Historias
Eduardo de Mesa Gallego - Desperta Ferro Ediciones

Los tercios españoles, baluarte cristiano en el Norte de África

Los tercios españoles alcanzaron fama inmortal en los campo de batalla de Flandes, pero fue en el norte de África y en el Mediterráneo donde se creó y desarrolló la estructura que los convirtió en la mejor máquina militar de su época

Entre las olas del Mare Nostrum y la aridez de la tierra del Magreb, los tercios españoles se tuvieron que enfrentar a turcos, berberiscos, árabes y bereberes; allí obtuvieron importantes victorias, pero también sufrieron terribles derrotas que, seguramente más que los laureles, enseñaron a los soldados españoles la importancia de la cohesión y de la férrea disciplina que, posteriormente, sería una de sus cualidades más características.

La presencia española al otro lado del estrecho de Gibraltar estuvo garantizada por los tercios, a pesar de que las conquistas inaugurales las habían realizado las tropas de los Reyes Católicos. Cada año los tercios de Nápoles, Milán y Sicilia se embarcaban en las distintas escuadras de galeras al servicio de la Monarquía Hispánica para patrullar el Mediterráneo durante el verano, época propicia para la navegación y que era aprovechada por los corsarios berberiscos para lanzarse contra las costas opuestas en busca de botín y cautivos.

Cuando Felipe II comenzó a gobernar los territorios peninsulares en 1556, la amenaza que suponían los corsarios berberiscos se encontraba en su máximo apogeo, pero la situación se agravó aún más con dos reveses: en 1560 una expedición española fue derrotada en Los Gelves y dos años después una tormenta hundió parte de la Escuadra de galeras de España. En 1563, cuando parecía que la coyuntura solo podía empeorar, la ciudad de Orán y la fortaleza de Mazalquivir fueron asediadas por mar y tierra por el ejército de la Regencia berberisca de Argel al mando del beylerbey Hassán Pachá –hijo de Jareiddín Barbarroja–. El primer objetivo fue el fuerte de los Santos, que guardaba el flanco más lejano de Mazalquivir; tras hacerse con él, los musulmanes se dirigieron contra el de san Miguel, que servía de etapa intermedia entre aquella y Orán; si caía conseguirían cortar la comunicación entre las dos posiciones españolas, lo que facilitaría tomarlas por separado. «Fue el sitio largo, las baterías y asaltos muy a menudo, y grandísima la hambre y necesidades que allí se padecieron, en forma que no tenían ya los sitiados caudal ni valor para sufrir el peso de la larga calamidad del sitio, en que estaban ya tan necesitadísimos y cansados, con sólo un asno jumento sarnoso, que les había quedado de muchos que habían comido y les quedaba ahora éste sólo para comer. Estaban ya tan flacos y debilitados los pocos soldados que habían quedado, que ponía espanto a quien les veía. Porque todos, o los más de ellos, tenían las mejillas derechas desquijaradas y acardenaladas del continuo tirar y fuerza de las coces de los arcabuces y mosquetes, en las prolijas baterías y asaltos».

Inesperadamente, sus defensores resistieron durante veintidós días en los que sufrieron ocho asaltos encabezados por lo más granado del contingente otomano: los jenízaros y los spahis, rechazándolos todos. Sin embargo, llegó un momento en el que la posición estaba tan arrasada que era imposible seguir defendiéndola, por lo que los españoles tuvieron que replegarse a Mazalquivir. Dichas operaciones habían sido ejecutadas por una fracción de las tropas turco-berberiscas, ya que la mayor parte se encontraba ante la ciudad. Estas realizaron cuatro grandes asaltos, todos rechazados, pero la resistencia fue extremadamente cara ya que la población sufrió una constante lluvia de proyectiles que la fue destruyendo metódicamente. La suerte parecía estar echada: «[...] estaban sin esperanza de socorro, ni aun nueva de él. Por todo lo cual habían ya todos determinado, un día domingo, a 6 de junio, de conformidad, que en el jueves siguiente, que era de Corpus Christi, recibirle todos de madrugada con su capitán, el buen don Martín de Córdoba, y salir con él al campo a dar una encamisada al enemigo, al sueño del alba, para hacerle retirar o morir todos allí, [y] acabar de una vez, partiendo sus almas en sole[m]ne procesión para el cielo».

Afortunadamente para ellos, no fue necesario: cuando menos se lo esperaban, de repente, las velas de la armada de auxilio –34 galeras con 4.000 soldados y numerosos caballeros particulares al mando del almirante Francisco de Mendoza– comenzaron a verse en el horizonte al amanecer. Ante tal sorpresa, Hassán, que apenas contaba con naves ya que la mayoría habían marchado a Argel a recoger bastimentos, decidió levantar el sitio para no quedar cercado a su vez y se retiró en orden. Así concluyó el sitio de 1563, el verdadero punto de inflexión de la reacción de la Monarquía contra turcos y berberiscos.

Vida cotidiana en la Guerra de Cuba

Las preocupaciones de muchos de los soldados españoles enviados a la Guerra de Cuba se reflejan en sus cartas, que nos cuentan las «maravillas» con las que se encontraron: «Del país este debo decir que es riquísimo, por los montes se crían los cerdos silvestres, caballos y vacas por millones»; o se quejan de no recibir cartas de casa. También sabemos por ellas la importancia que tenían los retratos; las fotografías, entregadas en prenda a las novias y que se trataban de recuperar, a toda costa, a la más mínima sospecha de que estas hubieran buscado una nueva pareja. Otro de los temas recurrentes era la comida, que se preparaba en grandes recipientes metálicos. El vino era malo y no había más fruta que naranjas, plátanos y calabazas, se quejaba alguno; mientras que otro indica: «andamos mal vestidos y calzados, pero comemos bien de carne». Parece que la ropa fue otro de los temas manidos de la campaña. «Vamos a estar más limpios», se congratulaba un soldado en una de sus cartas dando a saber que iban a recibir ropa nueva. «La camisa y los calzoncillos no sé cuándo los he tenido –se quejaba otro– he tenido que tirarlos por causa de los piojos, que se crían muy gordos y algunos con cola y todo, y negros». Sin duda la higiene era escasa, tal vez incluso lo más limpio que tuvieran los hombres fueran sus armas, pues su vida podía depender de ellas.