nuestro, en el ecuador del verano 2018, analicemos juntos algunos de los espantos estivales con los que, no me cabe duda, coincidirán conmigo: Para empezar, el cuerpo y el alma humanos no están preparados para tan altas temperaturas por lo que el calor somete a nuestro organismo a un estrés que viene a sumarse a los estreses naturales de la vida, que ya arrastrábamos en primavera.

Para adaptarnos a estos rigores, hombres y mujeres debemos hacer malabarismos: beber litros y litros de líquidos, que nos mantienen hinchados y barrigudos con la tensión por los suelos; cambiar de residencia y modificar casi todos nuestros hábitos por el bien común. El calor exige, por ejemplo, una higiene profunda y ¡claro! la persona que de por sí no es tan limpia... Apaga y ¡Vámonos!

En el terreno laboral, asimismo, al perezoso, al que era vago de por sí, el calor lo atrapa y lo revuelca, lo desfonda ¡Menos mal que dura poco el verano, momento de laxitud universal!. Las altas temperaturas, naturalmente, nos precipitan a un cambio de vestuario, lo que supone más y más estrés, rabia y desazón, e introducir elementos diabólicos como la fatigosa sandalia o la chancleta que es signo y símbolo de la falta de autoestima y respeto por los demás.

Los hombres sacan a pasear sus camisetas de algodón. Las mujeres visten toda la gama de prendas y accesorios azul turquesa y las más jóvenes no se quitan el minishort.

Recuerdo a mi abuelita horrorizada en Los Ángeles, ante la presencia de familias enteras de obesos en shorts. No es gordofobia, ¿eh? En mi familia hay personas delgadísimas y personas con sobrepeso, pero el común denominador es que nadie enseña nada que no interese mostrar; yo personalmente encuentro más atractiva a a una persona rellenita que a una delgaducha, me cae mejor la gente con cierta laxitud y hedonismo, amigos queridos, pero el problema no es el peso, es la escasa autocrítica y un vestuario también escaso, insuficientes ambos... A cualquier puesta en escena en paños menores hay que mentalizarse y acostumbrarse...

Ah... si la gente tuviera más conocimientos de estética... pero, no es el caso; la realidad es que la mayoría de los seres humanos no nos parecemos en nada a Brigitte Bardot; el común de los mortales es feo, asumámoslo: los flacos están mal en la piscina y los gordos se desparraman. Me río yo del #bodypositive, lo que hay que hacer es tener consideración y taparse, ¡estarán conmigo!.

En verano, hombres y mujeres pasean por las orillas de las playas en trajes de baño de vivos colores: destruyendo paisajes, arruinado las fotos e inhibiendo cualquier conato de romanticismo o consciencia plena. ¡Maldigo el día en que los Hombres descubrieron el Arte de la estampación textil! Los condenaría a dar una tras otra infinitas vueltas a la península ibérica, mojándose sus piececitos.

Y cómo no, a este panorama que no hubiera imaginado ni Jheronimus van Aken, El Bosco, se unen, por si no tuviéramos suficiente, las rebajas; entramos en zara o en mango o donde quiera que haya rebajas, lo cual de por sí es odioso y cutre y cansado e innecesario. Nos ponemos a mirar trapos_ todo feo, vulgar, arrugado sucio..._pero seguimos mirando (como comprar lotería de navidad, una estafa autoinflingida dulce y neuróticamente).

¿Y qué me dicen de los hombres que acompañan, que siguen a sus novias, mujeres ¿dueñas?... a escasos centímetros en todos los establecimientos donde se ofrecen rebajas para mujeres? ¡Señor! tendremos que encontrarnos a estos zombis de pupilas dilatadas, transitando lentamente, conquistando los pasillos, probadores, percheros, cajas registradoras por donde extienden su mano verde... descuelgas un vestido y saltan sin un ojo, desorientados, confusos, aturdidos, desconcertados. Mujeres, ¡Liberadlos!

Y mientras media España se encamina a urgencias con el cerebro derretido por el calorón, yo escribo con un jersey bien gordo en un frondoso jardín y les regalo, para terminar, el #hit del verano 2018: lo llaman #summerblazer, pero todos sabemos que su verdadera precursora, a la que dedico un sentido homenaje, fue la visionaria Rita Barbera; con ella se fue la persona que más y mejor ha lucido la chaqueta americana de manga corta. DEP