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Patricia Navarro

Miguel Ángel Perera: «Las cornadas se superan, pero no se olvidan ni las considero medallas»

Triunfó el día que José Tomás volvió a torear. Su única tarde. Un día de orgullo. Está de viaje. Constante. De aquí para allá en plena temporada. Unos se van de vacaciones; otro se juegan la vida.

Triunfó el día que José Tomás volvió a torear. Su única tarde. Un día de orgullo. Está de viaje. Constante. De aquí para allá en plena temporada. Unos se van de vacaciones; otro se juegan la vida.

Pues la gente en estas fechas se prepara para viajar, usted viaja para jugársela.

La gente va cargada con sus maletas para las vacaciones y yo estoy en otra cosa, pero me gusta y lo necesito. Es lo que llevo preparando el resto del año.

Toreó con José Tomás mano a mano en su única tarde. ¿Palabras mayores?

Puf es una tarde que tengo muy reciente además. Fue un sueño por muchos motivos. Por haber estado el día de su reaparición después de casi dos años sin torear, por compartir cartel con un torero que idolatro desde que era niño y yo quería ser torero y por cómo sucedió todo. Son tardes difíciles por la máxima expectación y todo lo que acarrea anunciarse con un torero como él. Y tuve la suerte de que me saliera un toro tan bueno que me dejara disfrutar y expresarme.

Ante tardes así, ¿uno se crece o se hace pequeño?

Era consciente de la repercusión mediática que tenía aquello para bien o para mal. He tenido la suerte de triunfar en plazas importantes como Madrid, pero esa en Algeciras son de las especiales por los condicionantes. Torear un mano a mano con José Tomás no está al alcance de cualquiera, haber sido yo y haber podido triunfar queda grabado para siempre.

Es uno de los pocos toreros que es independiente. ¿Cómo es ese camino?

Duro y cada vez más complicado. Cada día hay más unión entre las empresas e intereses contrapuestos, pero soy consciente y retrato una realidad, no me quejo. Sería una queja si no conociera el mundo en el que vivo. Es un camino que elegí hace años y que sigo defendiendo. Después, cuando las cosas salen, la satisfacción es más gratificante y te sientes orgulloso de mantenerte libre y sin imposición.

¿Le ha tentado alguna vez la facilidad del otro camino?

Hasta ahora no. Y no es que me tiente o no, es que me pongo a pensarlo y me cuesta entender mi profesión desde otro punto de vista. Sé que he dejado muchas cosas atrás, personales y económicas, pero me siento más feliz así.

¿El peaje, en parte, es empezar de cero cada año?

Yo sí. Después de la temporada pasada, de salir a hombros en Madrid, me lo he tenido que jugar todo a Sevilla y Madrid. Y si las cosas no ruedan ahí se pone todo cuesta arriba. La experiencia dice que hay que tener paciencia.

Son toreros jóvenes, pero vistos. ¿Renovarse o morir?

Totalmente. La tauromaquia llega además a un punto de perfección que es impensable y cada temporada cuesta más renovarse y sorprender, pero eso también está en la motivación personal y en la capacidad de cada uno de rebuscar.

¿Es más difícil jugarse la vida cuando es padre?

No sé si tiene tanta relación con ser padre como con el paso de los años. Con catorce años de alternativa, no ves la herida con el mismo ímpetu.

Pero luego sale el toro... ¿Y?

Pues que ahora te habla el hombre y luego sale el torero. Te vistes de luces y asumes la responsabilidad, el compromiso con el público...

¿Cuándo fue la última borrachera?

(Se toma su tiempo) No me acuerdo... así borrachera... Ah ya, en la boda de Tejela en junio. Luego otra cosa son tomarte unas copitas.

¿A qué no se acostumbra con el paso de los años?

A la hipocresía, a la falsedad, a la mentira. No la entiendo. Me cuesta que no haya verdad. Delante del toro y fuera.

¿Y al toro le echa alguna mentirijilla?

(Se ríe) Alguna se le echa y forma parte de la profesión, porque hay animales que no permiten la pureza y la verdad y tienes que recurrir a otra técnica.

¿Qué papel juega el dinero en toda esta historia?

El mismo que ha jugado de aquí para atrás. Es secundario. Nunca me he movido por dinero. He dejado tardes de torear, sin ni siquiera sentarme a hablar de dinero, porque primaba la dignidad, la categoría, el respeto. Y eso no significa que cuando toreas por supuesto que quieres ganar dinero y cuanto más, mejor, pero no he toreado más por ganar más.

Cuando Miguel Ángel se pierde, ¿dónde le encuentran?

En «Los Cansaos», es mi refugio (su casa de Olivenza).

¿Con qué político le gustaría sentarse a hablar?

Depende de para qué, pero quizá con Pablo Iglesias para saber por qué ese ataque, esa intención de prohibir nuestra profesión. Me encantaría que me argumentara.

¿Qué siente cuando llaman «asesino» a un aficionado por ir a una corrida de toros?

Siento impotencia. Indefensión porque una persona tenga que aguantar los insultos y las agresiones verbales, o físicas como en el caso de Bogotá, y las autoridades no hagan nada. Es una provocación y cualquier día puede saltar la chispa. Es elogiable la actitud de los taurinos. Cómo mantienen la calma, estoy seguro de que en otra disciplina no ocurriría lo mismo.

¿Cómo se llevan con las manías?

Tengo unas cuantas, pero por lo menos no voy sumando.

Por ejemplo.

No paso por debajo de un andamio, antes por mitad de la calle; el amarillo, dejo las luces de la habitación encendidas...

¿Pasa factura la tensión?

Sí. Sin duda. Ahora toreo menos y estoy más maduro, pero en las temporadas más álgidas, la de 2008 y por ahí... Era tremendo... en las tardes importantes me levantaba de la cama y la almohada estaba llena de pelos. Se acababa la temporada y en el invierno dejaba de ocurrir. ¡Y tenía 24 años!

Y las cornadas, ¿dejan huella también?

Unas más que otras, pero sí. La que más me marcó fue la de Salamanca por fuerte, dolorosa, grave y dura de recuperar. Tardé seis meses en volver. Y me marcó.

¿Se olvidan?

No. Se superan, pero no se olvidan. Me acuerdo de todas y he tenido suerte porque no me han dejado secuelas. Pero ni las olvido ni las considero medallas. Las cornadas vienen, pueden pasar, pero nunca vienen bien.

¿Qué es lo que más asusta del toro?

La mirada. Lo dice todo. Los hay que son bonitos de pitones y con la mirada te vuelven loco.

¿Cuál es esa cancioncilla que se le ha metido en la cabeza y no le abandona?

Pues no es por mí, pero quizá por mi hija la de «Me enamoré», de Shakira.

¿Se cuida en la alimentación?

Sin dieta, pero como sano.

Y si hay que saltársela, ¿qué le pierde?

El chocolate, y soy adicto.

¿Vino o cerveza?

Vino. Y Ribera.

Acostumbrado a jugarse la vida. Una vida normal. ¿Aburre?

Hasta ahora tampoco puedo decirte, pero me preocupa el día de mañana, aunque espero saber asimilar.

¿Qué le dice el miedo cuando están a solas?

A veces pienso que no voy a ser capaz de superarlo, pero hasta ahora siempre he podido tirar para adelante.

¿El miedo se comparte?

El miedo se vive en soledad, el miedo es frío, se palpa...

¿Son tiempos difíciles para el toreo?

Pues justo vengo de una experiencia con niños en Huelva maravillosa. Si no estuviéramos tan desamparados por los políticos no creo que tuviéramos que preocuparnos. No es necesario que a la gente le gusten los toros, es simplemente cuestión de que no fuéramos tan débiles.

¿Cómo se lleva con las redes sociales?

Estoy fuera. Lleva demasiado tiempo. Como los whatsapps. Me encantaría volver a los móviles de antes.

¿Qué lleva en la maleta?

A Miguel Ángel Perera no le puede faltar en esa maleta viajera el neceser, a pesar de que dice que luego a la hora de meter la ropa es un desastre. «Soy muy malo para hacer maletas». Le cuesta caer en aquello que nunca llevaría y al final lo tiene claro, no se arriesgaría con un bote de champú fuera de su lugar, que le puede jugar una mala pasada.