Parlamento Europeo
José Antonio Alonso

Orban y las batallas de Estrasburgo

En una reentré atípica, bajo un sol radiante pero con la sombra de grandes desafíos como el Brexit y el populismo por delante, el Parlamento europeo calienta motores de cara al debate sobre el Estado de la Unión que protagonizará este miércoles el presidente de la Comisión, Jean Claude Juncker. Será su cuarto discurso de este tipo ante la eurocámara, también el último. Juncker dirá adiós en medio de un ambiente plagado de interrogates en las instituciones comunitarias.

El ex primer ministro luxemburgués hará repaso sus cuatro años al frente de la Comisión, haciendo balance de las prioridades que se marcó su equipo al principio de mandato, allá por 2014, cuando la crisis económica quizá no dejaba ver los males que se larvaban entonces y ahora afloran por todos lados. También pretende fijar unas mínimas pautas para lo que queda de mandato, apenas ocho meses, ya que la Eurocámara concluye sus trabajos en abril, semanas antes de que, a finales de mayo, se celebren los comicios que han de marcar una nueva etapa en la Unión.

Pero las circunstancias no han querido dejar a Juncker todos los focos en una semana plagada de protagonistas. Empezando por el primer ministro húngaro, Viktor Orban, que mañana tomará la palabra para defenderse de quienes acusan a su Gobierno de atentar contra los principios básicos de la Unión como los derechos humanos, la dignidad, la democracia, el Estado de Derecho. Toda una batería de anatemas inimaginables casi en tiempos pasados y con los que ahora se convive a disgusto, como quien soporta un mal menor. Los eurodiputados debatirán si iniciar contra Hungría el procedimiento establecido en el artículo 7, que contempla sanciones recogidas en los tratados como los derechos de voto de ese país en el Consejo.

Orban promete vender cara su piel, y se espera que ofrezca una resistencia numantina que culminará con rueda de prensa. El hombre que más leña ha echado a la hoguera del caos migratorio no está dispuesto a ceder en su deriva autoritaria, cada vez más cómodo por el apoyo mayoritario de los electores de su país y en medio del resurgir del populismo en otros puntos del continente. La medida necesitará la mayoría de los diputados y dos tercios de los votos contabilizados. Será difícil que prospere, pero ¿y si así fuere? ¿Qué puede hacer el Partido Popular Europeo, presidido por el aspirante a presidente de la Comisión, Manfred Weber, si fuese aprobado el procedimiento de castigo? La división en la formación parece inevitable, ya que a estas alturas quién puede hoy en la UE tener como socio alguien que no respeta el Estado de Derecho ni las elementales reglas democráticas?

Y si Orban es considerado como una de las grandes amenazas internas de Unión, otro archienemigo no tan lejano, el primer ministro griego, Alexis Tsipras, acude este martes al Europarlamento para hablar, paradojas de la política, del futuro de la UE. Del futuro desde la perspectiva de Atena: un convaleciente recién salido del último rescate pero enfermo crónico para las próximas décadas.

Y en medio de estas y otras batallas como los debates sobre el Cuerpo Europeo de Solidaridad, o la normativa sobre derechos de autor, el control de emisiones en los coches encenderá las alarmas en más de una factoría. Anoche, el comité parlamentario respectivo elevó las pretensiones de reducción de emisiones de dióxido de carbono para coches y furgonetas un 45% entre 2021 y 2030, muy por encima del recorte del 30% que pedía la Comisión y del 20% que ofrecía la industria, que ya ha alertado de que, si la medida prospera, se arriesga el futuro de muchos puestos de trabajo.