Elecciones
Pedro G. Poyatos

Suecia mantiene el cordón sanitario a la extrema derecha

El empate entre los bloques de izquierda y conservador complica la formación de Gobierno y conduce al país a una parálisis inédita

Apenas un puente separa en el centro de Estocolmo el Parlamento (Riksdag) del Gobierno (Rosenbad). Una corta distancia que, sin embargo, le va a parecer kilométrica a quien finalmente sea el nuevo primer ministro sueco. Tras las elecciones del domingo, el panorama político del país nórdico parece haberse convertido en un difícil puzzle cuyas pieza nadie sabe cómo encajar.

Ahora le corresponde al presidente del Parlamento iniciar los contactos con los nueve partidos antes de proponer un candidato a primer ministro una vez que el Riksdag reanude sus sesiones el 25 de septiembre. El elegido tendrá cuatro oportunidades y no necesita obtener una mayoría absoluta (175 de los 349 diputados), sino no contar con una mayoría en su contra. Si fracasa, el presidente de la cámara podrá repetir las consultas y designar a otro aspirante. Si tampoco tiene éxito, Suecia se verá abocada a nuevas elecciones.

A falta de que mañana la autoridad electoral dé a conocer los resultados definitivos tras contar el voto exterior (200.000 papeletas), el bloque del centro izquierda, liderado por el primer ministro socialdemócrata Stefan Löfven, y el de la derecha del conservador Ulf Kristersson, se encuentran en un virtual empate. Sólo les separa un diputado y 29.000 votos a favor de los primeros. En concreto, la izquierda suma el 40,6% y 144 escaños y la derecha el 40,3% y 143 diputados. Como fiel de la balanza, se sitúan los populistas antiinmigración y eurófobos Demócratas Suecos (DS) de Jimmie Akesson (17,5% y 62 diputados), con los que nadie quiere contar para gobernar.

Como recuerda a LA RAZÓN Niklas Bolin, profesor de Ciencias Políticas de la Mid Sweden University, «todos los partidos dicen que aún no cooperarán con la SD. Por lo tanto, creo que es poco probable que se le invite a tomar parte en la formación del gobierno». Sin embargo, advierte de que la puerta ahora cerrada podrá comenzar a abrirse a largo plazo. «Hay algunos políticos a nivel local, principalmente en los moderados, que transmitieron sus deseos de cooperación con los Demócratas Suecos y lo que sucede a nivel local a veces es un buen pronóstico de lo que suceder más tarde a nivel nacional», explica Bolin.

Tras la amarga noche electoral, las direcciones de los partidos suecos mantuvieron ayer sus primeras reuniones internas para analizar unos resultados que no cumplieron las expectativas de nadie y que conducen a Suecia al desconocido terreno de la inestabilidad política. Una tendencia que se repite elección tras elección en el resto de Europa. Merkel necesitó seis meses para componer su tercera Gran Coalición con los socialdemócratas y España tuvo que repetir sus elecciones. «Pasará un tiempo antes de que haya Gobierno, pueden ser semanas, pero también meses», advierte el secretario general del Partido Socialdemócrata (SAP), Anders Ygeman, que con su 28,4% mejora los malos augurios de los sondeos, pero encaja su peor resultado desde 1911. La mitad de sus antiguos votantes abrazaron las ideas de los Demócratas Suecos.

Ante las caras largas de los asistentes que acudieron a la noche electoral del SAP, Löfvendescartó dimitir e hizo un llamamiento a sus rivales de la Alianza de centro derecha para evitar que los ultras tengan la llave del nuevo Gobierno. «Por supuesto que estoy decepcionado. Decepcionado por el hecho de que un partido con raíces en el nazismo haya ganado tanto poder en nuestra época».

Precisamente, el debate sobre si los partidos tradicionales deben mantener el cordón sanitario frente a los populistas se ha reabierto tras una elecciones que han acabado con el eje izquierda-derecha en la política sueca. En sus primeras declaraciones, todos descartan sentarse a negociar con DS. En la coalición de centro derecha, moderados y democristianos son más favorables a aceptar los votos o la abstención de los Demócratas Suecos para llegar al poder. De ahí que Akesson hiciera ayer sus primeros guiños a ambos, al recordarles que los tres partidos suman 155 escaños, más que la izquierda (socialdemócratas, verdes y ex comunistas) y los restos de la derecha (liberales y centristas), que no quieren ni oír hablar de contemporizar con los populistas. «Está claro que la estrategia de los otros partidos consiste en tratar de excluirnos. Yo invito a Ulf Kristersson a decidir conmigo cómo gobernar este país», de ahora en adelante, retó Akesson al líder conservador antes de advertir de que «votaremos contra cualquier Gobierno que no nos dé influencia acorde con nuestro tamaño como tercera fuerza del Riksdag».

Por ahora los moderados prefieren ignorar los conatos de sirena populistas y se muestran convencidos de poder gobernar pese a estar por detrás del centro izquierda. «Nada ha cambiado, el primer ministro tiene que dimitir, no jugar a ser presidente del Parlamento», insiste Gunnar Strömmer, secretario general de los moderados.

A menos que el voto en el exterior decante el resultado a favor de la derecha, como ya ocurrió en 1979, el horizonte que se le presenta al Kristersson en el seno de la propia Alianza no está en absoluta despejado. No sólo liberales y centristas rechazan un acercamiento a Akesson, sino que estos últimos ya han advertido de que se opondrán a tratar de formar gobierno si no son los más votados. «Es más realista prever -opina Nicholas Aylott, politólogo de la Universidad Södertörn de Estocolmo– que el centro y los liberales tolerarán públicamente a otro primer ministro socialdemócrata».

La excepción política nórdica

Entre sus vecinos nórdicos, Suecia es la excepción a la hora de marginar a las fuerzas populistas de derechas del juego político. En Noruega, el Partido del Progreso comparte Gobierno con los conservadores de Eran Solberg desde 2013. Asimismo, en Finlandia, los Verdaderos Finlandeses forman parte de un tripartito con conservadores y liberales. En Dinamarca, el Partido del Pueblo Danés aporta un decisivo apoyo parlamentario al Gobierno liberal de Lokke Rasmussen.

El perfil

Jimmie Akesson, líder del partido ultraderechista Demócratas Suecos (39 años) siempre ha abrazo el nacionalismo, incluso desde niño, cuando, según él mismo recuerda, «se negaba a jugar al hockey de mesa si no podía tener los jugadores azules y amarillos», los colores de la bandera sueca. En la Universidad de Lund se matriculó en cursos de Derecho, Económicas, Política y Filosofía, pero no llegó a acabar ninguna carrera. En su adolescencia, militó en las juventudes del Partido Moderado, pero el apoyo de los conservadores al ingreso de Suecia en la UE le hizo tirar la toalla y sumarse a la antigua Asociación de la Juventud Demócrata de Suecia. Antes, con solo 19, fue elegido concejal de su ciudad natal. Sin embargo, su ascensión política llegó en 2015, cuando se impone a Mikkael Jansson como líder de los Demócratas Suecos, una formación entonces marginal nacida en 1998 de las cenizas del grupo neonazi «Mantén Sueca a Suecia». En su labor de acabar con la parafernalia ultra para hacer al partido elegible, el joven diseñador web terminó con los desfiles con uniformes nazis y sustituyó del escudo del partido (la llama azul y amarilla) por unas inocentes flores amarillas con fondo azul. En su operación de «desnazificación», Akesson lanzó en 2012 una política de «tolerancia cero» contra los comportamientos racistas que acabó con la expulsión de un centenar de miembros y la fulminación de la rama juvenil.