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Patricia Navarro

Juan José Padilla: «Me voy en el mejor momento de mi carrera»

Ha vuelto. A nacer. Dice que Padilla solo tiene una vida, pero a principios de julio sufrió otra cogida impresionante que le arrancó el cuero cabelludo y reapareció en Pamplona, más pirata que nunca para despedirse de la plaza donde es rey. Se cayó aquello cuando puso un pie en el ruedo. Casi incontables son las cornadas. Le aguanta el corazón. Y el valor. «Padilla quédate» fue cántico sanferminero. Es un superhéroe. Aunque lo niegue.

A estas alturas. ¿Cómo se encuentra?

Bien, sin ninguna molestia. La herida de la cabeza tiene buen aspecto y sin infección.

¿Se queja poco o es un súper hombre?

No tengo motivo para quejarme, no me quiero hacer el duro, no soy de piedra. También he pasado mis momentos y mucho dolor en otras ocasiones. Esta cornada ha sido muy aparatosa, pero un milagro de Dios que no haya tocado el cráneo ni tenga ningún hematoma interno.

De ahí que, con los puntos, y antes de que pasara una semana volviera a torear en Pamplona.

No me gusta el victimismo. No iba mermado de facultades.

¿Ha visto las imágenes?

Sí, las he visto. (Y se hace el silencio). Son espectaculares. Me marca mucho la reacción de la cuadrilla cuando estoy sobre la arena.

¿Fue consciente de lo que ocurría?

Fui consciente cuando me levanté del suelo, cogí el cuero cabelludo, me intenté recomponer la piel, era dramático. Me sorprendió el griterío de los tendidos, no era lo normal de cuando te pega una cornada, era atronador y muy largo, veía que se echaban las manos a la cabeza y sabía que era algo dramático. Y por eso quise llegar a la enfermería por mi propio pie e intentar no marearme: quería dar sensación de tranquilidad, porque las redes sociales corren como la pólvora. Por eso, cuando entré a la enfermería hablé con el doctor para antes de operarme poder hablar con mi familia y tranquilizarles.

Está de retirada, pero la dureza de la profesión no perdona.

Cuando me visto de torero no pienso en que me voy a retirar, sino en ganarme la siguiente corrida. La retirada la siento cuando llego al hotel y noto el vacío y me entra una sensación de añoranza de saber que el año que viene ya no voy a torear en esa plaza.

Cuando vuelve a la cara del toro y hace exactamente lo mismo por lo que fue cogido. ¿Se olvida?

Está todo borrado. Son infortunios, accidentes, son batallas que los toreros no siempre ganamos; los toros también ganan las suyas.

«Padilla quédate» le cantaban en Pamplona, el día que reapareció y se despidió.

No tengo palabras para lo que viví allí. Vi a una Pamplona entregada con un torero que conservan para ellos, es mi feudo y me han defendido de principio a fin. Esa entrada... Cómo estallaron al hacer el paseíllo. No me esperaba ese «Padilla quédate» y queda marcado en mi corazón para siempre.

¿Qué le da miedo a un torero?

Intento disimular mis miedos. El miedo para mí es una profunda depresión. No afrontar la vida con la verdad. Recuerdo aquel día que me tuve que poner delante del espejo y asumir que el verdadero valor no era ponerme delante del toro, sino superar el problema que tenía.

¿Sabrá vivir sin ponerse al límite?

Tendrá que ser así. El toreo como en todo en la vida son ciclos y etapas que debemos ir superando. Me voy en el mejor momento de mi carrera.

En Pamplona le vimos más pirata que nunca.

Eso desbordó a todo el mundo, incluso a mí. Debatí con el médico las posibilidades que tenía para tapar la herida. Podíamos taparla con una gasa o un vendaje, pero parecía muy espectacular. Y se nos ocurrió la brillante idea del pañuelo y coincidió que fue en Pamplona. Así que sí fui más pirata que nunca. Me hizo sentir bien, iba feliz y fuerte: estaba tapando una herida, porque no quería provocar, sino hacerlo con suavidad.

39 cornadas y más operaciones todavía. ¿Tienen secretos para usted los quirófanos?

Todavía los tiene. La suerte es que en las cornadas graves de verdad me han tocado médicos fabulosos.

Dígame un lugar para perderse.

Me pierde mi bahía, me vuelve loco. En Sanlúcar hay sitios maravillosos, Conil, La Barrosa, los Caños, Zahara...

Si no fuera torero.

Sería panadero, como mi padre, porque era la profesión en la que trabajaba y que sustentaba a la familia.

¿Qué le dice su padre ahora?

Mi padre me ha pedido en muchas ocasiones que me retire porque ya he cumplido muchos sueños.

El padre en la sombra.

Hay una anécdota muy bonita, porque el día que abro la Puerta del Príncipe de Sevilla, esa tarde mi padre no quiso venir a verme. Lo estaba pasando mal y no se veía con fuerzas. Me dijo el día anterior que no iba a venir y le dije «Papá te vas a perder la Puerta del Príncipe de tu hijo». El día de la corrida antes de que saliera para Sevilla me llamó y me dijo: «Recógeme que quiero acompañarte en tu Puerta del Príncipe». Y así fue. Luego lo conseguí. Fue una cosa muy bonita. Cuando llegamos al hotel nos fundimos en un abrazo y nos lo dijimos: «No nos lo podíamos perder ni tú ni yo». Pero también se siente orgulloso de Óscar y Jaime. Mis hermanos. Óscar dejó de torear después de mi cogida de Zaragoza y Jaime sigue vistiéndose de torero.

¿Tiene cura el veneno del toreo?

Yo creo que cuando entra ya no hay cura. Nunca acaba. Cuelgas el vestido de torear, pero después necesitas alguna dosis para apaciguar ese veneno interior. Esa necesidad.

¿Hay banda sonora para su vida?

Me gusta mucho la copla, mi padre escuchaba mucho a Marifé de Triana y luego tuve la oportunidad de conocerla. Después del percance, me llamaba casi todos los días. Siempre he escuchado sus canciones, «Madrina», «Torre de arena»...

¿Qué escucha antes de salir a torear?

Antes me ponía música, ahora lo que más hago es un FaceTime con mi familia: me relaja.

Después de estar al abismo tantas veces, ¿la fe flojea o se hace más fuerte?

Siempre más fuerte. Un hombre de fe no puede considerar que Dios tenga la culpa de los percances. Tengo la obligación de sentirme fuerte, porque además salgo indemne. La fe nunca flaquea; Dios es todopoderoso.

¿Qué superstición no logra quitarse?

No tengo superstición alguna. Dejo la montera bocabajo por respeto, pero en realidad me da igual... La sal me da igual, pasar por debajo de una escalera, cómo me den unas tijeras, la montera encima de la cama. Por respeto hago ciertas cosas, pero no me supone nada.

¿Un buen vino o cervecita fresquita?

Soy de vino. En la zona en la que vivo la manzanilla y el fino encajan siempre, pero no dejo de reconocer un buen tinto.

¿Celebra los triunfos?

Yo sí, y si no puedo porque salgo de viaje, me lo apunto. No los perdono.

¿Cuántas vidas tiene Padilla?

Vida tengo una y llena de ilusión. No soy un superhéroe.

¿Dónde dice adiós?

En Zaragoza. En la plaza donde pareció que se acabaría todo y todo empezó de nuevo.

¿Qué lleva en la maleta?

En la maleta de Juan José Padilla no falta la ropa de viaje y el neceser y lo que lleva aparte y con mucho esmero es la capilla que monta con dedicación en el hotel de cada plaza donde torea y lo que nunca mete en la maleta es la ropa que no se vaya a poner, no es su estilo pasearla.