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Julián Herrero

Víctor Ullate: «Me da absolutamente igual dónde se haya ido Cristiano Ronaldo»

Bailarín y coreógrafo

Pasan los años y, con los disgustos del corazón bien lejos, Víctor Ullate (Zaragoza, 1947) sigue preocupado por estar pintón. ¡Y vaya si lo consigue! Bajo la atenta mirada de Alhambra, su perra fiel, advierte: «Que no se me vea muy bajito». Obvia que su altura de gigante no depende de unos centímetros más o menos. Porque por mucho que se empeñe en definirse como un «mandado» de la herencia de Béjart, su nombre es una muy buena parte del pastel de la danza española hoy. Un apellido, Ullate, que ha acompañado los escenarios desde que levantase la ahora Compañía Nacional de Danza en el 79. Más tarde, en 1988, se empeñaría en montar una firma propia de la que, hasta el día 9 en los Teatros del Canal, celebra su 30º aniversario con un espectáculo con el que repasa sus mejores momentos y de la que en enero dijo apearse.

¿De verdad lo ha dejado?

(Risas) Siempre voy a estar vinculado a la danza, pero sí es verdad que Eduardo y yo dejamos la compañía. Llega un momento en el que necesitas tranquilidad para hacer otras cosas como la Casa de la Danza, un lugar de acogida en el que estoy empeñado porque pienso en esos chavales que están en centros de acogida y que no han tenido nunca una familia ni un hogar. Son niños que necesitan apoyo para que mañana tengan seguridad en ellos y una carrera.

Un abrazo...

Exactamente, y la danza se lo puede dar porque es muy terapéutica, cuando bailas te olvidas de todo. Sales al escenario y, por suerte, los problemas se te van.

Durante un rato.

Y más tiempo. Es como cuando lloras, te quedas mejor.

¿Por qué esa necesidad de dejar la compañía ahora?

Todo tiene su momento en la vida y, además, ya tengo mi edad...

Pero muy bien llevada...

Eso sí, estoy fenomenal (risas), aunque quiero tener tiempo para estar sin esa angustia de buscar un bailarín, dinero, esto, lo otro... Se puede hacer durante un año y yo llevo 30.

¿Se encuentra mejor que hace 20?

Sí, porque ahora tengo paz interior. Sé decir «mañana lo haré».

Contradice eso de «no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy».

Es que muchas veces ese estado de ansiedad por no conseguir algo y con esas preocupaciones de no tener dinero para pagar a los bailarines y deber al banco pesan demasiado.

¿Se ha visto mucho en esta situación?

Ufff... Siempre, todavía ahora. Siempre he tenido que pedir créditos.

¿Qué le ha faltado en este tiempo?

Apoyos, y eso que he tenido ayudas como las del Ministerio, primero, y de la Comunidad de Madrid, después. Pero todo el mundo sabe el presupuesto que supone una compañía...

Entiendo que esta desconexión es más por cansancio mental que por agotamiento físico...

Sí, los cambios son necesarios y dejando la compañía en manos de Lucía Lacarra nos quedamos más tranquilos.

¿Y van a saber estar en un segundo plano?

No hay problema. Es más, tengo esa necesidad. Quiero que hablen del resto, no solo de mí.

En esa búsqueda de tiempo, ¿ya tiene pensado el destino del retiro?

Sí, me voy a vivir fuera de Madrid. A un pueblo de la Vera, a Villanueva de la Vera (Cáceres). Conocí hace años esa región, allí me siento muy a gusto. Existe una energía especial y al lado hay centros de meditación budista que ya he mirado. Pero un par de días a la semana o cada quince días voy a estar por aquí.

Ve cómo no se quiere retirar...

(Risas) Bueno...

Con tanto plan no sé si va a encontrar lugar para meditar.

Sí, y para leer, pintar, oír música, pasear... y si tengo inspiración, Lucía quiere que haga otra coreografía. Nunca se sabe. De momento, paro.

En Villanueva hay unos buenos carnavales, ¿es de los de bailar en fiestas?

Pues tengo que hablar con el alcalde porque me gustaría montar un festival de danza. Y por bailar, se puede bailar todo menos el son que la política te exige.

Aun así, ha reconocido que algunos mandatarios sí tienen sensibilidad cultural.

Sí, pero no me caso con nadie. No hay ningún partido que me haga decantarme. La danza no puede mezclarse con la política, aunque desgraciadamente son ellos los que hacen que sea visible. Los gobiernos tienen el poder. En Rusia sales del metro y ves carteles de bailarines, que allí son seres especiales. Allí el ballet tiene la misma atmósfera que el fútbol aquí.

Creo que lo de que Cristiano Ronaldo haya dejado España no le quita el sueño.

(Risas) La verdad es que me da absolutamente igual a dónde se haya ido. Él sabrá.

¿Qué hubiera firmado en 1988 de lo que tiene hoy?

Ni me quejo de lo hecho ni miro atrás porque ya está todo muerto. Hay que fijarse en el presente y en el futuro para tener ilusión, si no malamente. Me gusta vivir el instante y el que vivo ahora es maravilloso. Me siento feliz, querido y respetado. Nunca me he reservado nada desde que empecé con el Ballet Nacional. Mi vida es mi familia y mis bailarines.

¿Es consciente de que la danza en España sin Ullate no sería lo que es hoy?

Bueno... Víctor Ullate ha hecho lo que ha podido. Estuve catorce años al lado de Maurice Béjart, un genio, y he venido a transmitir lo que me ofreció. Soy un mandado. No me considero único. Confío en mi trabajo porque he formado a gente muy buena y ellos tienen mucho que decir. Ahora les corresponde a ellos tirar del carro.

¿Ha sido muy difícil el camino?

Cuando no hay dinero no puedes hacer más...

Se ha quejado de la envidia, ¿es el peor de nuestros pecados?

Es muy mala. Después de mi bagaje como bailarín y coreógrafo todavía tengo que escuchar: «A Ullate sí y a los demás no». A Ullate, no, es a la danza. Yo no me he llenado los bolsillos con esto.

¿Cómo de grande ha sido ese muro saltado para lograr que no se vea la danza como una cosa de chicas?

Por suerte, ha cambiado la cosa. Es un poco retrógrado pensar que la danza, la política, la arquitectura o la abogacía tienen género. Nadie se transforma por hacer un trabajo. Cada uno es dueño de su vida y eso es lo que quise decir en «Carmen», donde las amigas de la protagonista eran dos travestis, dos seres humanos.

Todavía se acuerda de esa primera visita a Sevilla con el Ballet Nacional, donde había más gente en el escenario que en las butacas. ¿El público ya ha interiorizado la danza?

Sí, y lo sé por mi escuela. Vienen familias para que sus hijos se metan en el mundo.

¿Cómo encajan las artes hoy?

Son el bálsamo para el espíritu y el corazón. Te dan intuición, sensibilidad, belleza... Quien no siente ilusión por ir a un teatro, un museo o un concierto bastante desgracia tiene.

La danza le ha dado casi todo, pero incluso algún disgusto, sobre todo, de salud. ¿También ha sido culpable de lo peor?

Le echo en cara la falta de tiempo. Las ausencias te hacen no disfrutar de tus hijos. Luego, me separé de su madre, pero es que cuando dos personas no se entienden no hay por qué soportarse. Ninguno hemos comprado a nadie y por eso no comprendo esas pertenencias con las que se llega hasta la muerte. Si en el momento no funciona, «ciao», por muchos que tengas.

Y ahora que dice que va a tener más tiempo, ¿va a zanjar su deuda con la pintura?

Sí, ojalá pueda dibujar mucho. Además, es un mundo que también está lleno de movimiento.

¿Qué lleva en la maleta?

Víctor Ullate no lo duda ni un segundo: «¿Que qué no falta en mi maleta? Un cepillo de dientes, claro», ríe el bailarín. Luego, ya se pone más poético y habla de llenar el equipaje de «ilusión, ganas y energía positiva». Todo lo contrario a lo que procura dejarse siempre en tierra: «El cansancio y la frustración».