Real(eza)
Amadeo-Martín Rey y Cabieses

Louis Carladès o Rainiero III de Mónaco

Amante del automovilismo, compitió bajo pseudónimo. Con el tiempo, se reconoció su labor deportiva.

Muchos príncipes han sido atraídos por la velocidad y los automóviles. En España, Alfonso XIII fue un gran aficionado al automovilismo. En algún caso constituyó una pasión enorme. Recordemos a Jorge de Bagration-Mouhkransy, príncipe de Georgia, dos veces campeón de España de rallies.

En septiembre de 1949, Rainiero III, príncipe soberano de Mónaco, se inscribió de incógnito en la Vuelta Automovilística a Francia bajo el nombre de Louis Carladès. Todo se descubrió al estar a punto de perder la vida en un aparatoso accidente en Boulogne-sur-Mer. Solía usar un bonito Panhard. Tenía una gran afición por los coches buenos y su colección contaba con más de un centenar, hoy visibles en la Monaco Top Cars Collection. Posteriormente, en 1953, compitió en el Rally de Montecarlo con el mismo nombre de Louis Carladès. Con el tiempo se le otorgó la Medalla de Oro del Deporte del Motor de la International Automobile Federation.

Rainiero escogió para estas competiciones deportivas un título histórico de su familia. El condado de Carladès es uno de los muchos títulos que corresponden al príncipe de Mónaco, y Luis era su segundo nombre y el de su propio abuelo Luis II de Mónaco. El título de Carladès o Carladez llegó a los Grimaldi monegascos cuando el príncipe Honorato II de Mónaco, en el siglo XVII, renunció a la protección de España poniéndose bajo la de Francia. En ese momento restituyó al Rey Católico el Toisón de Oro y perdió el marquesado de Campagna, en los territorios napolitanos de España. Como contraprestación a su nueva alianza, ratificada el 14 de septiembre de 1641 mediante el Tratado de Péronne, el 22 de mayo de 1642, obtuvo en Perpiñán de manos de Luis XIII la Orden del Espíritu Santo. Además el rey francés le envió una carta en la que le llamaba «mon cousin» (mi primo) y le otorgaba el ducado de Valentinois –que 150 años antes había sido de César Borgia– el marquesado de Baux en Provenza –título que llevan los príncipes herederos de Mónaco–, y el condado de Carladez en Auvernia, que formó parte de las posesiones de los Mónaco hasta la Revolución Francesa.

Pero Louis Carladès no era el único pseudónimo o apodo o sobrenombre usado o recibido por el príncipe Rainiero III. Su hija la princesa Estefanía de Mónaco le llamaba «Papounet» y el propio príncipe solía referirse a sí mismo como «Shorty», debido a su baja estatura. Siendo jovencito ingresó en el colegio Stowe, célebre public school inglesa, donde le motejaron como «Fat Little Monaco» (el gordito Mónaco). Ese apodo no contribuía a hacerle grata su estancia. Ningún familiar le visitaba allí y cuando terminó el curso de 1935 rechazó volver a la escuela ubicada en viejos e imponentes edificios que habían pertenecido a los poderosos Temple-Granville, en el siglo XVIII. A Peter Hawkins le confesó: «Allí no tenía ningún amigo. Era el único extranjero entre quinientos sesenta alumnos. La atmósfera de esa escuela que funcionaba en un viejo castillo era lúgubre. Un día llegué incluso a darme a la fuga...».

Otros apodos asignados a Rainiero III fueron «The Boss» y sobretodo «le Prince Bâtisseur» (el príncipe constructor) ya que durante buena parte de su reinado, y muy especialmente durante el tiempo de su unión con la princesa Grace, Rainiero III impulsó muchas obras públicas en el principado ganando superficie al mar. Se dice que tras la muerte de su esposa se convirtió más bien en el «príncipe triste». Nunca se recuperó del dolor sufrido por el fallecimiento de su adorada mujer.

Su carácter

Rainiero III supo gestionar su pequeño principado, de un modo casi empresarial, hasta convertir su precaria hacienda en algo especialmente boyante. Sus capacidades de gestor, ayudadas por la indudable atracción que su esposa y sus atractivos hijos ejercían, permitieron que Mónaco figurase como un paraíso económico mundialmente reconocido. Limitó sus poderes con la constitución de 1962, fue aficionado a la filatelia y tuvo la valentía de casarse con una actriz de Holywood, cuando eso no era aún común en un príncipe reinante. Las casas reales europeas hicieron el vacío a esa boda, pero con el tiempo reconocieron la valía de la princesa Gracia.