Historias
Eduardo Kavanach- Desperta Ferro EDICIONES

Juliano el Apóstata «elevado» a emperador

El nombramiento de este célebre personaje, último emperador romano pagano, no pudo ser más peculiar.

Lutetia (la actual París), febrero de 360. El ejército romano de la Galia emplea la ciudad como cuartel de invierno. En los años anteriores la provincia ha sufrido repetidas incursiones bárbaras y el emperador Constancio II envía a su primo, Juliano, investido con el título de césar (segundo del emperador conforme el modelo tetrárquico), a resolver la situación. Cuenta para ello con un ejército no muy numeroso, pero sí experimentado. Contra todo pronóstico, el estudiante de filosofía se revela como un excelente estratega, derrotando repetidas veces a los invasores, poniéndoles en fuga y restableciendo el orden en la zona.

Ese invierno, sin embargo, la situación dará un giro dramático. El emperador Constancio, envidioso de los éxitos de su primo Juliano y, por encima de todo, temeroso de su creciente popularidad, le ordena que renuncie a sus mejores tropas y las envíe a Oriente, donde se prepara una campaña militar. Al oír la noticia, las propias tropas se sublevan con violencia, pues muy probablemente tenían esposas, hijos e intereses en la provincia, a quienes no querían abandonar y dejar en manos de la siguiente incursión de bárbaros. Llegada la noche los soldados se visten sus armas, rodean el palacio de Juliano y le conminan a que se muestre. Juliano se resiste pero, al rayar el alba, rompen las puertas y sacan al césar en volandas en medio de un gran clamor. A continuación le levantan sobre un escudo de soldado de infantería y, entre vítores, es proclamado emperador (augustus).

La elevación sobre el escudo de un nuevo rey es, sin lugar a dudas, una costumbre de tradición germánica y no romana que se explica por el gran porcentaje de germanos reclutados en el ejército romano de esta época. A continuación, los soldados buscan una diadema, signo de realeza (esta vez romano y no germano) con la que coronar al nuevo augusto. Al no hallarla, le ofrecen un collar de mujer, pero Juliano se opone, razonando que no era apropiado, como primeros auspicios, el empleo de una joya femenina para mostrar una autoridad superior. Ante esto, un portador del estandarte del dragón, de nombre Mauro, y miembro de la cohorte de los Petulantes (nombre correspondiente a la tribu de origen de sus reclutas), se arrancó el torques que llevaba al cuello a modo de insignia de su rango (propia de todo portaestandartes en esta fecha) y se la entregó a Juliano como diadema. Así comenzó uno de los reinados más peculiares de la historia de Roma.

PARA SABER MÁS
EL ORIGEN DE ESCALIBOR

La leyenda artúrica proporciona varias versiones acerca del origen de la espada de Arturo, la mítica Escalibor, no siempre coherentes entre sí. Godofredo de Monmouth (siglo XII) y Roberto de Boron (XII-XIII) recogían que la espada fue forjada por Uter Pendragón, padre de Arturo, en la isla mágica de Avalón, y este último debía extraerla de la roca en la que queda mágicamente aprisionada. En cambio, en el llamado «Ciclo Post-Vulgata» (1230-1240) la espada es ofrecida a Arturo por una mítica Dama del Lago –de carne y hueso– que acude a su castillo. En la «Vulgata» (ca. 1210-1230) Arturo ordena a uno de sus caballeros (Giflete) que arroje la espada al lago encantado y, al hacerlo, una mano emerge de las aguas para recibirla y llevársela consigo al fondo. Thomas Malory, en su libro «La muerte de Arturo» (1485), mezcla ambas historias e identifica las dos armas con Escalibor. Según «La Suite du Merlin» (ca. 1230-1240) Arturo rompe su anterior espada en combate contra Pelinor de Listenois y, en compensación, una mano surge de las aguas de un lago (acaso la Dama del Lago) y le ofrece Escalibor bajo la condición, eso sí, de que la devolviera llegada su última hora. En cuanto a la etimología del arma, los especialistas estiman que posiblemente derive del vocablo latino «chalybs» (acero) ligado al término galés «bwlch» (filo), aunque no lo podemos asegurar. Los orígenes de la Dama del Lago estarían en el culto precristiano a las aguas, muy popular en el ámbito céltico, deidades que recibían ofrendas en forma de objetos preciosos o armas, aunque, en este caso, al menos en una de las versiones, invierte su papel de receptora a oferente.