Literatura
Lucas Haurie

El compromiso como fastidio universal

El poeta granadino Luis García Montero se ha servido de años de ardor creativo al dictado de la ideología para escalar a la dirección del Instituto Cervantes. (Pues tomen movilidad social, señores de la izquierda común.) García Montero, y he aquí su biografía, fue uno de los faros de la llamada «Poesía de la experiencia», una corriente nacida en su ciudad que se difundió a finales del siglo anterior en línea con la tendencia dominante de la tercera vía. De la reflexión de un cigarro camino de apagarse al análisis ético de la tela de araña de un techo, los poetas de la experiencia construyeron un emporio moral de un tedio en verso. En el arco que va desde Blair a Zapatero, restos del incendio de la izquierda líquida, quedó un socavón para que cupiera en los corazones de todos los lectores la «otra sentimentalidad», que es como también se llamó a este grupo poético. Sus integrantes, promocionados por el régimen alelado de los buenistas de aquellos años y por su legión de editoriales, pretendieron superar la «sensibilidad» de la generación anterior con una pulsión interior que ofreció no pocos casos de vergonzante ombliguismo. Y en ésas se lucen aún algunos viejos rockeros. La poesía, en efecto, se convierte en una dedicación recomendada para esos momentos estivales de «fastidio universal», que es como llamaban los antiguos al aburrimiento antes de que los poetas de la languidez francesa acogieran el «spleen» inglés. El fastidio del intelectual, la tediosa rutina, se convierte en inspiración alada para todos esos poetas de la experiencia que reflexionan de la nada, del cenicero de la mesilla de noche y desde la horizontalidad de la cama. La vida está en la calle, pero García Montero, como ha dicho recientemente, seguirá inspirándose desde un avión. El compromiso poético, sin duda.