Historias
Por JAVIER VERMENDI - Desperta Ferro EDICIONES

El Rey del veneno

Si alguien dominó el peligroso arte de la toxicología en la Antigüedad, sin duda fue Mitrídates VI.

Durante su vida, el veneno fue un fiel compañero de viajes de Mitrídates el Grande (135-63 a. C.), monarca helenístico del reino del Ponto, en las costas del mar Negro. Su padre murió envenenado y el propio Mitrídates frustró varias conjuras contra su vida, al tiempo que de esta sibilina manera se quitaba de en medio a sus rivales políticos, madre y hermano incluidos, a los que despachó con unos pasteles de miel condimentados con arsénico.

Ya de niño, Mitrídates mostró especial pasión por los venenos y soñaba con ser inmune. Tras centenares de experimentos con esclavos, reos, compañeros y consigo mismo, terminó desvelando una paradoja farmacológica que hoy se estudia: los venenos pueden ser tan beneficiosos como letales.

Mitrídates adoraba el espectáculo y la teatralidad, y a menudo celebraba veladas destinadas no solo a entretener a la concurrencia, sino también a reforzar su fama de invencibilidad. Imaginemos uno de estos banquetes. Una vez que los invitados se hubieran recostado convenientemente en sus divanes, los enturbantados hindúes hipnotizarían a sus cobras con la sinuosa música de sus flautas y los adiestradores de serpientes psilos permitirían que les mordieran algunas de sus víboras libias. Los chamanes escitas, por su parte, extraerían el veneno de los colmillos de una sierpe de las estepas para que, acto seguido, un arquero untara con aquella mortífera sustancia una de sus flechas y asaeteara a un reo condenado a muerte, silbando el proyectil sobre las mismas cabezas de los convidados para mayor alborozo de estos. En otro de los convites, un herborista dosificaría ante los ojos de los invitados algún veneno letal, que vertería sobre un suculento plato y se lo serviría a otro reo. Mitrídates iría comentando el proceso mientras sus huéspedes observaban los efectos del veneno sobre el prisionero. Pero el suspense aumentaría aún más cuando los sirvientes ofrecieran ¡el mismo plato a los convidados... con una dosis de veneno ligeramente inferior, por supuesto! Entretanto, los presos moribundos serían sacados a rastras del banquete, pues a continuación se probaría en ellos la eficacia de los correspondientes antídotos. Acto seguido, entre grandes alharacas y bromas, Mitrídates espantaría a sus invitados pegando un buen trago de veneno de serpiente (había descubierto que puede ingerirse sin peligro, pues solo resulta mortal cuando penetra en el torrente sanguíneo). Pero la culminación de la velada llega cuando los convidados son apremiados a condimentar el cordero asado del monarca o su copa de vino con arsénico o belladona. Con una gallarda sonrisa, el Rey del Veneno levantaría su copa envenenada en un brindis a la concurrencia y la apuraría de un trago. ¿Ideas para Nochebuena? De hecho, Mitrídates se gana un lugar en la literatura y la cultura popular occidentales precisamente gracias a su dominio de los venenos y a su longeva existencia. Su nombre cristalizó en el término castellano mitridatismo, que designa la resistencia a los efectos de un veneno adquirida mediante su administración prolongada y progresiva. Con algunas sustancias, en efecto, el proceso resulta eficaz. Es posible, por ejemplo, desarrollar una tolerancia a ciertas dosis de arsénico que resultarían letales para las demás personas, y en la Antigüedad ya se observó que determinados pueblos de Libia, Armenia o Egipto eran inmunes al veneno de los insectos, escorpiones y víboras locales. También se creía que cualquier veneno de origen natural tenía su antídoto en la propia naturaleza. Por ello, Mitrídates combinó pharmaka tóxicos con otros beneficiosos en su elixir secreto, que más tarde se conocería con su propio nombre, «mitridato».

Receta

Las esencias sanadoras se destilaban incluyendo diminutas cantidades de veneno en un electuario, una pasta aglutinada con miel, que se moldeaba en forma de píldora del tamaño de una almendra, y el rey comenzaba cada uno de sus días ingiriendo una de ellas, con ayuda de un trago de agua fresca de manantial. Al parecer, la fórmula no causaba serios problemas físicos y estimulaba el sistema inmunológico, pues las fuentes antiguas coinciden en que Mitrídates disfrutó de una excelente salud y de un gran vigor sexual a lo largo de su extensa vida. A su muerte, el llamado elixir de Mitrídates sería consumido por emperadores romanos, mandarines chinos y reyes y reinas europeos entusiastas de la homeopatía.

PARA SABER MÁS
EL FARO DE CÁDIZ

El faro romano de Cádiz sobrevivió hasta la época de las primeras Taifas, en 1145. La descripción que nos traslada el erudito almeriense Al-Zuhri, corroborada gracias a un dibujo de la época encontrado en la ciudad, nos lo presenta como una construcción de más de 50 metros de altura, en forma escalonada, coronada por una espléndida escultura bañada en una fina capa de oro. La figura representada era probablemente la de Hércules, manteniendo el brazo izquierdo extendido en dirección al Estrecho, y el derecho sobresaliendo de entre su túnica portando en la mano lo que podría ser una llave, aunque un musulmán presente en su demolición afirma que era una especie de látigo. A la salida del sol y durante su ocaso, esta estatua reflejaba diferentes colores: rojo, verde, y un azul semejante al lapislázuli. Sobrevivió a un intento de destrucción a comienzos de la conquista árabe. Pero en el caos que sobrevino a la caída del califato de Córdoba, el emir de la ciudad decidió hacerse con la estatua, que suponía de oro macizo. Su desaparición coincidió con el final de las grandes incursiones normandas en Andalucía, cosa que la población local asoció a la destrucción del «ídolo».