El Gobierno de Donald Trump
Julio Valdeón

¿Todo vale para destronar a un presidente?

El debate está servido desde que «The New York Times» publicó un anónimo contra la Casa Blanca. Reporteros del propio diario critican la decisión

«Soy parte de la Resistencia dentro de la Casa Blanca de Trump». Así abría la columna anónima de «The New York Times» que ha puesto patas arriba el ecosistema político de EE UU. Un movimiento audaz, discutidísimo y un punto visceral, que trata de alguna forma de imbuirse de un espíritu romántico y tiene al quién es quién del periodismo y la función pública haciendo quinielas respecto a su autoría. No en vano el autor, o autora, explica que él y otros altos cargos de la Administración dedican sus días a limpiar de papeles la mesa presidencial, no sea que se le ocurra firmarlos, así como a ignorar sus arrebatos e incluso, a desobedecer muchas de sus órdenes. Un relato que coincide con lo expuesto por el prestigioso reportero Bob Woodward en su nuevo y dramático libro, «Fear (Miedo): Donald Trump en la Casa Blanca.

Kevin McCarthy, líder de la mayoría republicana en el Congreso, publicaba ayer un artículo en el «Times» donde opina que el misterioso anónimo «está frustrando los deseos del presidente legítimamente elegido». También, que estamos ante un subversivo. Un hombre de poco coraje. Alguien incapaz de comprender que la supuesta amoralidad del presidente responde al hecho de que no comparten los mismos puntos de vista. Lejos de dimitir o de firmar la pieza, el autoproclamado héroe de la Resistencia torpedea la voluntad popular al tiempo que abre una crisis constitucional. McCarthy aprovecha para disertar sobre una de las ideas motrices de Trump: la existencia de un Washington solipsista y encismado, la «ciénaga», el «pantano», que trabaja para sus propios intereses. Ha quedado claro, dice, que existe una clase política permanente en Washington que cree que tiene el derecho divino de gobernar al pueblo. Incluso podríamos llamarlo el Estado profundo [deep state]. Los miembros de esta clase política dicen amar la democracia, pero «trabajan diligentemente» para «aislar» al Gobierno de las decisiones democráticas. Dicen amar las normas que protegen al Gobierno constitucional, pero rompen las normas constitucionales del poder ejecutivo».

Dentro del propio «The New York Times» («NYT») la publicación del artículo habría generado un monumental debate. Los reporteros de investigación, la otra joya de la corona del veterano rotativo, no fueron informados de la publicación. Cuentan que algunos apuestan por investigar la autoría del artículo. Si ellos, que tantas veces se la jugaron para proteger el sacrosanto anonimato de las fuentes, han de transigir con una jugada que, con independencia de las bondades que aireen sus defensores, más allá de que pretenda o no garantizar la seguridad de quien dice trabajar, traiciona la deontología y los códigos éticos del periódico.

La polémica es digna de incorporarse a los cursos que imparte en Harvard el filósofo Michael J. Sandel, premio Príncipe de Asturias de Humanidades. En su cuenta de Twitter, Jodi Kantor, una de las periodistas de investigación más destacadas del «NYT», se pregunta «si los reporteros del Times ahora deben tratar de desenterrar la identidad de un autor cuyo anonimato nuestros colegas en Opinión han jurado proteger». «¿O todo el periódico está obligado por la promesa del anonimato? No lo creo, pero esto es fascinante. No estoy segura de que exista un precedente». Kantor, que este mismo año ganó el Pulitzer (junto a su compañera Meghan Twohey y el periodista del «New Yorker» Ronan Farrow), por su trabajo sobre Harvey Weinstein, desvela una conversación con James Bennet, jefe de Opinión del «Times», que dice estar “muy preocupado por preservar el anonimato del escritor, pero entiendo que los periodistas hagan su trabajo”».

Luego está el riesgo, bien explicado por David Baulder en «The Washington Post», de que alguien, empezando por los reporteros del «NYT», resuelva el acertijo y que resulte que no es alguien excesivamente conocido. Muchos creen que el autor podría ser Mike Pence, habida cuenta de que usa una palabra antigua y rara, «lodestar», que acostumbra a aparecer en sus discursos. Pero, y si al final se trata de un cargo de tercera o cuarta fila. O un funcionario importante pero más o menos ignoto para el gran público. Peor que la supuesta violación de los códigos del periodismo sería, tal vez, el bochorno de que todo fuera una hiperbólica mascarada.